La bella escultora

Natasha llegó al palacio en medio de una tormenta de nieve. Caminó unos pasos por el sendero principal pero el graznido de unos gansos la entretuvo:
─Buscan el calor de la cocina ─le explicó el ama de llaves, señalando el humo de la chimenea que daba a esa parte del jardín.
Hacía tanto frío que, aun dentro del palacio, Natasha se dejó el echarpe. Los doce sirvientes que allí estaban sólo pudieron ver sus enormes ojos, bellos y cristalinos, asomando por encima de aquel montón de lana.
Un gentilhombre subió a avisarle al zar:
─Ha llegado su futura esposa, Majestad.
─¿Es bella? ─preguntó él, y sin esperar respuesta bajó con sus mejores galas a recibirla. Enseguida se sintió embelezado por sus ojos, pero entonces Natasha se quitó su chal.
Doce suspiros lanzaron los doce sirvientes, justo antes de que el zar hablara:
─¿Cómo es posible que tengas esas marcas en el rostro? ¡Dime!
─Ah─ contestó ella, risueña─. La peste intentó matarme, pero fui más fuerte: apenas me dejó estas heridas–bromeó.
Al zar no le hizo gracia: la tomó de sirvienta y declaró la guerra al padre de Natasha, por engañador.
Pero quiso la suerte que unos meses después, el propio zar se enfermara. Y en cuanto su cuerpo se cubrió de manchas, todos los sirvientes huyeron despavoridos. Sólo Natasha se quedó con él.
Jamás lo dejó solo. Cuando ya no quedaron más leños en la cocina, Natasha calentó la sopa en el hogar del dormitorio. Se la llevó a la boca cuando el zar no tuvo fuerzas de sostener la cuchara. Le mojó los labios cuando la fiebre más lo consumía. Lo arropó cuando lo vio temblar de frío, y le secó el sudor cuando el calor lo asfixiaba. Y un día el zar se mejoró.
Natasha abrió las ventanas de su dormitorio y él, al ver el jardín que en otros tiempos se poblaba de gansos, le dijo:
─Hasta las aves me abandonaron.
Natasha no contestó pero al otro día lo invitó a caminar por el jardín. La vio pisar, divertida, la alfombra de nieve. La vio cerrar los ojos cuando el viento le golpeó la cara. Y la escuchó reír, como si aquello hubiera sido una caricia del invierno. Y entonces vio los gansos, que esculpidos en hielo por la mano divina de Natasha, volvieron a poblarle su jardín.
El zar volvió a mirar a la dulce escultora. Le acarició el cabello y le besó, una a una, las marcas de su rostro.
─¡Qué bella eres, mi bien! ─le dijo, enamorado─ ¡Y yo no lo sabía!

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