Amigo en colores

La navidad de Juanito Laguna, 1961

La navidad de Juanito Laguna, 1961

Antes de que ocurriera aquel hecho inusitado, la vida de Alejandro solía ser terriblemente aburrida. No porque le faltaran juguetes, los tenía de a miles. Y tampoco porque le sobrara demasiado el tiempo: además de los cursos de siempre (inglés, natación, esgrima, volley, básquet, piano y computación), a su madre se le había ocurrido la genial idea de anotarlo en la misma escuela de arte adonde ella concurría tres veces por semana ¡Qué fastidio! Así era imposible para Alejandro estrenar los miles y miles de juguetes que se apilaban en los cinco canastos, semana a semana. Mucho menos podía pensar en invitar a un amigo, pues en la Saint Patrick School todos los niños estaban tan ocupados como él. Para colmo de males, Teresita había recibido la orden estricta de su abuela Pilar de mantener los juguetes más bonitos fuera de su alcance para que no se dañaran; y en los pocos momentos libres que tenía el pobre Alejandro debía conformarse con la pista de autos de tres pisos de industria nacional, que le habían regalado en su último cumpleaños, cuando alcanzó los nueve. Pero, por suerte, a su madre se le ocurrió comprar el cuadro. – ¿Te volviste loca, Marcela? ¿Cómo vas a gastarte todos nuestros ahorros en un cuadro? – No es cualquier cuadro, Gerardo. Es un Berni. Un auténtico Berni, y casi no lo consigo porque el menor de los Urguizaga parecía dispuesto a ofertar hasta el infinito. – Ya lo veo y entonces te lo trajiste vos porque… – ¡Porque ese Berni tenía que ser nuestro, Gerard! Es el futuro de tu hijo. Así quedemos un día en la ruina más absoluta, Dios no lo permita, Alejandrito podrá estudiar en Harvard como planeamos desde que nació… ¡Y eso también! Alejandro ya tenía comprado su futuro; y su mamá se lo recordaba cada vez que tapaba el poster del hombre araña con esa H gigante de tela afelpada y los doscientos banderines bordó. “¿qué cosa es la Universidad, Teresita? ¿Y por qué el banderín tiene una H y no una U?”, le había preguntado el pobre Alejandro infinidad de veces a la mucama. Y Teresita siempre le contestaba: “Es cosa de ricos nomás; pregúntale a tu madre” pero Alejandro nunca le preguntaba porque la veía muy poco- ella también hacía un montón de cosas como él- y a la hora de la cena estaba tan pero tan cansado que ni ganas tenía de ponerse a hablar. La cuestión es que el Berni fue a parar al centro de la sala. – Tenemos que llamar al pintor, Gerardo, de una vez por todas ¿notás cómo se está desquebrajando la pared? – Ponele el Berni encima, Marcela, con lo que gastaste en esa subasta del demonio no estoy en condiciones de llamar a ningún pintor. Alejandro pensó que el cuadro era bastante feo. La abuela tenía la cara atravesada por un montón de rayas ¡parecía una cebra! y el papá tenía la piel de color azul. A Alejandro se le ocurrió que debía estar descompuesto del estómago, porque una vez su mamá le había dicho al pediatra que la cara de Alejandro se había puesto azul de tanto vomitar y aunque a Alejandro no le pareció cuando se vio al espejo, supuso que los espejos no podían reflejar los colores del dolor de panza. Pero los cuadros sí, evidentemente, porque no solo el papá de Juanito tenía la cara completamente azul, sino también su hermana. Los tres hijos varones, Juanito inclusive, tenían un color de piel más o menos moreno como el de Teresita, pero Alejandro no podía ver muy bien los rasgos de la cara porque el lugar donde estaba reunida la familia era más bien oscuro. En definitiva, pensó, el único que tenía un color más o menos normal era el bebé que chupaba de la teta amarilla y elástica como un chicle, de la madre. Alejandro tardó unos días en darse cuenta de que en el cuadro también había un perro. Era mucho más bonito que Danger, el rottweiler que la abuela Pilar le había comprado para su cumpleaños número siete. Por lo menos, Juanito podía acercarle la mano a la boca. “Ese bicho sería más amistoso si lo dejaran entrar en la casa” le había dicho un día Teresita a Alejandro, porque Danger tenía su cucha en el fondo y andaba todo el tiempo encadenado. “No es maldad, Alejandro, ¿qué querés, que se caiga a la pileta el pobre?”, le había explicado un día su mamá, y entonces Alejandro dejó de preguntarle si podía soltarlo un rato. Además, Danger se había vuelto un poco agresivo en los últimos meses y a Alejandro ya le daba un poco de miedo verlo corretear libre por el parque. En fin, dos o tres días después de haber descubierto el perro que estaba como perdido en el cuadro, cuando Alejandro estaba disfrutando de las vacaciones de invierno que en definitiva le daban un poco de respiro entre tanta actividad, escuchó la voz de Juanito por primera vez: – ¡Chist, nene! Acá, nene… Necesito que me des una mano ¿dale? Alejandro lo primero que hizo fue mirar por la ventana, pero no vio a nadie. Después le preguntó a Teresita si era ella la que había hablado, pero se dio cuenta enseguida de que Teresita no estaba en la casa. Era martes y su mamá estaba haciendo pilates; eran las cinco de la tarde y su papá no volvía de la oficina sino hasta después de las ocho. Danger estaba en el fondo, además Alejandro tenía entendido que los perros no podían hablar, así que… -¡Chist! ¡Nene! ¿Me vas a ayudar o no? Del susto, Alejandro dio con la cola en el piso. Desde el suelo, miró el sillón, el puf, la mesita ratona, la lámpara de pie, el piano: nada. Recién cuando Juanito volvió a insistir, se le ocurrió ver el cuadro. Notó que la mano de Juanito ya no estaba cerca de la boca del perro y que en cambio casi lo señalaba. Se acercó despacio, se acordó del día aquel cuando lo pisaron en la pista de hielo pues la piernas le temblaron igual, como si ahora mismo le estuvieran poniendo el yeso una vez más. Su propio corazón lo hizo pensar en el ruido infernal que había sentido en el subte, el día que acompañó a su mamá a buscar el auto que estaba en el chapista: “Es una inmundicia, Gerard, te juro que nunca más…nunca más… La próxima vez me tomo un taxi ¡tenías que verle la cara a Alejandrito, estaba muerto de miedo, con tanto ciruja alrededor!” Pero el susto de Alejandro, había tenido que ver con otra cosa: ¿es que allí, en el mundo subterráneo, vivía alguna especie de dinosaurio feroz, un gigante, un monstruo, un dragón que echara fuego por la boca? Tuc-tuc, tuc-tuc, tuc-tuc había hecho el corazón de aquella bestia invisible; igual que el de Alejandro ahora, cuando acababa de darse cuenta de que la vocesita venía de aquel cuadro feo que había comprado su mamá. – Ayudame, ¿querés? Tirá un poquito de este dedo que ya lo tengo afuera- y Alejandro apoyó la palma de la mano sobre el cuadro. Efectivamente, uno de los dedos de Juanito había logrado levantarse y por debajo se podía tocar la arpillera sobre la que esta estampada la imagen. El dedo parecía una lengüita, como la que Danger tenía el día que su abuela Pilar lo había traído adentro de una caja. Bueno, tal vez era un poquito más chica, claro, pero Alejandro se acordó de la lengua apenas vio el dedito de Juanito colgando de aquel cuadro, porque la lengua de Danger se caía de la misma manera, como si fuera a salirse de la boca. – Tirá un poquito…¿querés?- volvió a insistir el chico del cuadro. Alejandro tuvo que subirse arriba del sillón para poder agarrar el dedito. Apenas lo pudo atrapar con el índice y el pulgar. El primer tirón fue todo un fracaso ¡el dedo de le resbaló y allá quedó en el cuadro, colgando como la lengua de Danger, el día que su abuela lo había traído a casa! El segundo intento no salió mejor. Ni el tercero. Ni el cuarto. – Es que tu dedo es muy chiquito- le explicó Alejandro al dibujo que aunque nunca había tenido una cara demasiado alegre, ahora se lo notaba definitivamente fastidiado. – O vos tenés unos dedos demasiado gordos, ¿no? Alejandro se dio media vuelta y saltó del sillón al piso, y así de espaldas a Juanito atravesó la enorme puerta que estaba frente al cuadro. – ¡Esperá, nene, no te enojes! Probá un poquito más, no me vas a dejar así… Pero Alejandro no se había enojado. Todo lo contrario, acababa de tener una idea super genial. – ¿Y eso?- preguntó el dibujo cuando sintió esas enormes tenazas sobre su dedito blanduzco. – Es una pinza de depilar ¿Cómo te llamás?- le preguntó Alejandro a Juanito para ayudarlo a pensar en otra cosa, igual que había hecho el enfermero con él, el día que le habían puesto el yeso. El primer tirón debió ser doloroso, pensó Alejandro, porque sintió que algo se desgarraba y vio como Juanito se mordía los labios. Sin embargo, una vez que llegó al codo fue más fácil, igual que cuando lograba despegar la punta de las figuritas de los Power: siempre le quedaba la puntita toda machucada, pero una vez que lograba desprenderse del pegote, la figurita salía divina. Igual que Juanito ahora, el dedo todo machucado pero el resto muy en condiciones. -¿Qué sos?- le preguntó Alejandro una vez que estuvo abajo. – Ya te dije, me llamo Juanito Laguna. – Sí, sí, ya sé…pero, ¿qué cosa sos? – No soy ninguna cosa, soy un chico. – Bueno, sí, pero no un chico como yo. – Ah, claro, no; yo soy un chico pobre. – No quiero decir eso, Juanito. Quiero decir que…Mirá tu tamaño. -¿Qué tiene? Mirá el tuyo. – El mío no tiene nada, es bien normal. – Ja ja, ¿normal? ¡Si sos un gigantón! – No soy un gigantón… Más bien vos sos un pigmeo Pero como Juanito no tenía idea de lo que era un pigmeo, no se ofendió para nada y comenzó a caminar. – Qué raro caminás- le dijo Alejandro cuando vio que el dibujo no podía flexionar las piernas- Parecés un robot. Juanito se miró y lo miró a Alejandro. Después le pidió que le mostrara cómo caminar. – Así, ¿ves?- le dijo Alejandro- doy un paso hacia delante, doblo un poco la pierna de atrás y…- pero entonces se volvió a sentir un desgarro. Alejandro vio un montón de arenilla azulina justo debajo de Juanito: “¿y esto qué es?”, le preguntó. – Parece que mi pantalón, si doblo las piernas como vos decís se me cae la pintura. – Bueno, ya te va a crecer de nuevo. A mí el año pasado se me cayó la piel por el sol del verano y después me volvió a crecer. No pasa nada. – Prefiero no hacer la prueba- contestó Juanito y volvió a caminar como un robot. Alejandro volvió a mirar el cuadro: “¿ese es tu papá? ¿Qué cosa comió que le cayó tan mal?” – No, no es mi papá de verdad. Mi papá se llama Antonio y es un gigantón igual que vos. Él le pintó a mi papá adoptivo la cara de azul, no sé por qué. – ¿Y qué están haciendo en la mesa? Parecen muy tristes. – No, estamos muy contentos, ¿no se nota? Es navidad. – ¿Navidad? ¿y el arbolito, y los regalos? – Ahí está el arbolito, ¿no lo ves? – Alejandro miró el pinito minúsculo en el centro de la mesa- y de regalo están el pan dulce y la coca cola. Alejandro se río: “esos no son regalos”, pero Juanito no le llevó el apunte. – ¿Siempre salís del cuadro? – A veces, cuando me aburro. – ¿Y después podés entrar fácil? – Me cuesta un poco pegarme del todo, siempre me queda alguna parte colgando. – ¿Y los demás no salen? – No – ¿y por qué no? – Mirá que sos curioso, gigantón ¡Yo qué sé por qué no salen! ¿No hay otros cuadros en la casa? Me gustaría visitar a algún Juanito. – ¿Qué? ¿Hay más Juanitos? – Somos como mil. A mi papá le gusta el nombre, se ve: La navidad de Juanito Laguna, Juanito Laguna pescando, El carnaval de Juanito Laguna…Los únicos que salimos de los cuadros somos los Juanitos. No sé porqué. Pero es divertido, porque entonces jugamos. Esta galería de arte es rara, hay un solo cuadro. – No es una galería de arte. Es mi casa. – ¿No hay más cuadros?- volvió a insistir Juanito, preocupado. – Si, en el fondo, en el taller de mamá, ¡vení!- pero al pobre Juanito le costaba muchísimo caminar, así que Alejandro lo puso en la palma de su mano y lo llevó. Pero quiso su desgraciada suerte que se le perdiera en el camino y quedara justo cerca del hocico poco amigable de Danger. – Grrr- escuchaba Juanito, muerto de miedo, mientras el perro lo miraba fijamente con desconfianza. Alejandro estaba ya en la puerta del taller de su madre, mirando para todos lados pues se acababa de dar cuenta de que había perdido al pobre Juanito en el camino. Danger le puso una pata encima y Juanito sintió cómo se le desquebrajaba la pintura. Por suerte, los perros olfatean mejor de lo que ven y así maltrecho Juanito se fue arrastrando poco a poco hasta donde había una fila interminable de hormigas. Una de ellas lo recogió y lo puso sobre su cola, otras dos la ayudaron porque Juanito era chiquito pero no para tanto. Y así llegó al taller, que era donde estaba el hormiguero. Para Alejandro fue fácil distinguirlo entre todas las minúsculas hojitas. Cuando lo levantó volvió a volar una arenilla, pero ya no era solamente azulina sino también verdosa. -¿Y el dedo?- le preguntó Alejandro cuando vio que su amigo había perdido el trocito machucado. A Juanito se le puso la cara mucho más triste de lo que ya la tenía y comenzó a llorar desconsoladamente. En cuanto las lágrimas se le metieron entre las grietas que tenía en el cuerpo, la pintura volvió a fundirse y mágicamente desaparecieron las roturas. Aunque los colores le quedaron bastante más pálidos que antes. Alejandro abrió la puerta del taller y fue directo a la caja de pinturas. Acababa de tener una idea grandiosa. – ¿Qué sos, de pintura acrílica?- preguntó al tiempo que abría la caja. – De óleo- dijo Juanito, apoyando su otra mano sobre un pincel. – Genial, óleo…Ponete en el atril- pero cuando levantó la vista vio con horror cómo Juanito iba desapareciendo – ¿Pero qué…? Juanito se miró y comenzó a llorar de nuevo, pero como ya los colores estaban fundidos comenzó a chorrear por todos lados. – No llorés más. Vas a desaparecer- observó Alejandro. Se quedó pensativo un rato, recordando su clase de pintura. Olió el pincel- ¡aguarrás! ¡Esto es!- lo levantó enseguida y lo puso sobre el atril- Yo te voy a arreglar, Juanito. El aguarrás te borra ¿sabés? Tenés que alejarte de él. Dos horas después, Juanito estaba listo. Tenía las mejillas sonrosadas y una enorme sonrisa en el rostro. El dedo le había quedado muy bien, la verdad, aunque demasiado grande quizá. Con cuidado, Alejandro volvió a poner a su amigo sobre el cuadro. Tuvo que apretarlo un rato con la palma de su mano, para que nada le quedara colgando. En su casa nunca nadie se había detenido a ver el cuadro en profundidad, les bastaba con saber que era un auténtico Berni y que con él se aseguraban el futuro de Alejandrito en la universidad. Salvo una vez, en navidad. Su papá había observado: “Para ser un pobre chico, ese Juanito Laguna es bastante rico ¡Mirá ese enorme árbol de navidad, y el pollo y los budines y los turrones y las nueces!” Por suerte, nadie le dio mayor importancia y Alejandro cada tanto pudo obsequiarle algo a su amiguito. Después de todo, gracias a él había dejado de ser un pobre chico rico ¡por fin había encontrado un amigo de verdad!

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