El tren del rey

A la abuela Cata, que me regaló esta historia

Todas las cosas buenas llegan primero a Buenos Aires. Como el daguerrotipo. Cuando la tía Lola mandó el primero por carta en la víspera de 1922, dos años antes de que el tren del rey viniera a Castellanos,  papá largó una carcajada de esas que larga cuando se pone nervioso:

─¡Mirá, Catita! ─Me mostró. Y no me pareció la gran cosa, porque yo había visto muchos retratos ya; aunque por primera vez a la tía la habían dibujado gorda como era.

─¿Y por qué no está a color? ─pregunté.

─¿A color? ¡Imposible! ─resopló papá y volvió a meter el daguerrotipo en el sobre.

─No es imposible ─le dije, recordando el cuadro enorme que vi en  el recibidor de la casa de la tía Lola, en Buenos Aires, cuando murió el tío Alfonso, que todavía no entiendo para qué viajamos si todo el mundo dice que el tío Alfonso se fue al cielo y acá en Castellanos tenemos más cielo que allá─: el retrato del primo Luis tiene colores y es además mucho más grande.

─No seas babieca,  querés─me contestó─Esto no está pintado: es la vida real.

            ─Catita ─Se metió mamá─. Vas a lograr que se le vuelen los pájaros a tu padre; dejá de hacer tanta pregunta y andá a jugar. ─Por suerte mamá estaba de buenas, porque otras veces me manda a hacer bordados y más entonces que mi prima Lucrecia estaba embarazada de Gonzalín y había que preparar ajuar para bautizo, para cuna, para salida y para no sé qué más; o, peor, me manda a practicar la caligrafía, cosa que no me gusta nada de nada pero que es importante para que no me quede burra aunque no vaya al Liceo como el primo Luis que es varón y encima vive en Buenos Aires y que será abogado un día, como el tío Alfonso, que se murió hace unos años y era el hermano más chico de papá.

Así que me fui a jugar, un poco porque no soy tonta y siempre es mejor jugar con Lorenza que es la muñeca que me regaló tía Lola cuando cumplí los siete, que como vive en Buenos Aires puede comprar muchas cosas, aunque ahora un poco menos porque el tío Alfonso no está. Lorenza tiene un agujero en la panza, porque una vez solté la bicicleta –que también me compró tía Lola pero no me acuerdo cuándo- y pobre Lorenza estaba abajo; y ahora juego que tiene un ombligo más grande que el mío, porque la porcelana no puede arreglarse dice papá y yo tengo que conformarme con quererla así con agujero y todo, porque al final de cuentas la culpa es  mía por dejar la bicicleta en cualquier lado y a Lorenza tirada por ahí.

Además, cada vez que a mi papá están por volársele los pájaros es mejor correrse, vaya a jugar con Lorenza o no. Nunca entendí bien dónde los tiene encerrados, ni pude verlos volar, pero está clarísimo que cuando a papá se le escapan los píos la cosa no se pone buena.

            Si no fuera por el primo Luis que es varón y va al Liceo y encima vive en Buenos Aires, yo nunca me enteraría de nada. Porque justo cuando estoy por descubrir la cosa más extraordinaria del mundo es cuando papá deja de contestar a mis preguntas y mamá me manda (en el mejor de los casos) a jugar para que no vea cómo los pájaros se le salen de la cabeza, que dice el primo Luis que es donde los tiene mi papá, y que eso quiere decir que se le acabó la paciencia.  Yo no sé por qué los grandes no dicen las cosas como son en vez de hablar siempre en clave morse, que es como hablan los soldados en la guerra, según lo que me dijo el primo Luis. Pero yo no soy soldado ni tampoco grande, y no voy al liceo aunque sí sé leer y escribir; si me hablaran sin clave la cosa sería más sencilla y una no tendría que preguntar tanto. Como eso de que el daguerrotipo es la vida real. Real no es, porque la tía Lola no entra dentro de un sobre, a mí no me van a hacer creer eso ¡Con lo gorda que está!

            ─Es una máquina estupenda, Cata─me explicó otro día el primo Luis, una vez que vino, porque ellos vienen a Castellanos mucho más seguido que nosotros a Buenos Aires─ Y tenés que ver el estudio donde la tiene el señor Helsby. En el techo hay un ventanal enorme, porque si no hay buena luz el daguerrotipo no sale. Hay además jaulas y más jaulas llenas de pájaros, un piano en el estudio… Pero lo más importante de todo es la caja enorme, que tiene como un catalejo metido adentro, por donde te mira el señor Helsby, aunque estás ahí nomás, a unos pasos de él. Uno tiene que quedarse quieto por un rato, como estatua. Si lo hacés bien, después podés jugar con una caja de música que está arriba del piano, mientras el señor Helsby saca el daguerrotipo de adentro de la caja. Es de lo más increíble, Cata, si venís a Buenos Aires te voy a llevar a verlo. Es como si la caja te atrapara el alma y te la metiera en ese pedazo de papel: porque estás en el papel y no es pintado, es como un espejo, tu reflejo inmóvil se queda allí dentro. Exactamente como sos.

            ─El primo Luis dice que sí hay daguerrotipos a color ─le dije un día a papá mientras comíamos─, que el señor Helsby se los hace pintar a Lucho, el ayudante, y lo hace con pinceles, pero es muy caro. A la tía Lola no le alcanza para pagar tanto, porque desde que el tío murió…

            ─¿A usted quién le ordenó a hablar en la mesa, jovencita? ─Y como tenía voz de que estaban por volársele los pájaros, no le hablé más del daguerrotipo a mi papá. Hasta que el tren del rey nos visitó.

Y eso que yo no había visto al rey ni siquiera en daguerrotipo, aunque mi primo Luis que vive en Buenos Aires dice que salió en todos los diarios de allá junto al Presidente Alvear, mirando hacia lo alto porque los reyes nunca miran hacia abajo. Dice mi primo Luis  que si lo hacen estarían mezclándose con la gentuza común como nosotros y que por eso entonces tienen que mirar  siempre para arriba. Me pregunto qué pasará con los reyes cuando llueve, porque si no pueden mirar para abajo ¿cómo esquivan los charcos? Aunque dice mi primo Luis que en Buenos Aires nunca llueve tanto como acá  y que además hay muchas calles que están empedradas y entonces no se hacen estos tremendos barriales. Habrá que ver si en Italia, que es donde vive el rey casi todo el tiempo, las calles están empedradas como en Buenos Aires.

Pero lo que es acá, en Aarón Castellanos, tendría que bajar la vista de vez en cuando porque nosotros  tenemos a la Picasa, que será una lagunita chiquita, claro, ¡pero hay que ver cómo se pone cuando llueve! No se le ven las orillas de todo lo que se agranda y una vuelta vi que hasta llegaba a los rieles y cuando el tren pasó, el agua que salpicaba tocó los techos de la casa de Ochoa que es una casa de altos y que debe medir como cuarenta metros. Aunque yo no sé cuánto es cuarenta metros, pero dice mi primo Luis que es muchísimo, que cuando él le ganó la carrera al Ortega ese que va con él a la clase, le ganó por cuarenta metros, que es una barbaridad.

─¡Margarita! ─había gritado papá el día que se enteró de que el rey vendría. Y yo fui con mamá para ver qué pasaba, porque papá ni siquiera había entrado a la estancia todavía, ni se había bajado del Vazquito ni nada. ─¡Margarita! ¡No te vas a creer esto! ¿a que no sabés quién va a visitarnos, mujer?

─¿Lola?-Intentó mamá, todavía con el bordado que estaba haciendo en la mano.

─Frío, frío

─¿Luisito?

─¡Pero no, mujer! ¡El príncipe piamontés, Humberto de Saboya! ¡En persona! 

─¿Humberto de Saboya? ¿Aquí…en nuestra casa? ─Y la pobre mamá dejó caer el bordado y, como el día que el tren llegó por primera vez a  Castellanos, gritó─ ¡Madre mía! ─Y se santiguó.

Bueno, a mí el tren también me había impresionado bastante. La primera vez que me lo mostraron me asusté. Nunca me había imaginado que podía ser tan enorme. Además, la reacción de los grandes que siempre parecen estar tan seguros de todo me llenó de miedo. Al principio, cuando sólo se escuchaban las campanas y apenas  se veía el humo oscuro, mi mamá no podía dejar de hablar con la mujer de Ochoa que estaba parada al lado suyo. Y eso que mi mamá no quiere saber nada con la mujer de Ochoa porque vive en una casa de altos acá en Castellanos y se cree que es una condesa o algo así, y entonces no saluda a nadie en el pueblo; «Ni que viviera en Buenos Aires» dice la tía Lola cada vez que la ve. A mi mamá tampoco le gusta que la tía Lola diga eso.

Yo no sé qué me imaginé al principio sobre el tren, supongo que esperaba  ver un  gusano gigante hecho de metal, como me había dicho mi primo Luis que vive en Buenos Aires y que ya había visto muchos trenes en su vida.

Lo que más me llamó la atención del tren fue el humo que salía de las ruedas, porque mi primo Luis me había dicho que tenía como una chimenea y que el humo salía por ahí, pero no me contó de las ruedas. Además, las ruedas iban todas en hileras, bien pegadas unas con las otras, y todavía no entiendo cómo pueden girar porque el tren tiene un palo que las atraviesa a todas y no deja de moverse mientras la locomotora avanza. Papá me dijo que el primer vagón se llama “locomotora” porque ahí va el señor que maneja y  en serio hay que estar loco para querer manejar un armatoste así.

El caso es que cuando papá avisó que el príncipe piamontés vendría a Castellanos, mamá se sorprendió tanto como cuando vino el tren por primera vez. Porque cuando el tren dejó de ser chiquito y pasó frente a la estación de Castellanos en donde estábamos todos, aquella primera vez que lo vimos, mamá se calló y dejó la boca abierta como dice que no tengo que dejarla yo, y después dijo muy fuerte (y si no lo dijo fuerte se escuchó fuerte porque estaban todos demasiado callados): “Madre mía”.

A mí en cambio no me salió decir nada, solo que me sorprendió que mi primo Luis se equivocara tanto, porque él se equivoca mucho menos que yo. Me quedé allí parada frente a la estación  mirando ese gusano que de gusano no tenía mucho porque los gusanos son más finitos y casi siempre tienen dos antenas, además son verdes y el tren era negrísimo. Para mí se parecía más a una gatapeluda, además los gusanos no me asustan y en cambio las gatapeludas sí.

 Mi primo Luis dice que los trenes pueden matar a la gente, que si uno se para adelante se va directo al cielo, con el tío Alfonso. Por eso creo yo que el tren se parece más a una gatapeluda que a un gusano, porque el primo Luis me dijo que si me pica una se me hiela la sangre y me muero enseguida. Por eso yo le tengo tanto miedo a las gatapeludas, menos mal que lo tengo al primo Luis que va al Liceo y que sabe tantas cosas, que si no, capaz que me descuido y me pica alguna.

Pero la cuestión es que el príncipe no venía a nuestra casa sino al pueblo y mamá se tuvo que guardar el “Madre mía” y agarró de nuevo el bordado.

─El tren del rey sale de Buenos Aires el mes que viene, un lunes a la mañana. Tenemos que estar preparados para el festejo que va a organizar la gobernación, porque va a bajar en el pueblo, Margarita, ¿podés creer? El viaje hasta Chile es demasiado largo y parece que quiere bajar a estirar las piernas ─Mi papá estaba de lo más entusiasmado con la noticia, y yo me quedé pensando en lo alto que sería el rey, si no podía estirar las piernas dentro del tren que es bastante grande. Pobre.

─¿Por qué le decís rey si es un príncipe? ─pregunté yo.

─Porque va a ser rey un día, Catita, por eso…

─Pero todavía no es ─señalé.

Papá se me quedó mirando fijo con la boca cerrada. No necesité que mamá me dijera que iba a hacerle volar los pájaros otra vez, así que me fui solita a jugar al patio con Lorenza.

Para recibir al rey que no era rey pero que un día sería, me pusieron un vestido de fiesta. Mamá me hizo unas trenzas apretadas que sujetó con cintitas: una blanca y otra celeste. Hay que ver cómo dolían, tenía toda la cara estirada para atrás como si me estuvieran tirando de las orejas. A nadie le importó que llorara, dijeron que para recibir al rey tenía que estar impecable y que si seguía llorando así iba a tener los ojos hinchados como las moras silvestres que crecen en el fondo de casa y que el rey diría “uy, qué nena más fea” y se iría a su gran Palacio en Italia y le contaría a toda la gente que vive allá y que no hace otra cosa que ir a las fiestas reales (porque dice mi primo Luis que es de Buenos Aires y sabe mucho, que eso es lo único que hacen los reyes), que en Aarón Castellanos conoció a una nena con los ojos hinchados como moras silvestres.

Pero para mí que no se iba a dar cuenta de nada, porque si es verdad lo que dice mi primo Luis (y mi primo Luis nunca miente) el rey no iba a mirar para abajo y no iba a ver ni vestido, ni cintitas, ni ojos hinchados como moras ni nada. Menos que menos si era tan alto como para no poder estirar las piernas dentro del tren que es el invento más grande que yo haya visto en el mundo. Aunque yo no vi muchas cosas del mundo, solo un poco Buenos Aires cuando murió tío Alfonso, pero entonces estuve demasiado entretenida buscándolo por el cielo que es donde dicen todos que se fue el tío cuando murió.

Lo mejor era tirar el ramo para arriba, como hizo mi prima Lucrecia cuando se casó toda de blanco y tiró el ramo hasta el cielo para que cayera en la cabeza de Gladis que es la hija de Ochoa y se puso tan contenta porque le llovieron las flores y todo el mundo aplaudiendo no sé por qué y felicitando a su novio y hablando de confites; yo no entiendo qué tienen que ver los confites con las flores, pero bueno, ellos son grandes y sabrán, porque los grandes siempre hablan de cosas que no entiendo y me dicen que no entiendo porque soy chica y ya voy a entender.

Para eso debe servir ir a la escuela, pero dice papá que está muy bien que yo no vaya, que a las nenas nos basta con saber leer y escribir y eso me lo puede enseñar cualquiera en casa. Pero a mí me gustaría ir al Liceo como Luis, porque él allá aprende un montón de cosas y yo siempre soy la “babieca”, como me dicen acá, porque estoy siempre en Babia, que debe querer decir que no sé mucho y que siempre ando preguntando, porque siempre me lo dicen cuando pregunto algo. Y al final con eso de que estoy en Babia, todos se ríen y nadie contesta mi pregunta y yo no vuelvo a preguntar porque tengo miedo que vuelvan a decirme babieca, que según  mi primo Luis es una cosa buena, porque es el nombre del caballo de un soldado español que es de lo más valiente y corajudo. Pero a mí eso no me conforma, no me gusta que me digan que soy un caballo, porque al Vazquito yo lo quiero mucho y todo pero es medio pavote si no lo revenquean y a veces se para a hacer sus necesidades en cualquier sitio y una se tiene que quedar esperándolo ahí arriba, aguantándose el olor porque ni caso tiene querer hacerlo andar cuando él anda haciendo sus asquerosidades como si nada, delante de todo el mundo. Yo no entiendo porqué el primo Luis dice que es una cosa buena ser Babieca. 

La estación estaba preciosa el día que el tren del rey pasó por el pueblo. De un costado habían puesto guirnaldas celestes y blancas, igual que las cintitas de mis trenzas, porque son los colores de nuestra bandera. Del otro, me explicó el primo Luis que había venido especialmente con la tía Lola para ver al rey, estaban los colores de Italia porque es allí donde el rey tenía el palacio y ahora sólo estaba de gira dipromántica, que así se dice cuando viaja el rey.

Gladis, la hija de Ochoa, y mi prima Lucrecia estaban vestidas de paisanas para bailar un pericón. Y había otras con ellas, todas de la reunión semanal esa que hacen las chicas grandes para rezar el rosario. Al rato la vimos sentada en un banco de la estación y desde ahí miraba un poco a las vías por donde vendría el rey y otro poco al rosedal donde estaban los hombres montados a caballo, entre los que iba Juan, su marido, y el pequeño Gonzalín con él.      

A mí me dio una envidia bárbara ver a los chicos de Diego de Alvear, que es el colegio que está más cerca y adonde van la mayoría de los varones del pueblo. Andaban todos trepados a los árboles y yo con mi vestido y mis trencitas no podía ni moverme. Menos mal que estaba el primo Luis conmigo, demasiado emocionado porque había venido Lucho también, un ayudante del señor Helsby, que se había instalado a nuestro lado con todo su aparatejo para sacar un daguerrotipo cuando el rey bajara.

Las tinajas que había mandado a poner la gobernación eran el orgullo de mamá. Porque ella había sido una de las vecinas que colaboró para plantar petunias. Había estado preocupada porque las petunias no crecían y por ahí no llegaban a tiempo para la visita del rey. Pero las regó mucho y al final salieron. Menos mal.

─¿De dónde sacó la petunia tu criada? ─le preguntó mamá con mala cara a la de Ochoa cuando la vio a Tomasa repartiendo pastelitos con la flor sobre la oreja.

La otra criada de los Ochoa, Maymara, que siempre andaba mirando las estrellas y hablando sola, tenía sobre la espalda un montón de telares y caminaba de una punta de la estación a la otra. «No vendrá el rey », gritó. Pero nadie le hizo caso porque es vieja y toba, y los indios no saben nada de nada. También había dicho en su momento que el tren no duraría mucho en el pueblo, y sin embargo ya van para tres años que está.   

Después ayudé a mamá a repartir pétalos de rosas en unas canastitas para que cuando el rey bajara lo mojáramos con lluvia roja, decía. Yo no entendí ni papa lo que dijo, pero repartí las canastitas igual para que se me pasara el tiempo, porque no me habían dejado llevar a  Lorenza y el primo Luis no hacía otra cosa que conversar con Lucho y olvidarse así de mi existencia.

─Ya debería haber pasado ─dijo Lucho que tenía preparado su aparatejo sobre una loma para tener la panorámica que quería.

─ Sí ─protestó Luis mirando el reloj que tenía colgado en la cintura y que había sido del tío Alfonso un día. 

─ Ya vendrá ─dijo alguno y Maymara gritó: «Que vendrá es un decir, mi señor, como que será rey un día». Si no fuera que yo sabía que la mujer era toba, me lo creía, de tan convincente que sonó, que es lo que se dice, me contó Luis, cuando parece que el que habla no se equivoca.

  El sol empezaba a bajar cuando el barullo se volvió más silencioso. Juan se había separado de los jinetes y hablaba con mi prima Lucrecia que no dejaba de tocarse la espalda, mientras Gonzalín correteaba por ahí. A Tomasa no le quedaban más pastelitos y los caballos pastaban por el campo, sin sus dueños que ahora se mezclaban entre el gentío. Algunas paisanas estaban sentadas en el piso y un montón de pétalos rojos bailaban al ras del suelo, caídos de las hermosas canastas que habíamos repartido con mamá. Solo los chicos de Diego de Alvear seguían en los árboles, aunque no todos, y ya mirando para otro lado porque ni pistas había del tren del rey.

─ ¿Será que pasará otro día? ─preguntó uno.

─No puede ser, si salió el lunes.

─¿Y si no?

─Voy a telegrafiar a Buenos Aires ─dijo Ochoa, que es el que atiende el telégrafo en el pueblo y hace traer los diarios de Buenos Aires un sábado por mes.    

Lucho empezó a desarmar el daguerrotipo:

─Porque, total ─dijo, como si alguien le hubiera preguntado algo─ sin sol no sirve de nada.

Mamá me soltó las trenzas, pero entonces la tierra empezó a temblar y todos nos dimos cuenta al mismo tiempo. Uno tocó las vías y dijo que vibraban, así que empezó el jolgorio de nuevo y todos volaron a sus puestos. Lo más difícil fue volver a atraer a los caballos, que andaban felices por el campo, pero como todavía el tren no se veía venir, nadie perdió la cabeza por eso y muchos se dispusieron a ayudar a los jinetes.

Algunas mujeres se agacharon a recoger pétalos porque las canastas habían quedado medio vacías y «La lluvia seca le parecerá garúa al rey», aunque este comentario tampoco lo entendí del todo. Para mi desgracia, mamá estaba ajustándome las trenzas de nuevo.

De pronto se escuchó el tuc tuc tuc del tren allá a los lejos, y se vio una humareda acercarse a la estación. Y enseguida se distinguió un punto negro en medio de la humareda y la gatapeluda se volvió más grande y el tuc tuc tuc más ensordecedor. Y alguien empezó a rasgar una guitarra y los de Diego de Alvear cantaron pero a destiempo y cayeron de los árboles como membrillos los días de verano. Y el tren se volvió inmenso y todos se alejaron un paso para darle lugar al rey, y el tuc tuc tuc no paraba y tapaba los cantos y la guitarra. Cuando pasó la curva todos nos extrañamos de que no aminorara la marcha, siendo que el iiiiii de los frenos no se escuchaba y la estación estaba a pocos metros ya. Lucho miraba por el catalejo, aunque ya estaba oscuro, con la esperanza de que pudiera salir el daguerrotipo bien a pesar de todo.

En la locomotora flameaba una bandera verde, roja y blanca, que son los colores de Italia dijo Lucho,  y todos aplaudimos pues esta era la marca de que era el tren del rey y no otro el que llegaba.

Pero el tuc tuc tuc se hizo cada vez más fuerte y el iiiii no se escuchó para nada y el zuuuuuuuum del viento en nuestra cara nos hizo ver claro que la Gatapeluda Real había pasado de largo, dejándonos, para más humillación, en medio de una lluvia de pétalos que las mujeres esperanzadas tiraron justo cuando Lucho hizo clic con su aparatejo traído directo de Buenos Aires. La música cesó de golpe y el silencio se coló por la estación, aunque estaba todo el pueblo allí. Todos con la boca abierta pero sin decir palabra.

─No sé para qué tanta araraca─dijo por fin Maymara─ Si ni siquiera será rey.─Y se fue caminando para lo de Ochoa.  

Ya más de la mitad de la gente se había ido, y mi mamá arrancaba las petunias de las tinajas «para que las coma el Vazquito, así servirán de algo », cuando Lucho mostró el daguerrotipo de la gatapeluda, un poco borrosa, es cierto, sin un rey que bajara para decorar. Entonces tuve la idea: 

─¿Y si le pintamos un rey en el daguerrotipo, quién se va a enterar?

Los pocos que estaban ahí se sonrieron y papá me alzó en brazos, aunque ya estoy grande para eso. Mamá me soltó las trenzas, y nos volvimos a casa.

─No está mal esa idea, no está mal─ dijo Lucho, y yo me sentí importante porque aunque no soy varón ni voy al liceo, y es impensable que viva en Buenos Aires porque qué haríamos con el Vazquito, yo también puedo tener unas ideas geniales.

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