La expedición

─¡Sigrid! ¿Cuándo estarás lista, por Odín? Tu padre y tus hermanos no pueden esperarte todo el día.
Los rojos cabellos de Sigrid caen sobre los hombros en dos trenzas. Un broche en forma de martillo sujeta su capa azul. Prueba un colgante en el cuello, luego otro. Se calza un brazalete de plata. Los aros dorados, piensa, ¿mejor con forma de dragón u otra vez el martillo?
─¡Sigrid! ¡Sigrid! ─vuelve a interrumpirla su madre─ ¡Ya todos están en el drakkar, preguntando por ti!
¡El drakkar! A Sigrid le fascina el Drakkar. Como todas las embarcaciones vikingas, tiene muchos detalles deliciosos. Como el dragón que Olaf esculpió en la proa. Ella hubiera querido ayudarlo. Pero, claro, su padre tuvo la mala idea de convertirse en el mejor guerrero de la historia y ella tiene que seguir sus pasos: nada de andar tallando dragones en las proas.
Ojalá tuviera la suerte de Olaf, que se la pasa haciendo cosas bonitas todo el día. El broche del martillo se lo regaló él. Claro que en absoluto secreto: su padre jamás consentiría que un simple artesano la cortejara. ¡Lástima! Porque Olaf es lindo.
Y ahora Sigrid tendrá que subirse al drakkar. Y sujetar el hacha. Y poner un pie delante para esperar la señal de ataque, una vez en tierra. Y no mirar atrás. Y encomendarse a los dioses para obtener la victoria. Y siempre seguir su instinto porque el que duda, muere. Así que nada de pensar en Olaf. Ni en su pequeño broche de martillo. Ni siquiera en el dragón de la proa, porque eso le hace pensar en Olaf y estamos otra vez en lo mismo.
─¡Sigrid! ¡Sigrid! ¡Ay, si no fueras la hija de tu padre, ya se habrían ido sin ti!
¡Ay, si no fuera la hija de su padre! Eso es justamente lo que piensa ella. Así podría juntar sus trenzas, mirándolo a Olaf. A él le gustaría eso.
─¡Sigrid! Ya verás cómo se enojó tu padre. Te ha dejado aquí, para que aprendas. Ahora tendrás que esperar hasta la próxima expedición, en otoño.
¡En otoño! Eso no está tan mal. Habrá que contarle a Olaf que se quedó en tierra, que podrán estar juntos hasta otoño. Ah, sí, ¿cómo no? ¡toda una calamidad!

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