Babel

(ADAPTACIÓN DEL PASAJE BÍBLICO)

 

 

 

 

          Había una vez un mundo muy diferente al nuestro. Tan diferente que no existían entonces las diferencias, porque todos los hombres de aquel lejano lugar compartían la misma visión del Universo: hablaban el mismo idioma y esto les permitía entender del mismo modo el mundo que los rodeaba. Ese mundo era nuestro mundo, pero hace mucho, muchísimo tiempo, antes de que Dios tuviera que darnos otra de sus tantas lecciones y de que nosotros mismos demostráramos que la soberbia es parte de la condición humana y que nos quedaba ─como nos queda ahora─ mucho por aprender todavía.

Tal vez nos resulte difícil imaginar un lugar donde no existan las discrepancias ni los malos entendidos, porque estamos acostumbrados a discutir aun cuando hablamos el mismo idioma; incluso utilizando las mismas palabras significamos con ellas posturas antagónicas. ¿Cómo explicar si no las distintas posiciones tomadas ante la acción bélica que tuvo lugar en Medio Oriente hace apenas unos pocos meses? Evidentemente, la palabra “guerra” ─cualquiera sea el idioma que lo exprese─ no significa lo mismo para todos. El sólo hecho de que algunas culturas la toleren, e incluso la defiendan, basta para comprender que no solamente hablamos distinto idioma sino que también percibimos el mundo de distinto modo.

Pero volvamos al lugar de nuestra historia, aquel en el que no existían las discrepancias idiomáticas ni las percepciones del mundo diferentes. Todos vivían por ello en armonía y eran completamente felices.

            Los hombres de este mundo se dirigieron un día hacia el país de Senaar donde se establecieron y, como era de esperar, convivieron allí en absoluta paz. Y tan bien se entendían que se creyeron supremos por poder vivir placenteramente en esa comunidad. Y tanto lo creyeron que se animaron a pensar que no necesitaban a Dios para vivir felices.

 ─¿Qué tiene Dios de grandioso ─se decían─ que no tengamos nosotros?

 A alguno se le ocurrió recordar que Dios había creado el Universo y entonces se propusieron igualar tremenda obra. ¿Qué habrá pensado Dios cuando los vio fabricar ladrillos y cocerlos con fuego? Probablemente se sintió halagado al principio, como puede sentirse un padre cuando ve a su pequeño hijo probándose los zapatos que él acaba de dejar junto a la cama. Acaso haya sonreído después, igual que ese padre cuando ve al chiquillo mirándose con orgullo en el espejo, porque no llega a darse cuenta de que esos zapatos son demasiado grandes para él. Sin duda, debió pasar algún tiempo antes de que Dios comprendiera que aquellos noveles arquitectos habían querido desafiarlo.

─¡Ja! Que venga ahora Dios a pretender ser mejor que nosotros que hemos sido capaces de construir una torre que atraviesa los cielos ─decían los insensatos sin darse cuenta de que ninguna torre podría igualar la grandiosidad del Universo creado por Dios, el supremo.

─Ahora tendremos tanta fama como él, que es admirado por el mundo entero─ proclamaban otros cuya enorme soberbia no les permitía ver lo pequeños que eran.      

Acaso Dios esperó (y esperó, y esperó…) en toda su misericordia que aplacaran su imprudencia y reconocieran sus limitaciones. Pero los hombres siguieron creyendo que su obra era equiparable a la obra de Dios Padre; y el Todopoderoso comprendió entonces que un idioma universal era un tesoro demasiado grandioso para la simplicidad de los hombres.

─Me temo ─les dijo─que si los dejo continuar con esto, terminarán odiándose los unos a los otros. Si fueron capaces de enfrentarse a Dios que es su padre y los ama, qué no harán contra el hermano cuando comiencen a competir entre ustedes. Por esto he decidido que a partir de hoy convivirán sin poder entenderse los unos a los otros. Y serán desperdigados por el mundo entero, pues su necedad me ha demostrado que no saben vivir en armonía sin sentirse por ello orgullosos; y el orgullo, hijos míos, puede llegar a hacerles mucho daño.

 Y así Dios obró por la infinita soberbia de los hombres y los condenó a vivir dispersos por todo el mundo y a hablar distintos idiomas. Y como aquella ciudad de Babilonia no se había llegado a terminar ─porque Dios desperdigó a los hombres antes de que concluyeran su obra─ y porque la voz hebrea “baibel” significa confusión y nos remite al desorden idiomático provocado entonces, se la llamó Babel y se convirtió en el símbolo que representa la condenación de la soberbia.

 

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