Gracias a Mafalda

Mafalda corría, todavía rengueando de la pata derecha delantera, detrás de la ambulancia. De la ambulancia adonde habían subido a su dueña. La dueña que la había adoptado hacía tantos años, cuando la vio en la calle desamparada, flacuchenta y sarnosa.
Mafalda era una perra marca calle. De color pardo y ojos grises, orejas caídas y cola larga. Tenía bigotes de gato, porque es raro que a un perro se le distingan tanto. Y amaba profundamente a su dueña, Sebastiana.
Sebastiana era una abuela sin nietos. Vivía en una casa grande en el barrio de Flores, aunque algo descuidada porque la jubilación no le alcanzaba para mantenerla bien: jardinero, pintor, techista, plomero y albañil eran como fantasmas de su pasado.
Ahora Sebastiana cortaba el pasto cuando podía ella misma, la última vez hacía años porque su artrosis en la pierna izquierda no la dejaba.
La casa estaba descascarada y a dos colores pero ridículo era pensar en Sebastiana subida a una escalera con sus 86 años y una brocha en la mano.
En la cocina y el living la casa se goteaba los días de lluvia, pero bastaban un balde y una cacerola para no mojar el piso de pinotea que, como era bueno, no necesitaba mantenimiento y estaba reluciente a pesar de los años. Impagable el sonido de las gotas en ambos ambientes, a veces pegando en el recipiente y a veces fuera, rítmicamente, como una tonada de Brahams en un día de lluvia.
Un caño del baño principal, porque en la casa había dos, perdía. Sebastiana había solucionado el problema cerrando la llave de agua y aunque el baño así no se podía usar no importaba mucho, porque Sebastiana usaba el otro.
Por último, en caso de que se ignoren un millón de detalles que hacen la diferencia entre una casa habitada y otra abandonada, la laja del patio se había levantado. Sin embargo, bastaba con prestar atención para no caerse, y como Sebastiana tenía estudiados sus pasos podía caminar por allí con los ojos cerrados.
Lo dicho: jardinero, pintor, techista, plomero y albañil eran como fantasmas de su pasado. Porque a la casa grande de Flores, con pastos altos, paredes descascaradas y a dos colores, Brahams goteando los días de lluvia, un baño clausurado y un patio con pisadas prohibidas, no entraba más que Mafalda y Sebastiana. Pero eran muy felices allí las dos.
Hasta el día que Sebastiana se desmayó.
Puntualmente, como cada mañana, Mafalda la había ido a despertar a lenguetazos apenas salió el sol. Y en cuanto se sentó en la cama Sebastiana sintió un mareo. Pero a los 86 años cosa rara sería despertar sin ningún achaque, así que Sebastiana no le llevó el apunte y se levantó. Puso la pava en el fuego y vació el agua de Mafalda en la pileta para ofrecerle en cambio otra que sacó de un botellón de la heladera, más clara y fresca. Mientras lo hacía, Mafalda le lamía los juanetes, así que Sebastiana se rió porque sintió cosquillas.
─ No hace falta que me agradezcas así, Mafalda. Salí, salí que no es lindo que me beses ahí. ─Y pataleó suavemente para librarse del mimo. Entonces un hormigueo le recorrió la pierna izquierda. «Debe ser la artrosis», pensó y siguió con lo suyo.
Cuando la pava empezó a chillar, Sebastiana la sacó del fuego y le puso yerba al mate. Abrió la puerta de la cocina que daba al fondo y, con el mate en una mano y la pava humeante en la otra, miró fijamente a Mafalda que esperaba a sus pies, atenta a cualquier gesto de la anciana. Entonces la mujer le acercó la bolsa de biscochitos de grasa a la boca. Mafalda dio una mordida pero no para comer el manjar sino para sellar la apertura de la bolsa y así salió con su carga, marcándole el camino a Sebastiana: un saltito corto aquí, otro más largo allá, un poco hacia la derecha para evitar un traspié, otra vez al centro, paso largo, paso corto, y por fin llegaron a la mesa del patio de pisadas prohibidas. Sebastiana puso en el piso uno de los almohadones de las sillas de jardín y Mafalda se acomodó allí muy oronda.
─Buena chica ─dijo Sebastiana, acariciándole las orejas, y le sacó la bolsa de la boca. Enseguida le ofreció un biscochito que Mafalda se devoró en dos movidas de cola.
No le había dado Sebastiana la segunda chupada al primer mate, cuando Mafalda se le apareció con la pelota. ─¿Ya querés jugar? Bué…─Y levantó el brazo izquierdo para seguirle el juego. Sintió un pellizcón agudo que la hizo retorcerse del dolor, la pelota cayó allí mismo, dando dos o tres rebotes. Mafalda no intentó agarrarla, sus ojos estaban puestos sobre la mujer que estaba doblada en dos. Instintivamente, comenzó a lamerle los juanetes.
─Dejá, dejá ─le dijo Sebastiana a media voz con dulzura ─Vas a tener que buscar ayuda, encanto ─Y el mate que estaba en la punta de la mesa cayó dos segundos antes de que la anciana se desplomara también en el suelo.
Mafalda comenzó a ladrar eufóricamente, dándole vueltas a Sebastiana, que parecía haberse acostado a dormir allí mismo, con una pierna para cada lado y una sonrisa placentera en el rostro. Tardó un par de minutos en detener la vuelta y el ladrido. Olfateó a Sebastiana, le lamió el cuello, la nariz, la boca. Sollozó como sollozan los perros, en un aullido corto y ahogado. Le tironeó el vestido con los dientes. Movió con el hocico su mano inmóvil. Se sentó al fin a su lado a esperar quién sabe qué, con los ojos abiertos y fijos en la mujer recostada.
Entonces sonó el timbre y Mafalda salió como disparada. Se paró en dos patas sobre el picaporte, que cedió inútilmente porque la puerta estaba con llave. Ladró como si sus pulmones se hubieran hinchado de repente, cualquiera habría dicho que era un rottweiller de pura cepa el que corría de una punta a la otra de la casa, desesperado por hacerse oír.
─ Señora Sebastiana ─se escuchó la voz del cartero del otro lado de la puerta, que conocía el ladrido juguetón de Mafalda y decididamente no era aquel ─ ¿Está usted bien? ─Pero como nadie respondió, el hombre comenzó a alejarse resignado y Mafalda que escuchó sus pasos cada vez más débiles, redobló sus esfuerzos y el ladrido se volvió salvaje y atemorizante. Corrió hacia la cocina, miró una vez más a Sebastiana todavía recostada en el patio inmóvil, como para recargar la energía que necesitaba, y volvió la vista al frente de la casa. A través de la ventana se veía la figura del cartero dubitativo, extrañado por el batifondo que estaba haciendo Mafalda, parado sin saber si irse por fin de allí o jugar al superhéroe, a riesgo de hacer el ridículo entre los vecinos.
Mafalda, mientras tanto, tomaba carrera y medía sus pasos. Corrió desenfrenadamente contra la ventana, como si aquello que había frente a sí no fuera un vidrio sino una fina lámina de papel. El cartero todavía se estaba preguntando si debería llamar al 911, cuando el vidrio de la ventana estalló en miles de pedazos. Como un fénix resurgiendo de las cenizas, se le apareció aquel rotweiller poco usual, de color pardo y ojos grises, orejas caídas, cola larga y bigotes de gato, rengueando de la pata derecha delantera.
Sebastiana ingresó al hospital de Flores a las 14.06. Fernando, el niño que estaba vendiendo fresias en la puerta, como cada tarde de esa primavera, vio llegar la ambulancia y escuchó el relato acalorado del cartero, que había acompañado a la mujer:
─Si no fuera por el perro, no la encontraba viva a la señora.
Entonces Fernando reparó en la mascota de mirada triste, orejas y cola caída, renga de su pata derecha delantera. La quiso acariciar pero Mafalda se corrió unos pasos para atrás, como si aceptar esa caricia significara una traición a su ama. Fernando se le quedó mirando unos segundos y volvió a su puesto, junto a la canasta de fresias que él mismo había cortado del baldío que lindaba a la casilla enclenque donde dormía con su mamá.
Y pensar que Sebastiana pensaba morirse la mañana que Fernando apareció con las flores en el cuarto del hospital. Las puso en un vaso que encontró en la mesita de luz pero se olvidó del agua y aunque Sebastiana quiso advertirle las palabras no se asomaron a su boca.
Fernando tomó por costumbre visitarla cada tarde, siempre con flores nuevas que volvía a poner en el vaso vacío. Sebastiana tenía la vista perdida y parecía no escucharlo pero no era así. El chico le hablaba de Mocho, que así le había puesto a Mafalda porque no se había dado cuenta de que era hembra, y de cómo ya empezaba a dar muestras de quererlo. Le contó también que apenas se movía de la puerta de entrada, a veces obligada por el hambre o la necesidad de sacar sus inmundicias afuera.
Así, a través de Fernando, Sebastiana se enteró de que Mafalda velaba en la puerta desde hacía 54 días con sus 54 noches, lloviera, tronase o hicieran 40 grados de calor.
─ Si Mocho la quiere tanto así, por qué será que la dejan morir sola. ─Y cualquiera habría dicho que un adulto había dicho esto, porque Fernando todavía no había cumplido los doce pero la vida lo había convertido en un hombre ya ─ Me lo llevaría a casa por la fuerza, por lo menos cuando llueve, pero mamá lo sacaría volando, porque apenas si nos podemos mantener los dos, me dice siempre. Además el Mocho tiene fuerza y cuando quiero alzarlo me gruñe ¿vio? Igual yo me doy cuenta que es puro teatro, porque cuando me ve llegar mueve la cola, y se deja acariciar también.
Así, tan despacio como intensamente, Sebastiana aprendió a querer al chico. Fernando, por su parte, amó a Mocho primero (tiempo después se enteró de que era hembra y respondía al nombre de Mafalda) y por extensión después a Sebastiana, cuyo nombre conoció también más tarde, cuando despertó.
─No tendrías que traerme flores todos los días, si las pusieras en agua ─ le dijo a Fernando Sebastiana aquel día que le habló por primera vez.
Cuando le dieron el alta, el niño la esperó con Mafalda en brazos en la puerta de entrada del hospital.
Unos meses después, Mafalda corría, apenas rengueando con la pata derecha delantera detrás de la pelota. De la pelota que le había tirado Fernando, el niño que ahora cada tarde entraba a la gran casa de Flores. La gran casa que volvía a tener el pasto corto, las paredes prolijamente pintadas, el techo sin goteras, los caños del baño sin averías y las lajas rotas del patio de pisadas prohibidas reparadas. Jardinero, pintor, techista, plomero y albañil fueron algunas de las ocupaciones que probó Fernando antes de crecer, acostumbrado a las changas que le permitían sustentarse a sí mismo y a su madre. Plantó fresias en una esquina del jardín. Y Sebastiana se volvió abuela con nieto.
Mafalda se acostó muy oronda en el almohadón de la silla de jardín, mientras la anciana y el niño comían biscochitos de grasa y compartían el mate.

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