El plumaje del pavo real

(ADAPTACIÓN DE UN MITO DE OVIDIO)

Fotografía tomada de www.ojodigital.com

Fotografía tomada de http://www.ojodigital.com

Cuentan que en los montes del Olimpo, vivían hace tiempo muchos dioses. Zeus, el más grande de ellos ─dios de la luz y del rayo, soberano de los hombres y los dioses─ reinaba en los cielos, junto a su mujer, la hermosa diosa Hera. Y a pesar de que este dios sin igual era capaz de dominar las tormentas más violentas, guardaba en su corazón un terrible miedo: nada en el mundo lo espantaba tanto como el enojo de su propia esposa. Hera tenía, para Zeus, un único defecto: no podía controlar sus celos; no soportaba verlo cerca de ninguna mujer, fuera diosa o humana. Por lo demás, era perfecta. Cuando sus párpados se abrían a mitad de la noche, Zeus no distinguía si era el amanecer que comenzaba a entrar por su ventana o su mujer que estaba despertando: tal era el brillo de sus negros ojos. Sus lacios cabellos, cuando no los llevaba trenzados sobre la nuca, caían sobre sus  caderas y entonces era imposible para Zeus no sentirse embelezado.

Una mañana, Zeus se levantó más temprano que de costumbre y se encontró en el bosque con la hermosa diosa Io. Enseguida se sintió nervioso, porque si Hera llegaba a sorprenderlo allí, a solas con esta bella criatura, estaba seguro de que se le pondrían los pelos de punta. Y tenía razones: Io era dueña de los la sonrisa más linda del Olimpo, sus dientes brillaban tanto que parecía que el mismo sol se le hubiera metido dentro de la boca. Sus pestañas larguísimas, además, hacían que fuera imposible dejar de ver sus enormes ojos que eran casi tan bellos como los de Hera pero del color del mar. “Y ahora, ¿qué haré?”, pensó Zeus cuando vio que Hera se acercaba, “¡no me creerá que me encontré con Io de casualidad!” y no se le ocurrió mejor cosa que convertir a la pobre Io en una hermosa ternera blanca.

─ ¿Y esta bella ternera? ─preguntó Hera en cuanto llegó al bosque.

─ La encontré pastando ─mintió Zeus.

─La llevaré conmigo ─dijo Hera, al tiempo que pasaba un lazo por el cogote del animal.

─¿Qué harás con esta ternera? ─le preguntó Zeus intentando persuadirla, pues se sentía apenado por el destino de la pobre Io─ ¡Si ya tienes al pavo real en casa!

─¿Y quién dijo que no puedo tenerlos a los dos? ─le contestó su mujer, y enseguida se llevó a la ternera (que no era otra que Io) junto al pavo real para que Argos, el dios de los mil ojos los cuidara las 24 horas del día.

Esa misma noche, Zeus tocó una melodía mágica para hacer dormir al guardián. Cuando los mil ojos de Argos se cerraron, le devolvió su forma a Io y la llevó a su casa.

Por la mañana, Hera notó que la ternera ya no estaba y vio a Argos dormido. Lo zamarreó con fuerza y los mil ojos de Argos cayeron sobre el pavo real, como preciosos diamantes. Desde entonces estas aves los llevan sobre su plumaje. 

 

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