El impostor

A LUCILA M. Y SU FAMILIA QUIENES SIN QUERERLO FUERON ARTÍFICES DE ESTA HISTORIA.

 

 

Entonces cuando me siento observado por el objetivo todo cambia: me constituyo en el acto de posar, me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen.

ROLAND BARTHES

 

Ya casi son las nueve. Estela y Agostina salieron para la Iglesia hace más de una hora. Debe estar llena, seguro; las participaciones decían ocho y media. Ocho y media porque pensábamos llegar a las nueve, claro. Es raro verla sosteniendo el ramo de jazmines, mirando la cámara, recogerse la larguísima cola de voile blanco. Es raro no poder escuchar nada más allá del flash y las indicaciones del fotógrafo. Lara está bellísima. No sé por qué ahora ha vuelto la moda de antaño: los vestidos ceñidos al cuerpo, los guantes, los tocados bordados a mano. Creo que se parece a la fotografía aquella de mi abuela Clotilde, esa que quedó amarilla con los años. Lara parece una imagen del pasado ahora, como cuando nos disfrazamos en Mar del Plata para sacar aquella foto: éramos tripulantes del Titanic, Estela se había tenido que poner enaguas y las nenas estaban escondidas atrás de una infinidad de tules blancos y moños rosados, duros de tanto almidón. Yo llevaba tiradores, un moño negro y el sombrero de gala. Éramos tripulantes ricos ahora que lo pienso. Me pregunto dónde estará aquella foto, nos había parecido maravilloso el color sepia y nos divirtió tanto jugar a ser otros…  Creo que la última vez la vi en el baúl del altillo. Estela la sacó del portarretrato cuando llegamos del viaje a Europa y ahí la perdí de vista a la foto. Parece que fue ayer cuando íbamos a Mar del Plata con las nenas. En el Citroen azul. ¡Qué auto! Entonces San Martín era una calle soñada: los canteritos con flores, las caminatas serenas entre vidrieras y espectáculos callejeros, los helados Massera ¿qué pasó con Massera, cuándo se fundió? Recuerdo que tenía un enorme cucurucho de frutilla en la puerta y que siempre, siempre estaba lleno de gente.  Me acuerdo del local donde nos sacamos la foto del Titanic.  Salía cien australes ¿Cuánto sería en pesos, ahora? No puedo saber, desde que devaluamos ya no puedo calcular nada. Podía pagarlo, entonces, claro, pero no teníamos tantos gastos como ahora. Atrás había un baúl lleno de disfraces. Había un conjunto de playa de principio de siglo: el bañador de lana, las sombrillas rosadas de las damas…No sé por qué elegimos el Titanic. Nos habrá gustado la escenografía quizá.  Porque, ahora que lo pienso, el motivo fue bastante macabro: éramos futuros cadáveres. Como ahora,  no sé por qué me siento un poco muerto ya. No sé tampoco qué se nos habrá pasado por la cabeza para sacarnos semejante foto… Lara me mira de reojo, no llega a sonreírme a mí porque la distrae la cámara, pero la sonrisita tímida y despreocupada que atrapó el flash sé que nació para mí. Me mira con pena, como si se sintiera culpable por algo.  Pasó volando el tiempo desde que me dijo que Nicolás se iba para Italia a buscar trabajo. Después de nueve años de noviazgo, Nicolás se iba…Quién sabe qué pensé durante esos diez primeros segundos que se tomó para decirme que cuando él se estableciera allá, se casaban aquí en Buenos Aires y se iban los dos. ¿Y la Facultad? “Espero recibirme entonces” Abogada. Lara es abogada. ¡Dios! ¡Cómo pasan los años! Pensar que yo recibí mi título y mi licencia como Escribano cuando ella apenas comenzaba a caminar…Y ella con veintiséis…¡Abogada! Mi nena se recibió de abogada… Ahora me siento como en la fiesta de quince. Me toma de la mano, pero esta vez no la calmo yo sino ella: “Va a estar todo bien, pá. Ya es hora de irnos.” Ella habla con el fotógrafo, le dice Javier. No sé por qué lo trata con tanta confianza. El que vino a la fiesta de quince era el señor González. No se me habría ocurrido preguntar su nombre de pila. González estaba bien. ¡Está tan linda! No puedo entender la torzada que hicieron en su cabello, no veo el inicio ni el fin…¡Pero qué linda, Lara! Con esos ojitos verdes, dulces, cristalinos. Pensar que cuando nació todo el mundo nos decía que se le iban a oscurecer esos ojos. ¡Y las pecas! Ya no se notan tanto como cuando era una adolescente, pero aún le salpican la nariz respingada…¡Tan linda, tan linda, Lara! El fotógrafo salió para la Iglesia. “Dame unos minutos” dijo. Parece que soy de cera. Todo se lo dice a ella. ¿y ella, por qué permite que la tutee así? Le pregunto por qué no vamos ahora: “Javier quiere llegar antes para ubicarse y sacar fotos cuando nosotros lleguemos, pá. Quedate tranquilo que ya vamos.” Me trata como un viejo tonto, ¿por qué tanta confianza con este tipo? Me molesta que lo llame Javier. Estela y Agostina deben estar en la primera fila ya. Dicen que la Iglesia quedó hermosísima con los lazos y las rosas rojas. No estaba la alfombra todavía. Por eso salieron temprano, para asegurarse de que pusieran la alfombra.  Nicolás debe estar hace rato, ese muchacho siempre fue tan formal. Qué bien este chico- me acuerdo que le dije a Estela- me gusta para Lara, es bien seriecito. Y ella que “no te encariñes, Juan. Mirá que los adolescentes son picaflores. Lara es muy joven todavía…” Já. Nueve años. Yo lo vi crecer a este muchacho. Si cuando pisó la casa no me llegaba sino hasta al hombro. Y pensar que ahora quedé tan chiquito. “¿Nicolás, te animás a cambiarme este enchufe? ¿Me arreglás el tender? ¿ podrás cambiar el cuerito de esta canilla?” Y yo que “¿Para qué lo jorobas al chico, Estela? ¿Por qué no me pedís a mí?” y ella así con cara de mojigata “Ay, Juanchi…Vos trabajás tanto, venís cansado…Dejalo a Nico, si no le cuesta nada” Y no, yo no me conformaba aunque era verdad que estaba cansado. Tantas horas en el estudio y el dolor en la nuca que no se me iba nunca. Y eso que lo quería al muchacho, me gustaba mucho para Lara. Tan serio, tan buena predisposición para todo. Pero a mí tratarme de viejo, no, ¿eh? “qué cansado ni ocho cuartos, Estela…No jorobés al chico, que puedo hacerlo yo” Y ella que le guiñaba el ojo a Lara y ponía esa cara de “dejalo al viejo que está celoso” y yo que me quedaba hasta las dos o tres de la mañana y Estela que “vení a acostarte, Juan. Que cualquier cosa mañana le digo a Nico…” Y yo con mi dolor de nuca, y el tirón en la espalda, y la fatiga, y la taquicardia. Que yo no soy tonto y sé que la vejez le llega a todo el mundo. Pero, caramba, que a los cincuenta y dos uno todavía es un pibe. Que en la época de mis padres era otra cosa, se vivía con otro ritmo y uno ya era viejo a los cuarenta y cinco pero ahora no; qué va, que con cincuenta y dos yo tenía que ser el hombre de la casa todavía. Porque Nicolás será muy hombrecito, y muy buen muchacho, no digo que no, pero todavía no sabe nada de la vida ese chico. Me pregunto cómo hace para estar tan serena, mira por la ventanilla como si fuéramos al cine, no le tiemblan las manos, no hace más que sonreír y tirarme palabras al aire que ni siquiera escucho porque son palabras de consuelo para mí, palabras que no quiero oír: “Quedate tranquilo, papi. Vas a ver qué lindo que va a salir todo. La Iglesia quedó hermosa, vas  a ver. Estás lindo, papi. Te queda tan bien el negro a vos” y mira otra vez por la ventanilla mientras el chofer para en la puerta de San Judas Tadeo. Me aprieta la mano con cuidado, como diciéndome ya es hora. “Dale, papi, que ya son las nueve y en el salón nos esperan a las diez” Me bajo primero y doy la vuelta para darle la mano al salir. Parece el cuento de la Cenicienta. ¡Lara, estás tan linda! Me pregunto por qué no me sale decirte nada. Deja ver el pie casi desnudo en una sandalia blanca, “qué tacos altísimos, hija, no sé cómo podés caminar con eso” Lara me mira con indiferencia. ¡También!, yo soy mandado a hacer para los comentarios, hace meses que no hablo más que para criticarle todo. Ese infeliz de Javier casi me deja ciego con el flash, cómo me va a tomar así de sorpresa… Lara me vuelve a apretar la mano con delicadeza: “sonreí un poco, pá, vas a salir con cara de agreta en las fotos” Y me sale una sonrisa dolorosa, de esas que sé que se notan fingidas. No soy yo el que estará en las fotos, es una pose mía, un hombre con traje negro y sonrisa de payaso diabólico. Parezco el guasón sonriendo. ¡Cómo quisiera que no me incluyeran en esta fotografía! ¿Por qué tengo que sonreír si no me da ninguna gana? Lara lo hace con tanta serenidad, yo no puedo entender cómo no está nerviosa. Camina con demasiada precisión, parece que soy yo el de los tacos. Me pesan los pasos. ¡Ay, Lara, no quiero entrar por esa puerta! ¡Vámonos, vámonos, hija, podemos agarrar ruta dos y llegar en tres o cuatro horas a Mar del Plata! Podemos caminar por San Martín y sí, voy a comprarte todos los juguetes que quieras, y sí, podemos ir a Sacoa y pasarnos la noche jugando con los jueguitos electrónicos y sí, iremos al cine a ver la película esa que querés y a ver  “Clave de Sol” en el teatro aunque ya lo veas todos los días en televisión y aunque no me guste para nada el modo en que esos chicos tratan a sus padres…Lara, quiero decirte algo, Lara, no, no entremos todavía…Lara, hija, ¡qué linda, qué linda estás, mi amor! Quiero decirte, hija, quiero decirte…Dios, cuánta gente, el Ave María no me deja pensar “Sonreí, papi. Va a estar todo bien” Otra vez soy el guasón, no soy yo el que estará en la foto. No soy yo. Pero miro la luz del flash y simulo, simulo tanto como simulé antaño ser un tripulante del Titanic. No. Simulo más. Porque en Mar del Plata hasta la cámara sabía que yo estaba jugando a ser otro. Ahora…Ahora es distinto. Estoy disfrazado de mí mismo y ese ojo mecánico que se clava en mi imagen no es más que un  dedo acusador que me acecha, me señala, me desnuda ante todos.  No quiero sonreír, no quiero caminar por esta alfombra, Lara. Lara, escuchame, yo…Yo quiero decirte algo, hija…Parece el descenso a los infiernos, tantas miradas, tantas sonrisas me queman. Estoy tan expuesto ¿qué pasará si alguien se da cuenta, si descubren que yo no soy el que estaré en las fotos? Siento que al sonreírle al flash me muero un poco, dejo de ser yo, paso a ser otro, a ser ese otro que quieren los demás que sea, me vuelvo un poco actor, aprendo a representar mi propia imagen y hasta devuelvo algún saludo con la vista, así, de la manera que todos esperan que yo actúe, todo para que nadie pueda sospechar nada. Lara, Lara, querida, querría poder contarte qué triste me siento hoy…Espero que Estela deje de mirarme así, con las cejas en alto, ¿qué, todo el tiempo tengo que sonreír acaso? Si este Javier ya debe haber sacado más de veinte fotos desde que entramos y ya salí sonriendo en muchas…Qué lindo muchacho este Nicolás. Parece un hombre hoy. Y los ojos verdes, dulces, cristalinos de Lara, no dejan de mirarlo ni por un minuto. Ni siquiera ahora que le doy un beso y me corro a un lado. Lara me devuelve el beso mecánica, fríamente; ni siquiera me mira ahora y yo que tengo tanto qué decirle hoy… Por fin se terminó la música. No puedo verle más que la torzada, gira la cabeza para mirar nada más que a Nicolás. ¿Por qué, por qué a Nicolás, que la tendrá el resto de su vida? ¿Por qué a Nicolás, que se la llevará tan lejos de mí…? ¡A Italia! Que no estamos bien, ya todo el mundo lo sabe, pero caramba, que jamás dejaría que les faltase nada… Los jóvenes de hoy se creen que viajar a Europa es volver al Primer Mundo. Pero si para vivir en el Primer Mundo es necesario pertenecer a él, que yo ya se los dije a los dos. ¡Pero qué van a escucharme! “Son argentinos, chicos, no van a poder vivir como italianos, porque siempre, siempre, serán sudacas allá” Y ellos, nada, que podrán venir seguido a visitarnos y que en las navidades, y tal vez algún cumpleaños, y que ahora con internet ya no hay distancias. Já. Ya no hay distancias, si ya parece que se fueron;  a Lara la perdí desde hace unos cuantos meses, cuando empezó con toda esta pavada del casamiento. Y que las fotos, el ramo, el salón, la Iglesia, el vestido, los souvenirs, las invitaciones…Y yo siempre ajeno a todo eso, porque, claro, yo qué puedo saber de todas esas cuestiones de mujeres. Y para Estela todo es más fácil porque estuvo las veinticuatro horas del día con ella, llevándola de aquí para allá. Y yo en el estudio, haciendo escrituras y  boletos de compra-venta, y pensando que Lara ya se está yendo y teniendo que decir que sí, que las participaciones están lindas, y que ese modelo de vestido es precioso, y que no, que las fotos no son caras si pensamos que son para toda la vida. Y esa sonrisa forzada cuando me decía con esos ojos verdes, dulces, cristalinos que estaba tan feliz, tan feliz…Y yo que “me alegro, hija, pero voy a acostarme ahora porque estoy tan cansado” Y ver el reloj a las dos, tres, cuatro de la mañana y Estela “¿pero qué pasa, Juan, que no podés dormir?” Y yo sin nada que decirle, sin poder borrarme la imagen de Lara corriendo a mis brazos cada vez que llegaba del trabajo, con esos ojitos verdes, dulces, cristalinos, preguntándome si le había traído una sorpresa hoy; no pudiendo dejar de pensar en esa tarjeta que me dio para el día del padre, con su manita estampada en plasticola verde y un corazón de brillantina sobre la cartulina naranja cortada tan torcida. “Estoy tan feliz, papi, tan feliz…” ¿Cómo puede estar feliz si sabe que no va a volver a verme en meses? Porque Italia será muy bonito y podrán tener un auto y muchas comodidades pero nosotros nos quedaremos acá. Yo no sé cómo Estela puede tomarlo tan a la ligera. Ahora se pone a llorar entre sonrisas y la mira a la nena con tanto pero tanto amor…¿Cómo puede emocionarse ella? Yo también quiero llorar pero de rabia. ¿Por qué, por qué tienen que estar todos tan felices? Y el cura haciéndose el gracioso con eso de que no estemos nerviosos, que estamos ante la presencia de un amor único, que Dios siempre estará en sus corazones, ¿qué Dios pudo haber augurado esto para una familia? Si me acuerdo que cuando elegimos el nombre de Lara, me había encantado su etimología: “la que protege el hogar” Porque yo tenía un hogar antes de hoy. Yo tenía un hogar y Lara con sus ojos verdes, dulces, cristalinos, lo protegía, claro que lo protegía. Y eso de que con los yernos se puede ganar un hijo es una gran mentira. Porque Nicolás es un gran muchacho, yo no digo que no, pero seguro que él tuvo la idea absurda de escaparse de acá. Que nuestra Patria será una porquería pero es bien nuestra. Porque este es nuestro hogar en definitiva, que acá tienen los chicos sus raíces y en estas calles aprendieron a andar en bicicleta, y aquí se pasaban los carnavales riendo entre bombucha y bombucha. ¡Italia! ¿A quién puede ocurrírsele semejante disparate? Y Lara que parece que la llevaran de las narices, que Nicolás será muy buen muchacho pero es un pibe. Que no sabe nada de la vida todavía, el chico. Porque los jóvenes de hoy se piensan que pueden llevarse el mundo por delante…Y en la primera discusión que tengan, Larita va a querer venir a llorar a nuestros brazos y estaremos a quince mil kilómetros de distancia y ni por teléfono va a querer hablar para no preocuparnos. Y yo aquí, como un idiota, dejando que ella llore en silencio y ella allá, por no preocuparme, tragándose todo el dolor del mundo y pensando por qué le tuvo que hacer caso a Nicolás si podían haberse quedado en Argentina. No sé de qué se ríe la gente ahora. El cura sigue haciéndose el gracioso. Y claro, ¿qué puede saber el infeliz si no tiene familia? Él decidió esta vida, que es cosa suya, pero yo elegí no estar solo y ahora, y ahora Larita mira para otro lado. Como si yo no existiera. Como si no supiera que hasta cuarto grado decía que yo era su novio. Y después, la ingrata, a los quince años le había dicho a su madre que cómo había podido casarse con un tipo como yo. Y yo como un infeliz, esa noche también la había pasado en vela, acordándome cuando ella decía que yo era su novio, que lo había dicho hasta cuarto grado, pensando después que de golpe me dejó de mirar con esos ojos verdes, dulces, cristalinos…Y entonces porque yo no la dejaba salir ese sábado a la noche, llegaba con ese rosario a su madre: que cómo había podido casarse con un tipo como yo. Y ella que seguro se olvidó a la otra noche de lo que había dicho y yo que no lo olvido después de doce años. Porque después de todo, habré tenido mis arranques de mal humor pero no he sido un marido ingrato.  Que Estela no será la mujer más feliz del mundo, pero que nunca la he engañado, que nunca le faltó nada a ella ni a las nenas. Que en Mar del Plata sí éramos felices, como cuando nos sacamos esa foto antigua y nos disfrazamos de tripulantes del Titanic… Qué foto macabra, en serio, ahora que lo pienso. Y ella está tranquila como si fuera el mejor día de su vida, y Estela lo mismo. Que ni pie me dio para decirle qué pienso de todo este disparate. Porque cuando los Taburet preguntaron cómo nos había caído la noticia, Estela se apuró a decir que “será difícil pero estamos felices porque los vemos bien”. ¡Será difícil! Si fuera difícil por lo menos pensaría que en algún momento se me desatará el nudo que tengo acá en el pecho, pero yo sé que nunca podré sentirme en paz a partir de ahora…Y encima se van una semana a Pinamar de luna de miel, como si no tuvieran suficiente luna de miel en Italia. Que la luna de miel debería ser con la familia, que después de todo, me van a llevar la nena lejos de mi vida hasta siempre porque, aunque cincuentón, sé que no puedo aspirar a vivir mucho…Que si me da un infarto la nena no tendrá más recuerdo mío que el que haya tenido seis meses, dos años atrás, en alguna navidad; que no podrá decirle a nadie: ¡si ayer estaba tan bien el viejo! Que no tendrá la menor idea de cómo me encontraba yo antes de morir. Y yo no tendré chance de pensar que acaso pueda aguantar un rato hasta que llegue para despedirme. Que si Dios quiere llevarme no me va a esperar dos días hasta que la nena llegue. ¡A Italia! Porque Nicolás será buen chico, claro, ¡pero llevársela a Italia! Y yo encima teniendo que festejar esta noche en ese salón hermoso como si tuviera algo que festejar en la vida…Que me la van a llevar lejos y no me quedan más que imágenes del pasado. Como aquella en el acto del veinticinco de Mayo, cuando se disfrazó de aguatera, o en el festival de danza con ese tutú blanco a la cadera, que le quedaba precioso, porque de todas era la más linda, Lara. Con esos ojos verdes, dulces, cristalinos, no dejaba lucirse a nadie, que todo el mundo decía que era la más linda y yo que “la del costado es mi hija, sí…los heredó de su abuela” Porque todo el mundo siempre dice algo de sus ojos. Ahora todos aplauden,  parece que le hubiera entregado el alma en ese beso. Y yo que quería decirle tantas cosas y quise mirarla a los ojos pero me dio un beso mecánico y después giró la cabeza y no pude ver más que la torzada en la nuca durante toda la ceremonia. Y unas sombras de colores se acercan y me dan besos húmedos y abrazos y palmadas, que “felicitaciones, suegro” y yo ahí, otra vez, con la sonrisa del guasón estampada. Que me duele reírme, carajo, que yo no quiero estar acá y que a uno tendrían que felicitarlo sólo cuando está contento. Y Estela otra vez con sus ojos escrutadores “podrías disimular un poco, ¿no? van a pensar que sos un anticuado” Ahora resulta que para ser moderno hay que ser un insensible, que me tiene que importar tres carajos que este pendejo de mierda que se la da de modosito me la lleve a Larita a la otra punta del mundo. Y yo tengo que ponerme a sonreír como un pelotudo, como si Lara no significara nada en mi vida, como si nunca hubiera conocido a esa bebita de ojos verdes, dulces, cristalinos, como si no la hubiera cargado en brazos jamás, como si me hubiera perdido su acto de aguatera, o el festival de danzas, como si nunca hubiera recibido esa tarjeta en cartulina naranja mal recortada con el corazón de brillantina y su manita estampada en plasticola verde. Todo porque la gente tiene que verme como el Padrino orgulloso de esta boda, porque claro, no es lo mismo que la nena se case y se vaya a vivir a Pedro Goyena y Jonte, que a un pueblito italiano que ni figura en el mapa y que probablemente jamás podré conocer. Ahora comprendo a la Carmen de Delibes, que confundía bultos con personas el día que enterraba a Mario. Pues las sombras no dejan de atropellarme, son paquetes en vestidos de fiesta que dan besos al aire, que “felicidades”, “grande, suegro” y no sé que más ganzadas. Casi se parece al velatorio de mamá. Las mismas sombras, los mismos paquetes pero entonces vestidos de negro y los mismos besos al aire y las palabras tan vacías de contenido también: “lo siento”, “mi pésame”, “hay que seguir”. Cómo si alguno de esos pudiera haber sentido lo que yo sentí cuando enterré a mamá. Cómo si supieran cuánto me duele ahora verla partir a Larita. Por supuesto que sé que no está muerta y que es su decisión y yo tengo que respetarla, pero es muy fácil decirlo para todos…que el que tiene que llevarla Ezeiza soy yo y el que tiene que sonreír como un guasón para que Javier tome la foto aunque me esté desgarrando de dolor por dentro soy yo. Y cuando me acueste después de la fiesta esta mañana veré el reloj a las ocho, nueve, diez y no podré dormirme y Estela me dirá que tengo que estar tranquilo porque Larita está feliz y que ya veremos cómo haremos para ir a visitarla cada dos años. Y yo volveré a verla correr hacia mis brazos y le diré a la imagen aquella que tengo guardada en el recuerdo, a esa nena de trenzas con unos ojos verdes, dulces, cristalinos, como los de ninguna nena en el mundo, que sí, que soy su novio, su único novio y que nos iremos en el citroen a Mar del Plata y nos sacaremos una foto antigua en el negocio aquel que está en la calle San Martín, entre el local de Massera con su cucurucho de frutilla al frente y el cine General Lavalle en el que están dando la película esa del extraterrestre que se hace amigo del nene y señala su hogar perdido entre las estrellas con el dedo índice colorado de nostalgia y dolor. Y cuando Estela me pregunte de nuevo por qué no puedo dormirme estaré pensando entonces que no puedo dejar de pensar que en Italia, en un pueblito que ni siquiera conozco, está mi hogar, así, como lo tuve antaño,  y la imagen de Lara volverá a inundarme, ahora con su torzada, su ramo, su vestido blanquísimo y su cola de voile, como sacada de una foto antigua, y sentiré en el pecho el mismo dolor que me desgarraba y me dejaba agonizante cuando mamá acababa de morir y me sentiré solo, viejo, desafortunado y lamentaré tanto no haberle podido decir a Lara lo hermosa que estaba con su vestido blanco ceñido al cuerpo y sus guantes y su torzada y su ramo de jazmines y su tocado bordado a mano como el de mi abuela Clotilde en esa foto amarilla por los años,  y esos ojos verdes, dulces y cristalinos…                 

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