El secreto del Monte Sapo

El mismo Dioges construyó el altar. Mientras lo hacía, miraba de reojo a Junia que ─en cambio─ no bajaba la vista para nada. Sus ojos penetrantes, insistentes, lo buscaban y habría estado así toda la tarde si no fuera por Livia, que con tanta dulzura como rectitud se vio en la necesidad de increparla:
─¡Niña, ya basta con Dioges! Si tu padre te viera mirándolo así…
─¡Sabría que nos amamos!
─¡Y él recibiría seiscientos azotes! ¡Es un esclavo, Junia, igual que yo!
─¡No lo son para mí, Livia! ¡No tengo nada que ver con las infamias de mi padre, por más que se encapriche en convertirme en lo que él es! Para mí eres tan libre como yo. Y Dioges, digno de ser amado.
Era lógico que Junia pensara así: había crecido en casa de los esclavos. Su madre había muerto en el parto y su padre, demasiado ocupado con sus viajes a Oriente, no tenía entonces ni tiempo ni interés de criarla. Así su pensamiento creció libre, suelto de las ataduras que sin duda habrían ajustado una educación que nunca recibió. O, al menos, que no recibió a tiempo. Livia era su hermana; así lo sentía en su corazón. Y Dioges…Dioges, la única razón de su existencia.
Pero el tiempo pasó y su padre empezó a envejecer. Su padre, dueño de trescientos esclavos, del domus más opulento de toda Roma, de la tienda de telas más exquisita que abría sólo para la nobleza y el ejército imperial. Su padre, el eterno viajero. El desconocido. El hombre que olvidó de pronto quince años de ausencia y pretendió doblegarla, exigiéndole ser lo que no era: una joven elegante, instruida, con porte delicado y el gesto orgulloso de los patricios que no miran con desdén a sus sirvientes, simplemente porque ni siquiera los ven.
Junia estaba en edad casadera y si conseguía encontrarle un marido igualmente rico y poderoso como él, ya no habría que ocuparse tanto de la tienda, ni emprender largas travesías al Oriente. Ya podría entregarse a la vejez, a disfrutar los frutos de tantos años de esforzado trabajo. Lo que su padre no sabía, todavía, era que el corazón de Junia ya no le pertenecía: ella jamás aceptaría casarse con otro que no fuera Dioges.
El Monte Sapo fue el primer refugio de los enamorados. A su vera, mojaban los pies en las aguas del Tíber, y a veces nadaban un poco. Allí se habían contado sus sueños más profundos, sus miedos y preocupaciones. Los secretos que nunca confiarían a nadie más. Ni siquiera a Livia.
Pero ahora a su padre se le había ocurrido levantar un altar. Justo en la cima del monte, desde donde cualquiera podía mirar la orilla. La orilla de ellos. De sus escapadas y de sus secretos. De su charlas y de sus promesas. De su amor prohibido. Perenne, profundo como el Tíber.
Dos veces al día un esclavo (podía ser, incluso, Dioges) debía sacrificar una bestia en ese altar. Por honor a Mercurius, protector de los comerciantes. Dos veces al día debían procurar no ser vistos. Mantenerse alejados del Monte Sapo; alejados el uno del otro aunque sus corazones palpitaran por un encuentro.
Y no solo eso: por los sacrificios, las aguas del Tíber comenzaron a volverse más espesas. Por el monte se dibujó una canaleta hecha de sangre, vísceras y grasas que goteaba incesante y silenciosa sobre el amado río.
─ ¿Y ahora qué haremos? ─le susurró Junia un día en el pasillo del domus─ ¡Siempre hay gente en el Monte, ya no podemos vernos! ¡Además las aguas del Tíber están inmundas!
─Déjame encontrar la forma─contestó él y salió por la puerta trasera de la casa.
Esa misma noche, a través de Livia, Dioges le hizo llegar un mensaje.
─¿Al Monte Sapo a estas horas? ¿Es que escaparemos?─ Livia no supo contestar a sus preguntas, pero había sentido en la voz de Dioges tanto entusiasmo que la animó a salir, a pesar del riesgo.
Ambas caminaron una legua hasta llegar al Monte. Descendieron a la orilla. Y lo vieron. Dioges extendía un lienzo sobre la arena. Estaba ajado y sucio, sin duda era uno de los despojos que el padre de Junia dejaba en el tablinum para sus esclavos.
─Sólo observen ─dijo él, y sumergió la tela deslucida en donde la mezcla nauseabunda de los sacrificios parecía más copiosa. La frotó suavemente. Comenzaba a amanecer…
─¡Es increíble! ─dijo Junia más tarde, ya con la tela seca entre las manos ─¿Cómo es posible esto? Jamás diría que es la misma tela: limpia, blanca, inmaculada… ¿Sabes lo que mi padre pagaría por esto, Dioges?
─¿Nuestra libertad? ─preguntó Livia. Y los tres rieron.
Unas semanas después hubo una fiesta. Junia odiaba las fiestas, porque debía vestirse con la ridícula túnica, ignorar a sus amigos esclavos,  y además comer aceitunas, que le sabían amargas. A Dioges, en cambio, le encantaba verla comiendo aceitunas: la boca fruncida hacia delante, el pestañeo incesante de sus ojos, como si por cerrarlos pudiera evitar por un momento el sabor agrio del fruto.
─¿De qué te ríes? ─le preguntó ella aquel día, imprudente, sin darse cuenta de que su padre observaba.
─Me encantan las aceitunas ─le contestó él mientras lavaba las manos de ella con delicadeza.
─Si ni siquiera las has probado, mentiroso.
─Me basta con verlas en tu rostro ─Y los dos rieron, igual que lo hacían desde niños en el Monte Sapo: al mismo tiempo, como una sola voz.
Habría recibido Dioges allí mismo y delante de todos, seiscientos azotes por su descaro, de no ser por Livia, que a tiempo, puso aquel lienzo exquisito que Dioges lavara hacía unos días en las orillas del Tíber, sobre las manos de su amo.
─¿Y esto? –preguntó el anciano, enfadado por la distracción.
–Me lo dio un etrusco en el mercado –inventó Livia–. El hombre está empecinado en comprar a Dioges. Necesita un esclavo para mandar a Oriente y…
─¿Dioges?
─Sí, fuimos juntos hoy –y en este punto les guiñó un ojo a los enamorados–. Y el etrusco, según creo, vio en Dioges a un hombre fuerte y joven. Le dije que yo misma era una esclava, que de ningún modo podía decidir…Y él me dio este lienzo como obsequio. Para usted.
─¿Dioges? ─volvió a repetir el hombre, que sólo quería cerciorarse de que estuvieran hablando del mismo esclavo descarado que había osado hablar con su hija durante la fiesta. Y peor: que había osado hacerla reír.
─Dioges, sí: el esclavo que Junia eligió para servirla esta noche.
─Pues dile al etrusco que se lo concedo a cambio de cincuenta telas.
Al día siguiente los enamorados, con la ayuda de Livia, prepararon los cincuenta géneros. No fue difícil conseguirlos, había suficientes en el tablinum. Fueron todos cuidadosamente lavados a la orilla del Monte. La grasa nauseabunda de los sacrificios realmente era prodigiosa: nadie habría podido decir que aquellos pulcros lienzos, suaves, perfumados fueran los mismos que el viejo comerciante había obsequiado a sus esclavos, por desagradables y sucios, tiempo atrás.
El mismo Dioges se presentó, bañado y afeitado, aquella tarde, con los cincuenta lienzos. Llevaba una toga de fina confección que Livia había cosido.
─¿Eres el etrusco? ─dijo, sin reconocerlo, el padre de Junia.
─Soy quien pretende comprar a tu esclavo ─contestó Dioges, cuidándose de no mentir frente al magistrado, que había sido llamado para escriturar la transacción.
─¡Pues está vendido! ─dijo alegremente el padre de Junia─ ¡Que este hombre sea a partir de hoy dueño y señor de mi esclavo Dioges!
─¡Firmado! ─rezó solemnemente el magistrado, y a Dioges le temblaron las manos cuando tomó la libertad que se le extendía bajo la forma de un pequeño papel sellado. Le dio la espalda a su antiguo amo y se alejó del domus calladamente.
En poco tiempo, Dioges instaló su negocio. Vendió varios centenares de géneros recién lavados en distintos puestos del mercado y con las ganancias que había obtenido fundó la primera fábrica de jabón que se alzó en Roma. Se hizo muy rico en poco tiempo y el padre de Junia no dudó en concederle a aquel “etrusco” inteligente y próspero la mano de su única y bien apreciada hija. Livia se fue con ellos.
El viejo comerciante nunca supo que aquel hombre poderoso, tan respetado en toda Roma, había sido hacía mucho tiempo su esclavo.
─Ahora que eres mi hijo –cuentan que le dijo un día–, querrás decirme cuál es la fórmula que usas para crear tus famosos jabones.
Dicen que Junia y Dioges se miraron. Y que rieron a un tiempo, como una sola voz. Acaso el pobre anciano tuvo la extraña sensación de haber vivido aquel momento hacía ya mucho. Pero los enamorados nunca le hablarían del Monte Sapo, ni de los secretos que desde niños habían tejido allí; donde el amor los sorprendió por primera vez; donde los sueños de libertad se habían vuelto posibles y reales; donde les gustaba tanto mojar los pies a orillas del Tíber, y a veces nadar un poco.

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2 comentarios en “El secreto del Monte Sapo

  1. hoolla yo conoci personalmente a soledad silvestre y me saque una foto con ella es lo mas re copada y a mi escuela fue con sus dos hijitos LUCAS Y JULIAN ♥AGUANTE SOL SILVESTRE♥

    soledad silvestre sos lo mas ++++++++++++++++++++++++++++♥♥♥♥
    feliz halloween!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! para todos y todas ! ♥♥

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