La máscara de Pocahontas

─Te divertirás, Rebeca. Las mascaradas son agradables. Tú te pones el antifaz así, y lo sostienes de esta manera con la mano izquierda. Después bailas como te he dicho: una inclinación de cabeza, un paso aquí, saltas, y otro paso más…

Mataoke mira a Rolfe en silencio. Ha sido una buena esposa hasta ahora. Ha aprendido a asentir. Ha cedido a ponerse estas ropas estrafalarias: el corset, la faja, el miriñaque. El incómodo peinado, porque una señora no anda con el cabello suelto. No por las calles londinenses, no subida a estos ricos carruajes ni viviendo en estas casas recubiertas de mármol.

Mataoke recuerda sus bosques. Recuerda la tarde aquella cuando llegaron los colonos. Recuerda, sobre todo, a John Smith. Cómo su gente lo capturó en Tenakomakah. No sabe todavía qué fuerza la arrastró hasta la pila de los sacrificios, para salvarlo.

–¡No lo mates, no! –El grito había salido de sus entrañas, sin que ella misma entendiese cómo ni por qué lo profería. Pero bastó para que su padre,  jefe de los powhatan, le perdonara la vida a aquel extranjero rubio, de ojos cristalinos y vestimenta extraña.

Rolfe se calza una capa y se mira al espejo. Sonríe mientras se peina la barba entrecana. Pero entonces la ve de reojo a Mataoke,  y la regaña:

–¡Parate derecha! ¡Atrás han quedado tus tiempos de Pocahontas! ¡Mírame! Eres hermosa a pesar de tu raza. Eres Rebeca Rolfe, británica y cristiana. ¿Puedes entender eso?

Mataoke endereza su espalda. Así la llamaba Smith: Pocahontas. También sus hermanos, a veces. ¿Cómo traducirían los europeos aquel nombre? En lengua algonquina Pocahontas es la niña pícara o traviesa. La niña libre. Era un bello nombre, Pocahontas.

–Vamos, Rebeca –le ordena Rolfe.

Mataoke vuelve al tocador y toma la máscara. Se mira al espejo. Ve su cabello recogido y su rostro empolvado. Su vestido alto hasta el cuello. Los innumerables botones. Es Rebecca la figura que le devuelve el reflejo. La Rebecca obediente y silenciosa. Británica y cristiana. ¡Si hasta su piel parece blanca, tan distinta a su raza! Pero sonríe. Sabe que detrás de esa mujer –de esa, que es la verdadera máscara—siguen estando los ojos de Pocahontas, la niña libre.

 

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