hermano huinca

Neculqueo se acercó a la cama de Fray Bernardo y le besó la frente. El fraile, consumido por la fiebre, apenas entreabrió los ojos y tardó unos instantes en reconocer al muchacho más rebelde de la tribu.

─¡Viniste! Podré morirme en paz, hijo ─le dijo en un susurro, carraspeando.

El chico abrió las ventanas del convento de par en par, aunque le habían ordenado no tocar nada. Una vez que el sol iluminó la cama, puso sus manos con las palmas hacia abajo justo sobre el pecho del enfermo y cerró los ojos recitando una plegaria en mapudungún[1].

Fray Bernardo, lejos de considerarlo una herejía, se sintió conmovido y volvió a cerrar los ojos, entregándose.  Había llegado a la tribu una semana después de la gran pelea para evangelizar a los salvajes de Sierra Chica y hasta entonces no había recibido ningún gesto amable del muchacho, todavía envenenado por el secuestro de su abuela Kafultray.

Neculqueo odiaba a Fray Bernardo, tanto como al resto de los huincas[2]. Y eso que, a diferencia de otros padres de la congregación, jamás los azotaba. El día que los sorprendió debajo del ombú jugando a la chueca[3], que estaba prohibida, se arremangó la túnica y tomó el palín[4] que uno de los muchachos había dejado caer a sus pies. Todos permanecieron en silencio, sumisos y resignados a recibir el castigo pero el buen padre puso una pierna delante de la otra y se inclinó levemente hacia atrás con el motín en la mano diciendo:

─A ver… ¿cómo se juega esto que tanto les apasiona?

Neculqueo aquella vez fue el único que no jugó; y tampoco le contestó nunca cuando en mapudungun (que el padre lo hablaba de vez en cuando, siempre que no lo viera ningún huinca) le preguntaba por su salud o sus intereses. Evitaba sus caricias y jamás aceptaba nada de sus manos; había escupido el crucifijo que Fray Bernardo talló para cada uno de los weches[5], sin miedo al castigo que nunca llegó. En cambio, Fray Bernardo sonrió cálidamente y le dijo: «Lo guardaré hasta que estés listo, muchacho».

Neculqueo dejó de buscar en el cielo a Kafultray el día que su hermano menor se enfermó de viruela. Para entonces le quedó claro que el dios de los cristianos era más poderoso que su  Ngenechén[6]: la mitad de los suyos fueron muertos por la enfermedad, a la que  ─fuera de Fray Bernardo y otro padre de la congregación más viejo─ los huincas resistieron impasibles. El buen padre lo acompañó en los funerales de su hermano, aunque no se le dio sepultura cristiana; siempre unos pasos más atrás.

Fray Bernardo no había conocido a Kafultray, la bruja de Sierra Chica, porque la habían secuestrado unos días antes de que la Misión llegara. Pero le contaron la historia y se sintió indignado:

─¿Cómo es posible semejante animalada? ¡Y después llaman salvajes a estas criaturas de Dios! 

La noche de la gran pelea Kafultray había comenzado acariciando el cultrún[7] suavemente pero a medida que los gritos de la lucha apagaban el silencio de la noche, la voz del cultrún se volvió más potente. Tok tok tok tok y un huinca  perdía el caballo allá. Tak tak tak tak y otro quedaba desarmado acá. Tuk tuk tuk tuk y caían de a doce. Neculqueo la vio entrar en trance. Su lengua articuló una serie de sonidos incomprensibles, acaso el idioma del viento que solo se le revela a los machis[8]. Bailó, imploró al cielo, se puso en cuclillas y otra vez de pie: ya entonces los huincas se habían rendido, absortos frente al espectáculo de Kafultray, muertos de miedo e inmóviles por el pavor. Las armas y los caballos se les quedaron en la aldea y huyeron como  carpincho[9] de yaguareté[10]. Neculqueo y los suyos bailaron aquella noche celebrando el triunfo, sin saber que los enemigos volverían con más artillería y determinados a acabar con ellos. A acabar principalmente con la bruja Kafultray.

            La noche que se la llevaron Neculqueo se levantó sigiloso de su catre para asomar la nariz a la oscuridad. Al principio, hasta que sus ojos se acostumbraron, no distinguió las siluetas. Pero después la vio, con el kepán[11] sin faja porque los huincas la habían usado para atarle las manos por detrás de la espalda. La llevaban a la rastra hablándole en un idioma en aquel momento incomprensible para él (más tarde supo que era español y tendría que aprenderlo). La llevaron por bruja.

─Volveré bajo la forma de un cóndor y te contaré mi secreto, Neculqueo. Algún día serás machi como yo ─le gritó Kafultray desde lo lejos, segura de que el niño había estado observándolo todo desde la ruca[12].

Y aunque Neculqueo pasó varios días mirando hacia lo alto, nunca encontró a Kafultray. Antes de la gran pelea, su abuela le había enseñado a escuchar los susurros de Killen[13], que habla. A dejarse abrazar por la alborada, que puede tocar como la mano humana. A leer el destino en cada estrella del cielo. Solo le faltaba a Neculqueo aprender a curar para convertirse en machi. Era entonces demasiado pequeño para descifrar los secretos del universo: no podía recordar los sueños ni las infinitas recetas magistrales. Y aunque tocaba el cultrún con cierta gracia, no conocía la música del viento que, como el cóndor, cuenta los saberes del mundo. 

Cuando Fray Bernardo cayó enfermo, Neculqueo se sintió confundido.  Creía que no podía querer a ningún huinca y sin embargo la noticia lo angustió. Fue entonces cuando volvió a buscar desesperadamente a Kafultray. Y así, con el odio deshecho por la pena de perder a Fray Bernardo, Neculqueo perdonó. Y escuchó aletear a Kafultray, que bajaba a contarle su secreto. El viento comenzaba a entonar la melodía de sus ancestros cuando Fray Bernardo, ya sin fiebre, sintió el abrazo cariñoso del muchacho que acababa de salvarlo, y de convertirse en machi.  

 

 

 

 

 

 


[1] Lengua de los mapuches

[2] Hombres blancos

[3] Juego entre los mapuches que antiguamente era un ejercicio de preparación para la guerra.

[4] Palo de punta corva que se utiliza en el juego de la chueca

[5] Jóvenes mapuches

[6] Máxima deidad entre los mapuches

[7] Instrumento de percusión usado por los mapuches en distintos rituales.

[8] Hechicero/as entre los mapuches.

[9] Roedor propio de América

[10] Tigre americano

[11] Vestido hasta los tobillos, que usa la mujer mapuche.

[12] Vivienda de paja y barro, propia de los mapuches.

[13] la luna

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2 comentarios en “hermano huinca

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