Centinela

Trepé y observé sin pestañear. Las tablas azules- que oficiaban de base en la casa del  vetusto nogal- se ondularon como un rígido océano bajo sus piernas de bailarina incansable, como únicas ondas visibles del cerebral maremoto. Blancos los ojos. Tiesas las manos. La boca omnipotente, hacedora de inefables graznidos en su voz de niño. Cual una Piedad- petrificada, nívea, deleznable- mis manos lo envolvieron y el abrazo fue edredón de su agonía. Una plegaria implícita en mis labios secos se materializó en la voz espectral de una madre embriagada del terror más aciago: “Hijo mío, hijo mío”  y entonces de pronto, como si hubiese pronunciado las arcanas palabras de un ritual tribal, comprendí mi destino y me volví centinela del volcán que amenaza su juicio y mi reposo: algo había cambiado para siempre en la casa del árbol y en mi mundo.   

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