Cómplice

 

Mi padre podrá decir lo que quiera, pero Antheia se lo merecía. Más que cualquier persona en este palacio se lo merecía. ¿No puede una esclava enamorarse? Si Afrodita ha querido que Admes encienda el alma de mi querida Anthea ¿quién es el emperador para impedirlo? ¿Acaso él puede más que la diosa del amor?

Es cierto que yo no me encontraba indispuesta. Es cierto que fingí el desmayo justo cuando mi padre estaba por bajar su pulgar. Admes había vencido al león y a la serpiente. ¿Qué más querían?

A veces se pide demasiado de los gladiadores. Vencen a uno, dos, tres enemigos; pero después llegan los soldados del emperador ¡por montones! Y acaban rodeándolos, ¿cómo no? ¡Si no son dioses! Y con la lanza en la yugular deben esperar la decisión de otro mortal ─oh, sí, porque el emperador es un simple mortal; me lo ha dicho Anthea. Y es griega: sabe más que cualquiera de nosotros, los romanos─.  Así, mi padre decide el destino del gladiador: el pulgar hacia arriba, vive. El pulgar hacia abajo, muere.

Y la gente grita, vocifera, aplaude. Como si no se tratara de un hombre que esta a punto de morir por divertir a otros.

Y me encontraba yo pensando en todo esto cuando vi los ojos de mi pobre Antheia. ¿Cómo pueden decir que es una simple esclava? Si por ella he conocido los versos de Demóstenes y Lisias. Si he aprendido el griego mejor que el latín. Si ha sido mi confidente y mi amiga…Y Admes la miraba con la misma tristeza, como si con los ojos le prometiera que fueran a encontrarse en el inframundo.

Y entonces se me ocurrió todo. Me desmayé sobre mi padre, le quité las llaves del cinturón y en cuanto Anthea se arrojó a mí, desesperada, las deposité en sus manos. Ella miró las llaves extrañada pero las escondió a tiempo.

─¡Se suspende el espectáculo! ─gritó un soldado, y otro me alcanzó un vaso de vino. Admes volvió al calabozo.

Cómo fue la fuga, no sé. Supongo que Antheia engañó a los guardias. Que llegó hasta Admes y abrió la puerta de su celda. Que escaparon juntos hacia Cartago, donde las fuerzas del imperio todavía no llegan. Afrodita irá con ellos, no hay duda: para la diosa del amor no hay rangos sociales, ni emperadores capaces de detenerla.

 

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