Carey: La eterna fugitiva

En la región más austral del planeta, allí donde las nieves son eternas y las aguas gélidas, Carey vio venir desde el horizonte una enorme embarcación que avanzaba con la velocidad de una foca, resquebrajando la fina capa de hielo que en verano cubría el océano. Vio bajar de esa embarcación a un hombre joven, cubierto con pieles coloridas, y Carey pensó que era un cazador: la única criatura que conocía con tan vivos colores era el arcoíris, y se imaginó a aquel hombre, solo, despellejando sus  tonos como si se tratase de un simple guanaco.

            Deslumbrada por esta primera visión, Carey se dejó llevar por aquel desconocido, y convenció ella misma a su familia para que aceptara la paga que él estaba dispuesto a dar por ella: así, con una sonrisa socarrona en sus labios, el hombre se arrancó el último botón de su saco y lo tiró a los pies de la familia.

            ─¡Todo un botón por esta esclava! ─se burló, tomando a Carey por la cintura con total descaro─ ¡Pueden quedarse con el vuelto! 

            Sus padres y hermanos, extasiados por aquella piedra misteriosa, ni siquiera la vieron partir: Carey mantuvo, sin embargo, la mirada fija en la playa mientras el enorme barco la arrancaba de su tierra y de su gente. Durante muchos días estuvo así, sin moverse de la popa, aun cuando su playa se volvió invisible a la distancia. Por un tiempo, la cola de alguna ballena, la trompa de un lobo marino, el canto breve y potente de los albatros le bastaron para creer que todavía no había abandonado su hogar.

            Pero el viaje se hizo más y más largo, y muy pronto el océano también se volvió extraño. Carey conoció el calor y sintió desfallecer cuando el sol caribeño le besó la frente, poco después de haber visto por primera vez un manatí braceando cerca del barco.  

            ─¡Muévete! ─le gritaba su carcelero, convencido de que Carey le pertenecía─ ¡Limpia la cubierta! ¡Lava mis ropas! ¡Hazme la comida!

            Y Carey cumplía. Silenciosa, avergonzada, triste pero cumplía.  Siempre esperando que las aguas la llevaran  de vuelta a su familia, a sus caminos angostos y escarchados, a las nieves eternas de sus montes; allá donde no sentía los latigazos del sol ni siquiera en los días estivales.  

            Pero un día se acabaron las provisiones y Carey tuvo que sumergirse en el océano. Al principio nadó temerosa, como si aquellas aguas fuesen una prolongación de la celda flotante en la que vivía desde hacía meses. Sin embargo, el mar enseguida la cobijó. Todo era nuevo, es cierto, pero en el recuerdo de sus tierras encontró el alivio: los corales le parecieron un bosque, que en miniatura, se desplegaba en el mar solo para ella; los erizos, los cardos que en primavera flotaban arrastrados por el poder titánico del viento; las lisas, las ostras, los camarones, todo ellos familiares directos de sus truchas, sus almejas, sus centollas.

            ─¿Qué es lo que esperas? ¡Tengo hambre! ─le gritó su carcelero desde el barco. Y Carey salió con varias docenas de mejillones que les servirían de cena.

            Estaba rociando el primero en limón cuando el hombre irrumpió en la cocina del barco,  maldiciendo:

            ─¿Quién te ha mandado a hacer esto? ¡Me gustan con sabor a mar!  ─y de un empujón la sentó en el piso.

            Carey, con lágrimas en los ojos, lo vio salir con la torre de mejillones. Sólo había dejado uno sobre la mesa, olvidado bajo la pulpa del limón. Y aquello fue lo que Carey cenó. 

            A los pocos días el hombre se enfermó. Carey lo supo en cuanto lo vio vagando por la cubierta, sosteniéndose el estómago y arrastrando sus pasos. Lo vio vomitar por la borda y un instante después, caer sobre sus piernas, postrado. Como si sus miembros se hubieran congelado allí se quedó inmóvil durante horas. El aire comenzó a sentirse fétido.

            ─¿Qué me diste? ─había llegado a decir, agonizante, antes de quedar sumido en el más absoluto silencio.  Sus ricas ropas estaban empapadas en un agua blanquecina y putrefacta y sus manos ajadas como las de un hombre anciano.

             Carey le dio las gracias al mar. Miró una vez más a aquel cazador extraordinario, que era ahora una débil criatura luchando contra la muerte; y se arrojó al océano. Nadó. Durante horas y horas nadó. Tanto fue su ahínco y su paciencia para alejarse de aquel barco que pronto sus brazos y sus piernas se convirtieron en aletas y un enorme caparazón ambarino se formó sobre su espalda, dándole cobijo y protegiéndola de los depredadores del mar. Dicen que desde entonces las tortugas de Carey escapan: temen que los cazadores inescrupulosos las obliguen a vivir en cautiverio, como si su vida pudiera reducirse al valor de un simple botón.

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3 comentarios en “Carey: La eterna fugitiva

  1. ¡ Cuántos Carey que necesitamos en el mundo para comprender que…una vida se construye paso a paso!
    Y los cazadores, tarde o temprano, caen en su misma trampa: ambición, soberbia,vanidad; máscaras que se quiebran frente a la aceptación de la vida, humildad, sencillez.

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