Los buenos docentes

…Y dejemos de engañarnos: educar a nuestros alumnos no es prepararlos para una pronta inserción en el mundo laboral. No contribuyamos a repetir esquemas sociales; hagamos, en cambio, que la enseñanza esté al servicio del ascenso de clases. Por supuesto,  antes que desocupados, que sean cadetes…¿pero por qué no apuntar más alto? ¡Argentina también precisa dirigentes! ¡Hagamos una nueva Revolución de mayo, compañeros! Gracias… Ángela es vitoreada. Por los profesores, claro. De los mil y pico de alumnos, uno o dos apenas si escucharon algunas líneas del discurso. Mariano Cáseres se quedó pensando en lo que dijo del Nacional Buenos Aires y  el régimen preuniversitario…¡qué le importaba a él dónde estudiaban los hijos de quienes proyectaron la Nueva Reforma Educativa; y para qué hablar de exigencia y formación, si todavía no había aprobado 9° e igual estaba en Polimodal. Al final siempre era igual: los profes aprueban por cansancio, después de dar 18 veces el mismo examen hay que ser demasiado perejil como para no pasar. Aún así, le había quedado matemática de noveno, pero el director lo dejó pasar igual: “ya lo compensará en Polimodal, no vamos a hacerlo repetir por eso” Y había tarados que todavía estudiaban… Si total, el Secundario no sirve para nada. Eso le dicen a Mariano todo el tiempo, eso y que se va a morir de hambre toda la vida porque él no va a poder seguir estudiando en la Universidad y si uno no estudia en la Universidad se vuelve una especie de parásito inservible…De cualquier modo, su padre le dice- como para conformarlo- que con esa cabeza de chorlito igual no hubiera llegado a ningún lado.  

Los aplausos  lo distraen,  Mario Pacífico le pide por lo bajo un faso. Ya sabe que lo encontrará en el baño. Aprovecha a seguirlo cuando la gorda se distrae con los de 3°. Porque siempre se distrae con los de 3°. Es increíble cómo una mujer tan gruesa puede tener esa voz de pito espeluznante “¡a formar! ¡a no empujarse! ¡Hasta que no hagan silencio y se ordenen nadie se retira, señores!”

(MARIO está en el baño. Entra NANO, el primero la agarra del cuello de la camisa y cierra la puerta rápidamente. NANO se acomoda en el piso del baño, frente a los graffitis)

MARIO: ¿Conseguiste merca, Nano? (lo dice sin mirarlo a los ojos, casi como al pasar.)

NANO: ¿Estás loco? No hablés de esas cosas en el colegio, boludo, ¿no sabés que las paredes oyen? (habla casi en un grito ahogado, lo suficientemente audible como para que MARIO se amedrente, lo suficientemente bajo como para que no se escuche del otro lado de la puerta.)

MARIO: Bueno, dame un Marlboro, entonces.

NANO: Ni en pedo, me quedan pocos. Además, alguna vez podés aportar vos. Ya van tres veces que te invito la pasta.

MARIO: Eh…¿no era que no se podía nombrar, que las puertas ven?

NANO: Ni las metáforas de todos los días cazás, boludo, ¿de dónde sacaste esa pelotudez de que las puertas ven?

MARIO: Lo dijiste recién, papá…Además, ya bastante la de Lengua con las metáforas…Al final parece que sos más traga de lo que decís…

NANO: ¡Andá!

MARIO: ¿qué andá, qué andá? ¿O no te sacaste un ocho en Historia?

NANO: Ya te dije…Me copié.

MARIO: ¡Qué te vas a copiar con esa mina!

NANO: shh…Viene alguien.

 

 Clara se aferra de la cartera y va subiendo, así, las escaleras. Encorvadita va. Cada día que pasa el pecho se le acerca  más al piso. Los de 1° pasan a lo bruto, un codazo, un empujón, “¡Guarda, Canario, la profesora!”. Canario la mira insolente; ¿por qué lo llamarán así?…  Pensar que ella  de joven parecía que iba a llevarse el mundo por delante. Pensaba igual que Ángela. Nadie se copiaba, solía exigir y educar como corresponde… Ahora estaba perdiendo la costumbre  ¡Y los pibes tienen unos códigos tan raros! El año pasado, con la excusa del día del maestro, hicieron esa entrega de premios que había estado tan linda. Son ocurrentes, los muchachos. Algunas ideas causaron mucha risa, y muy lindo cuando pasó Pablo, el profesor de Química, y los chicos le gritaron hurras. Muy lindo todo. Hasta ella sonrió cuando le dieron el premio al Climatograma, incluso cuando la abuchearon y menguaron los aplausos…también cuando un grito ahogado se escuchó entre la multitud de alumnos “jubilate de una vez, Matusalem” Pero, claro,  nadie más que ella lo había escuchado. Porque nadie dijo nada y ella estaba segura de que si la directora o sus compañeros hubieran escuchado algo, habrían suspendido el acto. Y buscado a los culpables. En cambio, todo estuvo muy lindo, pero qué chicos más creativos, y qué simpático lo que dijo Julián, y qué bien el discurso de Andrada, tan calladito que es. Y en la cartelera, con letra muy linda al otro día ese cartel en nombre del plantel docente para los chicos: “Gracias por hacernos sentir que vale la pena enseñar” No, nadie había escuchado el grito ni los abucheos, y a nadie le pareció cruel ese momento. Clara ya no lloraba. Ahora nada tenía sentido. Cuando era joven y Lucas era un bebé y ella se pasaba las horas llenando cuadernos con actividades y consignas nuevas, y corrigiendo, corrigiendo mucho, para que los alumnos pudieran tener un seguimiento, para que aprendieran, aprendieran en serio, para que la geografía no fuera aburrida y la descubrieran aun mirando un enclenque arbolito en la plaza pavimentada del barrio, no se había imaginado nunca que iba a inspirar el lastimoso premio al Climatograma. Premio a la solidaridad, tal vez, hubiera sido más lindo. Por todas las veces que le pidieron resolver problemas de grupo durante sus horas, por las charlas en torno al compañerismo y los valores humanos cuando algún pibe quedaba sin grupo porque nadie lo soportaba. Premio a la rapidez, porque era la única- se lo decían los chicos- que corregía las pruebas de una semana a la otra. A la mediación, ya que se usa tanto ese término hoy en día, porque había sido ella la que habló con Ángela  aquella vez para que los escuchara, porque- decían- le tenían miedo. A la flexibilidad, porque cuando se juntaban más de  dos evaluaciones por día, siempre Geografía se postergaba sin importar las tres semanas de preaviso; y mucho menos, las clases que tenía que sacar de la galera, porque había planificado una prueba para ese día y ahora se tenía que conformar con la semana siguiente ¡Cuánto se perdió de Lucas! Correteaba entre sus pantalones y le sonreía, le tiraba besos y le pedía upa. Pero Clara siempre con el bolígrafo en la mano, entregada en alma y cuerpo a sus alumnos. Y el gordo era bueno, jugaba solo, miraba tele…Aunque no demasiada, porque a Clara no le gustaban los programas de ese entonces ¡y pensar que ahora le gustaría ver un poco de la televisión de aquellos días!

 

(Entra CLAUDIO Jiménez, MARIO y NANO siguen en los mismos lugares)

MARIO: ¿Qué hacés, gil? ¡nos vas a matar del susto! ¿Por qué no te vas a estudiar en lugar de andar jodiendo a la gente? (lo  toma a CLAUDIO, que acaba de entrar,  del cuello de la camisa y lo zamarrea)

CLAUDIO: No empecés, Marito…( logra zafarse de MARIO y se dirige al otro) Nano, ¿me vendés?

NANO: ¿Qué te venda qué, infeliz? (lo dice sin mirarlo, está leyendo los grafittis del baño.)

CLAUDIO: Dale, ya sabés…

NANO: ¿Ya sé qué? ¿por qué no te vas a repasar Química? ¡A ver si levantás ese nueve lastimoso que tenés! (lo dice con exagerada seriedad, MARIO estalla en carcajadas.)  

CLAUDIO: ¿Hay que ser retardados como ustedes para que traten bien a la gente, che?

MARIO: Mandate a mudar, que nos jodés acá, Jiménez (lo dice con aires de compadrito, como para hacerle acordar a CLAUDIO de que él también está ahí, aunque el recién llegado lo ignora por completo y siempre se dirige a NANO.)

CLAUDIO: ¿Quién te dio vela en este entierro, Marito? Dejame hablar con el jefe, querés… (habla en tono burlón, sabe cuánto le duele a Mario esta indiferencia.)

MARIO: ¿Qué entierro, boludo? Mirá que me estoy calentando…( ahora está realmente enojado, se arremanga la camisa y comienza a hacer movimientos torpes, está pensando si ponerse a pelear allí o no).

CLAUDIO: Ay…Mirá como tiemblo, Nabo… (hace temblar las manos en el aire, siempre con el mismo tono burlón; después vuelve la mirada hacia NANO, que sigue apoyado contra la pared leyendo los graffitis) Dale, Nano, no tengo todo el día; y traje guita.

MARIO: Nano, mirá que le voy a pegar a éste… (lo mira casi desesperadamente, NANO sigue con sus graffitis) No respondo de mí, vos me conocés.

NANO: Bueno, a ver las nenas…No se arañen, che ( habla sin quitar la vista de los graffitis) ¿Qué querés Jiménez? Hablá con propiedad.

CLAUDIO: Una línea…o dos…Depende, ¿a cuánto?

NANO: ¿Una línea de qué, papá? (ahora lo mira como al descuido, aunque no detiene la mirada en él, vuelve a los graffitis, se sonríe por algo que ha leído)

CLAUDIO: Dale, boló…

MARIO: ¡Uy, dijo “boludo”, el nene-bien dijo “boludo”, miralo vos al estudioso!

CLAUDIO: Marito…vos no sos más idiota porque no te queda tiempo, ¿sabés? (avanza como para pegarle pero NANO intercede)

NANO: Bueno, che…Hablemos bien…

CLAUDIO: Sí, hablemos bien ¿Me vendés o no me vendés?

NANO: ¿Vos sabés, Jiménez, lo que estás pidiendo? ¿Probaste alguna vez?

CLAUDIO: ¿De qué me tratás, Nano?

NANO: de nada, de nada…es que no sos el tipo…

CLAUDIO: ¿el tipo de qué?

NANO: El tipo de flaco que está para esta mierda…Vos tenés casa, familia, tu viejo tiene guita…

CLAUDIO: ¿Y qué más querés? A vos no te viene mal que mi viejo tenga guita…

NANO: Y tu vieja…Tu vieja siempre viene al colegio a romperle las pelotas a cualquier profesor que te haya retado un poco…

CLAUDIO: No te metás con mi vieja, Nano…No mezclemos los tantos…

NANO: Te lo digo bien; ojalá mi vieja pudiera venir a romper las pelotas…

CLAUDIO: Uy, dale, marica…Hay un montón de gente que no tiene vieja y no hace tanta escena…

NANO: (Cambiando completamente el tono, ahora lo mira fijamente a los ojos, se ha levantado del piso y se abalanza sobre él. Está realmente ofuscado) Mirá, mejor andate, Jiménez. No te vendo nada.

CLAUDIO: ¡Ah, sí…!¿Por qué?

NANO: Porque no se me da la gana… Porque mi vieja se murió y la tuya viene a cada rato al colegio y me revienta la injusticia de este mundo, por eso…porque me necesitás y a mí me importa un carajo.

CLAUDIO: Má, sí, ¿sabés dónde te podés meter la merca? Me voy a buscar otro mulo que trate mejor al cliente…

NANO: Andáte, por mí… (antes de que termine de hablar, CLAUDIO da un portazo y se va) ¡Qué Jiménez pelotudo!

MARIO: Che, Nano…Mejor voy subiendo, la vieja de Geografía se va a avivar…

NANO: Andá, Marito, andá…Si  corrés, capaz que  alcanzás a ese Nerd de mierda… (Sale MARIO. NANO se vuelve a sentar en el piso, de frente a los graffitis)

 

Clara vio el parte sin mirar, firmó, abrió el libro de temas y escribió “climatograma”¡Qué ironía! A veces el pensamiento es asombroso, nos lleva por lugares inusitados para hacernos desembarcar en esas causalidades de la vida. Pensar que en otro tiempo ella creía en las causalidades…Los chicos todavía hablaban cuando empezó a dictar. Como siempre, un grupito de ocho o diez se esforzaba por escuchar su voz entre el murmullo constante de los demás. En otros tiempos solía pedir que se callaran…Ahora ya estaba vieja para eso; si querían hablar que hablaran, total… Jiménez abrió la puerta pidiendo mil disculpas. Que estaba con la psicopedagoga, le dijo. Clarita asintió. ¿Alguien que buscara una tiza? Como siempre, Núñez…Cómo le gusta pasear por los pasillos a esa criatura. Mario Pacífico entró. Se sentó en su banco sin decir una palabra. Clara no preguntó tampoco. Las chicas de adelante sonrieron pícaramente, qué bárbaro el Marito; era un maestro para estos desaires, y la vieja ésta nunca se daba cuenta de nada.

 

(CLAUDIO está subiendo las escaleras, MARIO chista desde atrás. CLAUDIO se detiene, MARIO lo alcanza a mitad de camino)

MARIO: Che, Jiménez, pará…( le pone una mano sobre el hombro y lo detiene en mitad de la escalera.)

CLAUDIO: ¿ Y ahora qué, Marito?

MARIO: Es que…Yo sí te vendo si querés…

CLAUDIO: ¿y desde cuando vendés vos?

MARIO: Eso no te importa…¿querés o no querés?

CLAUDIO: ¿Sabés qué? No te creo, Marito…Me vas a querer encajar una bolsita de harina, vos…

MARIO: No seas pelotudo, yo sí sé cuidar al cliente. Probála si querés… (se saca un sobre del bolsillo e intenta alcanzárselo a CLAUDIO).

CLAUDIO: ¿Qué hacés, nene? ¡guarda eso, querés! ¿No ves que la gorda pasa a cada rato? Está bien, está bien, te creo, Marito…¿Cuánto?

MARIO: Mirá, Pichón…Guardá… (le mete el sobrecito en el bolsillo exterior de la campera) la primera va por cuenta de la casa. Si te gusta, ya sabés dónde buscar.

CLAUDIO: Listo, pibe. Esperá un cacho antes de entrar, para que la vieja no sospeche…

MARIO: Perdé cuidado, Jiménez…Perdé cuidado ( CLAUDIO se adelanta y entra a la clase de geografía, MARIO espera tres minutos y entra también.)

 

“¿Quién puede resolver este ejercicio?” Y sí, ¿quién otro que Jiménez? Clara hace que no lo ve y llama a Andrada. La verdad es que Claudio Jimenez no le gusta nada; tan engreído es. Y los profesores tan encantados con el abanderado…¡Y la madre! ¡Uy, Dios mío, como para que el borrego no saliera insufriblemente soberbio! Que el chico es tan capaz, que estudia tan bien, que siempre tuvo notas excelentes, que es abanderado desde primer grado… En otras épocas, Clara mandaba a los padres a volar. Ahora era distinto. Para ella Jiménez no existía, pero le ponía el siete como para dejar tranquila a la familia. Y así y todo, la familia no se quedaba tranquila, porque habráse visto ponerle un siete a Claudito, él que se pasa las tardes estudiando…¡Qué injusticia! Sin tener ni la menor idea de lo que Andrada responde, Clara pregunta al resto de la clase si es correcto. Contestan al unísono que sí. La puerta se abre una vez más.  Mariano Cáseres entra silencioso, con un gesto y la cabeza gacha pide perdón por el atraso. Clara prosigue. “A ver quién resuelve el siguiente ejercicio de la guía”; este Jiménez no se cansa, ¿no se da cuenta de que lo ignora siempre? ¿Por qué insiste? Pobrecito Cáseres…Qué historia. Era una criatura cuando murió la mamá. Qué inoportuno el cáncer siempre; justo a él, con ese padre tan tiro al aire. Era un buen chico; si algo había aprendido Clara en todos estos años era a distinguir entre los buenos y los malos chicos de un solo vistazo. Nano era un buen chico. Iba a terminar mal, pero era un buen chico. Y era muy capaz, a veces la sorprendía con las fundamentaciones que escribía para los problemas. Una mente ágil, aunque un poco entorpecida estos últimos años…Segurísimo que andaba en algo raro. De un solo vistazo también podía darse cuenta. Las pupilas dilatadas, enormes, la cara siempre rígida. Incluso podía casi jurar que Jiménez andaba con lo mismo…Pero peor, porque no lo hacía por desesperación como Mariano sino por pura juerga. Mucho peor. Clara no escucha tampoco la respuesta que da Gutierrez, pregunta entonces a la clase qué opina. Jiménez dice que él contestó otra cosa, se suman Barreiros, Bustos y Maldonado. Bustos lee su respuesta y los demás asienten. Clara da el visto bueno con la mirada y pregunta si alguien quiere contestar la tercera consigna de la guía. Pero un movimiento generalizado de carpetas y mochilas le hacen ver que se acerca la hora de salir. Mira el reloj: faltan cinco minutos. Medita un momento y les permite guardar, “seguimos la próxima”, les dice. Piensa que va a estar bueno salir cinco minutos antes; podrá pasar por lo de Lucas a ver a la nena, ya está tan grande…Qué amor extraño el de las abuelas, ¡Y pensar que ella creía en los límites y la disciplina! Así había educado a Lucas en su momento: nada de aceptarle berrinches, nada de permitirle estar todo el tiempo a upa. Siempre comer, bañarse y dormir en horario, porque los chicos precisan acostumbrarse a una rutina. Pero con Guadalupe todo es muy distinto: quién podía pensar en la disciplina mirando esos ojos celestísimos y alegres, porque en eso había salido al papá: con un carácter buenísimo. Lucas también era muy alegre de bebé. Los chicos salen como un alud mientras ella se queda guardando unas cosas. De pronto, entran en tropel, malhumorados, resoplando y hablando por lo bajo. Clarita levanta la vista y ve a Teresita, la preceptora: le salen chispitas por los ojos. Que es una barbaridad que los deje salir siempre cinco minutos antes, que todavía no había tocado el timbre, que por algo se fijan los horarios, eso le dice. Clara no contesta, baja la mirada apesadumbrada y se pregunta por qué le habrá dicho lo de “siempre”. En general, nunca permite que se vayan antes. La preceptora se aleja hacia el pasillo, Clara llega a ver que se topa con Ángela al pie de la escalera. En eso toca el timbre, los chicos vuelven a salir brutalmente del aula, esta vez gritando y arrastrando bancos. Jiménez tropieza con ella justo al pasar por la puerta. Se caen los libros, la cartuchera con la cara del Che Guevara y un manojo de llaves. Qué ganas de zamarrear a estos chicos, qué manera indigna de insultar al Che. Y eso  que a ella no le gustaba el Che, no señor, pero era un tipo que merecía respeto y, justamente,  este Jiménez estaba muy lejos de honrar sus principios…Clarita se agacha para ayudarlo a juntar los libros que todavía siguen desparramados por el piso. Jiménez se pone nervioso, claro que lo nota, “deje, profe, deje…Yo puedo”. Tarde. Clara levanta el sobrecito, lo da vuelta, lo huele. “¿Qué significa esto, Jiménez?”. El chico titubea, se le llenan los ojos de lágrimas y murmura: “No sé…Eso no es mío, profesora”. “¿Entonces, qué hacía entre sus libros, Jiménez?”. “No, no, profesora…” El rostro colorado, la mandíbula desencajada y las manos húmedas tenía. “Yo, yo puedo explicar…Yo puedo decirle de quién es ese sobre, profesora. Prometo decirle todo, pero no me delate, no quiero quedar como un buchón”.   “Pero, Jiménez, si me cuenta todo, será un…- Clara se detiene un poco buscando otra palabra pero no la encuentra-  buchón… como usted dice, digan o no digan lo contrario.” “Pero los demás no lo sabrían, profesora…” Qué ganas de matar a este muchacho. Ya sabía ella que era un mal bicho, ya sabía. Clarita sonríe apenas, lo mira a los ojos, Jiménez esquiva la mirada y fija los suyos en los zapatos. “¿Sabés qué, querido? vamos a ir a dirección a aclarar este asunto ahorita mismo”. Jiménez deja caer entonces una lágrima y le jura que nunca más, que nunca más…Clara se acerca hasta donde están Ángela y Teresita, todavía charlando al pie de la escalera. Jiménez se queda cabizbajo, las manos temblorosas, la mirada ausente. “Mirá lo que tenía Jiménez en sus libros”, le escruta a la preceptora. “¿Y eso qué es, profesora?” Ángela le arrebata el sobre de las manos. “No…- murmura- Esto parece cocaína, pero para estar seguros habría que llevarlo a analizar.  ¿Jiménez, dijiste? ¿Vos estás segura, Clarita?” “Claro que estoy segura, ¿no lo ves allá  muerto de miedo? ¡Si parece un pichón mojado!” “Hay que llamar a la familia, Teresita” “¿A la familia? ¿de Jiménez? No podemos culpar a un chico sin pruebas” “No se trata de culpar a nadie, Teresita, se trata de salvar la vida de un muchacho. Además, claro que hay pruebas: acá está el sobre, se lo saqué de las manos ¿acaso yo no soy un testigo fiable?” “Yo no he dicho eso, profesora, pero, la verdad, los chicos se desbandan tanto durante sus horas, que no puedo descartar la posibilidad de que ese sobre haya caído accidentalmente del bolsillo de Cáseres, por ejemplo; si salieron como un malón…” “El malón ya había salido, Teresita, cuando Jiménez y yo tropezamos” Teresita baja la mirada, medita un momento, mira el reloj. “De todos modos, ya tocó el timbre de salida, por hoy no podemos hacer nada, Humberto ya se fue”. “Pero es viernes, Teresita, si dejamos que este asunto se dilate hasta el lunes…”. “Tal vez es bueno, piénselo bien durante el fin de semana. Tal vez pueda recordar que las cosas no fueron tal como las piensa ahora”. Clarita la mira sonriendo, busca a Ángela con los ojos, pero ésta titubea y solo atina a bajar la vista. “Tal vez algún día me recuerdes, Teresita. Yo sé lo que pensás de mí, yo sé lo que piensan todos de mí. Y sí, la verdad es que me falta poco para jubilarme…Pero acordate de algo, Teresita, acordátelo siempre: si alguna vez la vida, Dios no lo permita, te hace vivir el rol que hoy tiene la madre de Jiménez y tu Manuelito mete la pata hasta el fondo como la está metiendo este chico, seguro, segurísimo, que preferirás que su destino esté en manos de una pobre vieja como yo y no de una jovencita progresista que crea que la educación se basa en las buenas relaciones y no en las buenas decisiones”. La dejó boquiabierta, Clara baja las escaleras olvidándose de Jiménez. Éste se incorpora rápidamente y sonríe aliviado, baja como un rayo por la otra escalera, la de la primaria. Clarita se encuentra abajo con  Mariano Cáseres. Al costado está Pacífico tembloroso, casi en igual actitud que Jiménez; se nota a la legua que Nano está hablando en su nombre. “Profesora, yo…Yo quiero decirle que la merca se la emboqué[1] yo. Jiménez no quería, le juro que no. Si a simple vista se ve que nunca probó de esas cosas.”  Clara le mira los ojos negros, negrísimos, son pura pupila. Le da una palmada en la mejilla y sonríe: “Vos sos un buen chico, Cáseres. Me da mucha lástima no poder salvarte”.

 

(Ángela y Teresita. Están en el pasillo principal, entre el aula de 2° Polimodal que ha quedado vacía y la escalera)

TERESITA: ¿Y a ésta qué le picó? ¿De qué me trató? Ah, pero esto no va a quedar así… Te juro que el lunes… no, mañana, me voy a la casa de Don Humberto a contarle todo. Quién se piensa que es para hablarme así. Voy a exigir que abran un sumario (lo dice con un ritmo tan acelerado que parece que estuviera cantando)

ÁNGELA: Calmate, Teresita. Clara es una buena mujer. Y fue una excelente docente en su momento, no te olvides de que yo egresé de este colegio. Era una de las pocas buenas docentes de aquel entonces; de hecho, ella despertó mi vocación. (la voz  se escucha mediadora y el tono es menos agresivo y más calmo que el de Teresita).

TERESITA: ¿Pero no te das cuenta cómo es? ¡Qué me interesa a mí si era buena o mala profesora! ¿No viste como la abuchearon en el acto del 11 de Septiembre[2], el año pasado? ¿Y lo que le gritaron? Ya ni los chicos la respetan…No debería permitirse que una envejezca dando clases.   

ÁNGELA: No seas cruel, yo sigo pensando que es una buena mujer. Además, si es verdad lo que dijo…

TERESITA: ¿Pero qué va a ser verdad? ¿Jiménez? Cualquier otro puede ser, pero Jiménez no…Ay, Angelita, espero que por su bien llegue pronto la resolución de su retiro (Baja la mirada y se queda esperando que Ángela diga algo. Pausa) porque…¿sabías que ya pidió el retiro?  (como Ángela no contesta, asiente y continúa) por fin este año se jubila. (Telón)

     

 

 

 

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2 comentarios en “Los buenos docentes

  1. Para pensar. Real. Fuerte.Sin palabras y con un dejo de tristeza. Rezándole a mi Dios para que esta no sea una realidad que supere mis sueños , mis utopías y mi esperanza.

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