La Morrigan

La abuela de Owen, Nain[1], siempre me había parecido rara. No solo porque hablara en chino (o, bueno, ese otro idioma que tampoco se entiende nada) sino también por ese parecido espeluznante que tenía a la bruja de Blancanieves, un parecido que todos en la escuela ─menos Owen, por supuesto─ encontrábamos.

Cuando la Señorita me puso en el grupo de Owen para hacer el trabajo sobre multiculturalidad y, peor, cuando nos sugirió que la entrevistáramos, me quedé fría; sentí que los pelitos del brazo se me levantaban, igual que cuando salgo del agua de la bañera y quedo con la piel llena de granitos hasta que comienzo a frotarme con la toalla.

─Es un trabajo para la Feria de las Colectividades de la escuela ─le conté a mamá.

 ─Me parece una muy buena idea, Oli, además es una mujer muy dulce y estará encantada…─Estuve a punto de decirle que se equivocaba pero me callé. Owen nos había contado que su abuela sabía cómo echar un maleficio y supuse entonces que tal vez estaba allí escuchando, en una de esas mirándome a través de los ojos de Pelusa, que es mi gato; porque las brujas adoran meterse adentro de los gatos, y eso lo sabe todo el mundo.

─ ¡Pero, Olivia! ─levantó la voz mamá en cuanto me vio pateando a Pelusa afuera del cuarto ─ ¿cómo podés tratarla así? ¿no querés ni un poco a ese animal?

─ Los gatos son asquerosos ─le dije─ . Yo quiero tener un perro. ─Y mamá levantó a Pelusa resoplando, para meterla en su oloroso almohadón. 

La mañana de la entrevista, puse el grabador que me prestó papá en la mochila, la libretita de apuntes que me había comprado mamá especialmente y cuatro lápices negros por las dudas, ya que había perdido el sacapuntas y no podía arriesgarme a que el trabajo me quedara hecho por la mitad ¡a ver si todavía tenía que volver a visitarla!

 Primero pasé a buscar a Fede. Tenía la bicicleta pinchada; quiso llevarme él a mí pero me negué porque no vale que siempre sean los varones los que manejan, qué me importa el tamaño, además la bici era mía. Así que no le quedó otra que acomodarse entre el manubrio y yo para poder seguir viaje. Fuimos callados todo el tiempo, a pesar de ir así tan incómodos, lo que generalmente nos hacía matar de risa. Creo que Federico también sospechaba, como yo, que esta entrevista no terminaría de la mejor manera.

A Owen, en cambio, que nos esperaba con su bici en otra esquina, se lo veía feliz.

─Nain nos hará una torta negra para la merienda. Ya van a ver, es riquísima. Y una especialidad entre los galeses.─Y a nosotros nos daba mucha pena no poder compartir con él el entusiasmo.

La casa de Nain, lejos de lo que pensamos, no nos generó ningún miedo. Tenía un balcón lleno de flores y en el jardín había un montón de enanos simpáticos y gordinflones. De yeso, claro.

─ No son enanos, son duendes ─nos explicó Owen sin aclarar cuál era la diferencia, pero dimos por sentado que la aclaración tenía algo que ver con los galeses; porque de lo único que estaba seguro Owen todo el tiempo era de las cosas que tuvieran que ver con los galeses, sus ancestros. 

Sobre el felpudo de la entrada había un gato negro durmiendo plácidamente, y si no fuera porque Nain abrió la puerta, yo hubiera jurado que era ella convertida en gato.

─Croeso[2], chiquitines ─nos dijo la mujer y yo no pude evitar pensar que hubiera sido mejor que nos maullara.

Sobre la mesa de la cocina había servidas tres tazas de té. Y en el centro, una torta que hubiera jurado que era de chocolate por el color, pero que después comprobé, tenía gustito a turrón.

─Y bien… ¿Quién va a comenzar a preguntar? ─dijo la mujer mirándome fijamente a mí. Sus ojos eran celestes. O violetas. O los dos colores a la vez, como las flores del jacarandá.  Se sacó los anteojos sin dejar de mirarme, y abrió más los ojos, como si hubiera adivinado lo que yo estaba pensando y quisiera mostrarme su mirada bien de cerca: era como si un cardo violeta, o celeste, se le hubiera metido en el centro del ojo, como si hubiera sido capturado para que los demás creyéramos que eran los ojos los dueños del color y no ese cardo. Si hubiera tenido un espejo por allí cerca, habría corrido a mirarme para ver si mis ojos también tenían algún prisionero que los hiciera parecer verdosos. Porque yo tengo ojos verdes y entonces mi cardito debería ser verde también. «O es bruja…», dije en voz alta sin darme cuenta.

─¿Me dices bruja, Olivia? ─preguntó Nain risueña, y yo mi quise morir.

Owen contestó por mí: «Es que yo le conté que sabés hacer maleficios». Nain volvió a calzarse los anteojos, y volvió a mirarme a mí:

─No. No soy yo la que sabe hacer maleficios. Era mi abuela Lizzie, aunque no le sirvió de mucho, porque cuando realmente necesitó lanzar un geis, que no es exactamente un maleficio pero se parece, porque tuvo a la Morrigan frente a sí, se quedó paralizada del espanto. Y el pobre David se murió adentro del barco. 

Me sobresaltó el tic del grabador: Federico acababa de encenderlo y la cinta comenzó a zumbar, y entonces Nain fue ametrallada a preguntas por los tres:

─¿Qué es un geis?

─ ¿qué barco?

─ ¿Quién es David?

─¿Y la Morrigan?

─¿Por qué, paralizada?

Nain nos comenzó a contar, sin respetar el orden ni las preguntas:

─No es fácil dejar la Patria. Mi bisabuelo estaba convencido de que era lo mejor y los demás simplemente lo aceptaron. Y si tenían alguna duda se les despejó cuando David, el hermano mayor de mi abuela Lizzie, llegó con las manos ampolladas de la escuela: había sido castigado por hablar galés. Ellos no tenían ninguna idea del inglés, que era la lengua que el rey de Gran Bretaña les había mandado a hablar. Mi bisabuelo no soportó la idea de renunciar a sus raíces y se fueron todos, los siete integrantes de la familia, con otro centenar de galeses,  para “fundar la Nueva Gales” en América.

─¿Y vinieron para la Argentina? ─preguntó Fede con el grabador en la mano.

─No lo sabían entonces, pero sí.

─¿Y en qué año era…?

Nain se levantó y abrió un armario, sacó un libro muy viejo y empezó a correr las páginas hasta que llegó al señalador: era un papel amarillento, estaba lleno de palabras sin sentido.

─¿Es chino? ─pregunté con inocencia, porque siempre que pensaba en un idioma incomprensible no sé porqué me venía el chino a la cabeza.

─Inglés ─contestó Nain─. Es el boleto de La Mimosa, que era el nombre del barco en el que vinieron.  Mi abuela Lizzie lo tenía guardado entre sus cosas y el enfermero del hospital me lo dio el día en que murió.

─¿Inglés? ─se extrañó Owen─ ¿no era que hablaban galés?

─Sí, pero los boletos los habían comprado en Liverpool y los dueños de La Mimosa sí le hacían caso al rey ─Nain acercó el boleto a sus ojos y leyó─: era el año 1865.

─¿Y cómo fue lo del maleficio? ─volvió a preguntar Federico con el grabador en la mano, ansioso por escuchar lo más interesante de la historia.

─Allá voy, pequeño.  Allá voy… ─contestó Nain y fue lo último que yo escuché. En la ventana que daba al jardín sentí un picoteo y vi un enorme pájaro negro. Se ve que aquel día me impactaban especialmente los ojos, porque no pude evitar detenerme en esa bolita blanca que estaba como apoyada entre tanta pluma.

Me levanté sin prestar ninguna atención a los demás. Una vez en la ventana, me sentí mareada y me pareció que el piso se movía un poco. Abrí el vidrio, el pájaro no se movió. Pero cuando intenté atraparlo, lo vi levantar vuelo y sentí una risa estruendosa a mis espaldas:

─¿Querés atrapar a la Morrigan, Liz? ─la voz no me era familiar para nada. Pensé que Owen estaba impostando una y me volví hacia él, divertida. Pero no lo vi. En cambio sentí que algo sacudió la casa y me caí, todavía mareada. Había oscurecido y estaba más fresco, quise cerrar la ventana pero otra vez sentí que las paredes se movían y volví a caer. Escuché la misma voz:

─Espero que no te dé por matarme…Dicen que la Morrigan te hace crecer un odio dentro de ti, algo que no podés controlar: el espíritu guerrero.

No entendía ni una sola palabra. Logré colgarme del marco de la ventana y de él me sujeté cuando una vez más tembló el suelo. Miré hacia el jardín. Todo era mar. Entonces, volví la vista hacia donde estaba la voz y me encontré con un chico pelirrojo que tenía cierto parecido a Owen. Estaba disfrazado, tenía una especie de boina en la cabeza y unos pantalones bien pegados al cuerpo, que no le llegaban a cubrir la pantorrilla. La camisa que llevaba tenía un cuello cuadrado, era oscura pero con un ribete blanco que también estaba a ambos lados de los pantalones.

─¿Pero qué…? ─pregunté mientras buscaba la cocina de Nain, las tres tazas de té, la torta negra. Nada de eso estaba en la habitación: era muy chica con tres camas en hilera, una encima de la otra. Vi que en la de abajo un bebé dormía. Lo toqué.

─¿Por qué querés despertar a Ian ahora? ¡Mamá va a retarte! ─volvió a hablarme el pelirrojo y lo hacía con tanta naturalidad que me sentí perturbada: ¿era posible que él sí supiera quién era yo? Lo tomé del brazo y me vi los puños llenos de puntillas.

─¿Qué es esto? ─dije, tomándome el vestido a rayas que llevaba puesto, con desesperación. Busqué un espejo pero las paredes estaban vacías. Sólo la ventana, que no me reflejaba para nada. De un tirón me saqué la ropa y me sentí más ridícula que antes. Llevaba puesto también un pantalón con puntillas y una cinta se ataba en mi cintura. Tomé la manta de Ian prestada para taparme, me sentí avergonzada. El chico se tapó los ojos, sin poder contener la risa:

─¿Te volviste loca, Liz? ¿Por qué te quedás en enaguas ahora?

─¿Quién sos? ─pregunté─¿dónde estoy? ¿dónde está Fede y Owen y Nain?

─¿Eh? ─me contestó el otro por primera vez perturbado.

 Salí del cuarto todavía envuelta en la manta del bebé. Hacía frío afuera. El piso de madera sonaba estruendosamente con mis pisadas: toc, tac, tec, según cuál fuera la parte que tocara.  Apoyé mis manos sobre la baranda dorada del barco, ya me había acostumbrado al vaivén de la marea y fijé mi vista sobre las nubes grises que estaban enfrente.

Cerré y abrí los ojos varias veces. Grité: «Owen, Fede», pero lo único que recibí por respuesta fue el eco de mi voz. Entonces me di cuenta, con horror, que esa voz no era la mía, que un montón de sonidos incomprensibles como el croeso que Nain nos había dedicado a la mañana me salían naturalmente y sin embargo yo entendía cada palabra, las pronunciaba como si fuera mi propio idioma el que estuviera hablando. Me mordí los labios para no llorar.

 Sentí un pellizcón en la mano izquierda y con horror comprobé que el enorme pájaro negro había clavado sus patas en mí. Su imagen comenzó a esfumarse, como si se estuviera integrando a la neblina que de a poco se formaba en el horizonte y que ya no me dejaba ver el mar, sino con dificultad.  El pájaro dejó de verse y se volvió una bocanada de humo muy oscuro. Mi mano todavía tenía la marca de su garra: «En los sueños, no puedo sangrar», pensé, y me toqué con espanto esa lava blanduzca y roja que me chorreaba a borbotones.  

Por el llanto, la neblina y el día que se volvía oscuro, dejé de ver la bocanada. Cuando me sequé los ojos, intenté mirar a través de esa niebla grisácea y me pareció que alguien se acercaba. «¿Será el pelirrojo?», me pregunté a mí misma, pero la figura parecía ser bastante más alta que la de aquel chico.

Si no fuera porque no se podía ver a través de ella y yo siempre había creído que los fantasmas son traslúcidos, de seguro habría pensado que aquella mujer era un espectro. Tenía una larga cabellera, negrísima, que se arrastraba hasta el piso como si fuera un tul. Y su rostro blanco me pareció espeluznante, sobre todo porque la luna que se asomaba por detrás no resplandecía tanto como ella. Sus labios estaban pintados de negro…Peor: sus labios eran completamente negros. Y los pechos parecían estar aprisionados en la tela elástica del vestido,  eran como dos melones medianos, blanquecinos, que estaban a punto de zafarse de la piel. Entrecerré los ojos y mirándola así, con mis propias pestañas haciéndome de cortina,  su rostro me pareció cadavérico.

─Noswaith dda ─me dijo la mujer y yo no sé por qué me sentí poderosa─ Ydych chi’n siarad Cymraeg[3]? ─insistió, y me sentí grande, valiente, capaz de todo, a  pesar de que esta temible criatura  había adivinado mi presencia en aquel barco como intrusa.

Un gato negro saltó a la baranda dorada y comenzó a caminar hacia nosotras. Cuando estuvo cerca comenzó a maullar y sorprendentemente comprendí cada sonido:

─ Cuidado, Lizz… Es la Morrigan, no te dejes engatuzar ─Y me causó gracia que justamente el gato usara esta palabra para advertirme del peligro. 

─¿Lizz…?─ comencé a decir, ignorando por completo al espectro aquel que me acechaba, pues algo me decía que estaba comenzando a comprender de qué se trataba toda esta pesadilla ─ ¿Yo soy…?

─Lizzie ─me contestó el gato─ La abuela de Nain. La hermana de David,  Sarah, Anne Marie y el pequeño Ian.─Y por más extraño que me resultó en ese momento, todos esos nombres me sonaron familiares.

Volví la vista hacia la mujer: tenía en sus manos la camisa negra con ribete blanco que  hacía un rato le había visto puesta al pelirrojo.

─¿Qué hace? ─ le pregunté al gato mientras veía a la extraña dama sumergiendo la chaqueta una y otra vez en un fuentón espumoso─ ¿Es que está lavando…?

─Rápido, Liz ¡un Geis! Debes echar un Geis por la vida de tu hermano, David…Si la Morrigan está lavando su camisa…

─¿Y quién es la Morrigan, por Dios? ¿Qué maldita cosa es un geis, podés decirme?

─Una obligación, Lizzie ─me ayudó el gato─. Dila pronto, ¿cuál es la obligación que tendrás por el resto de tu vida, y que tendrá también tu descendencia por los siglos de los siglos? Tiene que ser algo difícil para ti, si no de nada sirve.

─Aprender chino ─murmuré, porque fue lo primero que me vino a la cabeza cuando escuché la palabra “difícil”.

─Y una prohibición, mi niña. Una prohibición ahora ¿qué cosa no volverás a hacer en tu vida, ni hará tu descendencia, por los siglos de los siglos? De nuevo, algo que te cueste esfuerzo, verdadero esfuerzo.

─Pelearme por conducir ─contesté─ Dejaré de pelearme por conducir. Peor:  dejaré que conduzcan siempre los varones. ─Y me escuché a mí misma diciendo un montón de palabras que cada vez se me volvían más y más extrañas.  

Todo alrededor se desvaneció. A diferencia de la primera vez, esta vuelta pude darme cuenta de que me estaba moviendo, un torbellino de colores rugía desde todos los ángulos y yo estaba allí, en el medio, absorbida por un viento huracanado que atrás dejaba a la Morrigan, al pelirrojo, que ya había comprendido que era David, a La Mimosa, a mí misma vestida de la abuela Lizzie y a un geis que no terminaba de comprender.

─Hey, Oli, despertate… ─Owen me sacudía el brazo─ ¡No hiciste ni una pregunta! Al final, no sé para qué trajiste tantos lápices si es que ibas a echarte esta siesta en medio de la mesa.

Me sentí aliviada de que todo hubiera sido un sueño. Más cuando tomé el manubrio de la bicicleta para volver a casa sin que ninguna fuerza maligna me lo impidiera. Owen se había quedado con su abuela, lo que nos permitió a Federico y  a mí hablar con total libertad todo el camino:

─Ya no me parece peligrosa Nain, Oli ¿a vos qué te pareció? ─me preguntó Federico. 

─¿Qué cosa es un geis? ─le pregunté yo sin responderle a él.

─Un maleficio que dice que tuvo que hacer su abuela Lizzie para que David no muriera en el barco.

─Si dijo que se murió, que no pudo hacer el geis su abuela, que se había quedado paralizada ─lo corregí, recordando la primera parte de la entrevista en la que sí había estado presente.

─No, el que se murió fue Ian.

Me quedé helada. Ese era el nombre del bebé de mi sueño, al que yo le había arrancado su mantita.

─A la abuela de Nain se le apareció La Morrigan─ continuó Fede─ que  es una diosa celta, la diosa de la muerte, y dicen que cuando lava la ropa de una persona, esa persona se muere ¿vos lo creés?

─¿Es una mujer linda? ─pregunté con el corazón acelerado, otra vez sin responderle a Federico.

─Ajá, y cuando está cerca uno se siente con un poder incontrolable. Pero no es fácil verla, porque se puede convertir en cualquier cosa, aunque casi siempre llega en forma de cuervo.

Paré la bicicleta de golpe. Federico estaba tan ensimismado con su relato que no protestó:

─A la Morrigan le encanta cuando alguien tiene valor y demuestra fortaleza: no hay nada que demuestre más valor que hacer un geis sobre uno mismo. Y cuando uno hace un geis sobre uno, tiene que definir qué cosa no podrá hacer nunca más en su vida y qué otra cosa hará una y otra vez, por el resto de su existencia.

─¿y qué cosa prometió…?

─Secreto milenario. Nadie sabe. La cosa es que La Morrigan estaba lavando una camisa de su hermano mayor, David, cuando la abuela de Nain la vio en cubierta. No sabe cómo tuvo fuerzas para espantarla con un geis; la diosa soltó la camisa y entonces el chico se salvó. Pero no el chiquito.

─Bueno, se pudo haber muerto de otra cosa, la señorita dijo que antes la gente se moría más que ahora, y mucho más los bebés.─objeté yo.

─Es que encontraron su mantita en cubierta, mojada y con olor a rosas. Espeluznante ¿no?

Retomé la marcha de la bici. Yo no pude contestarle a Fede pero las manos de la Morrigan una y otra vez sumergiendo la camisa negra con ribetes blancos en el fuentón espumoso, el rostro cadavérico de la mujer y sus labios negros, la cabeza pelirroja de David, el gato que me ayudó a hacer un geis aunque yo no tuviera ninguna idea, la manta arrebatada a Ian que evidentemente había dejado yo al alcance de aquel ser del demonio, volvieron a mí como si aquello no hubiera sido un sueño después de todo. Mi mirada cayó sobre mi mano izquierda que estaba aferrada en el manubrio: la sangre me chorreaba a borbotones. Pensaba en las garras del pájaro maldito que me había abierto aquella herida, cuando Fede me volvió a la realidad de nuestro diálogo:

─Se ve que es una costumbre de la familia de Owen la de hablar en chino, ¿viste qué raro? Owen no sabe galés, que es la lengua de sus ancestros, pero lo mandan a aprender chino. ─Otra vez los pelitos del brazo se me levantaron, igual que cuando salgo de la bañadera.      

            Cuando llegué a casa, levanté a Pelusa y le acaricié el hocico. Mamá y papá estaban en la cocina.

            ─¿Cómo te fue con la entrevista, Oli? ─la voz de mamá se alejó un poco cuando yo cerraba la puerta de mi cuarto, aunque era posible seguir escuchándolos porque mi cuarto y la cocina comparten la pared del lado sur.

            ─Por ahí no te escuchó ─le dijo papá.

            ─¿Vos viste cómo acarició a Pelusa?

            ─Estará creciendo, ¿a quién era que iba a entrevistar?

            ─A la abuela de Owen, la galesa.

            ─Son raros los galeses.

            ─No digas así, que justamente para eso es el trabajo: para aceptar diferencias.

            ─Pero son raros, Ana, mirá que devolver el auto que se ganó en la rifa esa familia justo cuando el padre del chico se les muere.

            ─No seas así, la mamá de Owen no sabía manejar…

            ─Que aprenda, si hay escuelas por todos lados.

            ─ Las dos hermanas de ella son iguales: si no maneja un hombre, no se suben. Será cultural supongo.

            ─Será, pero no deja de parecerme raro.

            Hasta ese día, nunca había sentido culpa. Me puse una venda en la mano y la radio a todo lo que da para no seguir escuchando a mis papás. Pelusa raspó la puerta de mi cuarto y yo la llevé a upa hasta mi cama; mientras le hacía cosquillas en la panza, pensaba en el modo de volver a ver a Nain. Si yo había puesto una maldición sobre todas las mujeres de la familia de Owen, tenía que revertirla. Tenía que salvar a Ian sobre todo, volver al barco, a ver esa mujer una vez más, a hacer un nuevo geis, pero ¿cómo? Y entonces Pelusa, para mi sorpresa, comenzó a maullar.     

           

 

  

 

 

 


[1] abuela en galés

[2] En idioma galés, bienvenidos.

[3] Buenas noches, ¿hablas galés?

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2 comentarios en “La Morrigan

  1. Profe! muchas gracias por dejarme su comentario en mi nuevo blog! Para mí es muy importante contar con las palabras y la enseñanza de personas que están involucradas con pasión en este mundo tan maravilloso de la comunicación y que esas personas nos incentiven.

    Ledebo la lectura de este texto, porque los parciales me apuran jajaja.

    Hasta la próxima

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