Mi amigo Martín Fierro

Martín Fierro por el querido Fontanarrosa

Imagine, compadre, mi sorpresa
ver que un gaucho como yo
que no comprende las letras
se ha vuelto, así, tan famoso
en mi tierra y en la ajena
tan solo por ir cantando
por el mundo su gran pena…

Figúrese que hace tiempo
que Martín Fierro es mi amigo
pues trabajábamos juntos
en unos campos vecinos
Nunca fui como el tal Cruz
(al que quiso más que al vino)
pero hemos sido compadres
y nos tomamos cariño…
y, sí, yo estaba con él
cuando una tarde el destino
quiso que un juez bien vestido
nos llevara a la frontera
a pelearnos con los indios.

Y allí empezaron los males,
toditos en la frontera:
andábamos andrajosos,
casi desnudos, piojosos
y aunque siempre prometían
que nos iban a pagar
ya se imagina, compadre,
que no nos daban ni pan…
Fue Martín Fierro el primero
en marcarnos el camino:
se escapó una madrugada
y el coronel, engreído,
como no pudo con él,
¡nos castigó, enfurecido!

Ah, ya no supe más nada
de mi amigo Martín Fierro
hasta aquel día, compadre,
recién llegaba el invierno…
Yo estaba en la pulpería
charlando con el pulpero
cuando lo vi aparecerse,
como un fantasma malevo.

Y ahí, cantando bajito,
me fue contando su vida
de cómo buscó su rancho
tiempo después de la huída.
Tres años había pasado
conmigo allá en la frontera
Tres años sin ver sus hijos
su rancho ni su morena
Y allá volvió tan contento
montado a toda carrera
¡Mas donde estaba su rancho
tan solo halló una tapera!

Bien triste se fue a un bailongo
pero con tan mala suerte
que se agarró con un negro
¡y al pobre lo hirió de muerte!
Tan triste, tan indignado,
tan amargado y doliente
andaba así por la vida
que pronto cargó otra muerte…

¡Ay, pobre gaucho matrero,
desertor y matador!
Lo persiguió la justicia,
sin pausa, de sol a sol!
Pero Dios quiso que el día
que la justicia lo halló
Artemio Cruz comandara
aquella persecución:
Martín Fierro no soltaba
su poncho ni su facón
aunque ya estaba rodeado
sin chance ni salvación.
Peleó como un condenado,
¡oh, sí, con tanto valor!
que Artemio Cruz se espantaba
de ser su perseguidor…
Y así, sin causa ni origen,
Artemio Cruz se pasó
del lado de Martín Fierro
¡contra los suyos peleó!

Los dos amigos se escapan
hacia el inmenso desierto
pero un malón los captura
Figúrese qué tormento.
Allá los indios se enferman
muy pronto de la viruela
Artemio Cruz se contagia
¡tiene una fiebre que quema!
¡Ay, el pobre Martín Fierro
casi se muere de pena!
Artemio Cruz se va al cielo,
¡con qué tristeza lo entierra!

Entre los indios encuentra
una mujer que es cautiva
y Martín Fierro la ayuda:
con ella emprende la huída.

Y llega a una población
¡encuentra dos de sus hijos!
Y al pequeño Picardía,
hijo de Cruz, según dijo…
Les da unos cuantos consejos,
todos se cuentan su vida
pero un moreno allá lejos
interrumpe la alegría:
“Soy el hermano de aquel
que mataste en otro tiempo,
si eres cantor payaremos
por el honor de mi muerto”
¡ay, pobrecito, el moreno
cómo perdió la payada!
Se retiró calladito,
sin poder agregar nada!

¡Oh, sí! que fue un amigazo
ése que ahora es famoso
pero no entiendo, compadre,
qué es lo que ven de grandioso
Si fuera un gaucho pudiente,
rico, educado o dichoso
¡todavía!… Pero, mire,
que para gauchos quejosos,
incultos o desdichados
¡Estamos todos nosotros!

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