Héroes modernos

Feliz por la publicación de este libro que obtuvo Mención en el Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil 2011. No puedo postear un cuento completo (¡juro que querría!) pero les dejo el inicio de “La luna de Milena”, un cuento que incluye esta antología y que es muy pero muy especial para mí.

La luna de Milena


─¡Ay!, cómo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de la calle Libertad, solas, porque papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lástima que mamá se lo perdió. Seguro que llama hoy para ver cómo salió todo. Porque mamá es así, no quiere perderse nada. Ni su congreso de Retórica en Chile ni esto que pasó hoy. Mamá es lingüista. Una intelectual, dice papá. Como una profesora de Lengua pero más. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni mi papá. Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.
La cosa es que mamá, pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la pasa en la universidad no gana más que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice que es un envidioso. Que si él hubiera podido… Siempre se pelean por lo mismo, antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigación y que en cambio dar clases en el secundario lo divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: “¡Pero por favor!”.
Se separaron hace dos años, antes de que empezara todo el problema con Mile. Ahora, por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa Genoveva y Camilo se llevan muy bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.

Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los esperáramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las dos y una gaseosa para Mile, que seguro vendría con sed.
─ ¡Qué bien estuvo!, ¿no? ─le dije.
─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola historia de las cosas!
Papá siempre dice eso, que no hay una sola historia de las cosas. Y él de historia sabe un montón. Dice, por ejemplo, que cuando era chico le contaron que Colón vino a esta tierra para salvarnos. Para salvarnos del salvajismo. Porque antes se creía que los indios eran eso: un montón de salvajes que había que aniquilar. Ahora, por suerte, ya sabemos que eso es mentira. Que los españoles vinieron a usurpar los territorios de nuestros aborígenes, los verdaderos dueños de este lugar. Que los maltrataron y los despojaron de todo. Que la colonización no fue un cuento de hadas sino una historia de horror. Igual, papá dice que esa tampoco es la única historia. Que deberíamos tomar las dos historias juntas para entender cómo fue. Que hubo españoles malos y buenos, algunos más civilizados y otros más salvajes. Que con los indios pasó lo mismo. Que no hay ni blanco ni negro sino siempre grises. Eso papá lo dice todo el tiempo, porque le gusta el gris. Sólo tenés que abrir su placard para darte cuenta. ¡Todo es gris! Algún azul, por ahí un celestito, pero lo demás es gris. Pantalones, camisas, pulóveres.
─¡Qué monocromático sos! ─le decía mamá cuando vivía en casa, porque a los lingüistas les encantan las palabras difíciles ─. ¡Siempre el mismo color!
Al principio a papá lo divertía que le dijera eso, si hasta se reía, pero un día le empezó a molestar. Y después de una pelea que tuvieron por el color de ropa que usaba cada uno, mamá nunca más le dijo nada. Siguieron peleando por otras cosas, obvio, pero por el color de la ropa no.
Lo de la luna de Milena lo inventamos con la abuela. Fue antes de que en el colegio le pidieran el “siconosequé”, porque nunca se quedaba quieta. En realidad, al principio, la abuela decía que Mile estaba siempre en la luna de Valencia. Yo sabía que esto no era exacto, porque la luna es el único satélite en la Tierra. Da igual que la miremos desde Buenos Aires o Valencia: la luna es una. Una nomás. Igual es una forma de decir. La abuela no lo decía porque Milena estuviera en serio en la luna. Milena estaba todo el tiempo con nosotros. O en la escuela. Pero se distraía. Más que nada, cuando hacía los deberes.
Antes, a Mile le costaba hacer los deberes. Sobre todo porque casi nunca los traía copiados y había que estar llamando a alguien para que se los pasara. Un día mamá se enojó un montón. Estábamos en su casa, y le dijo a Milena que no llamara siempre a la misma chica para pedir la tarea:
─Te va a tomar por tonta. Si ayer llamaste a Abril, hoy preguntale a Bautista.
Pero Mile nunca escuchaba. Y obvio que la llamó a Abril, que era la primera en la lista. Y entonces mamá se enojó y le preguntó si era tonta o qué. Si no había escuchado lo que dijo. Y empezó a decir un montón de cosas sobre papá, que cómo nos estaba criando, qué ella sabía que era mala idea eso de quedarnos a vivir con él y con la abuela Haydée. Que si ella tuviera tiempo, que sus congresos, que sus cursos, que sus seminarios, que sus becarios. Que, que, que… Porque cuando mamá empieza a hablar de todas las cosas que hace no para más, y yo me aburro porque no entiendo nada de lo que dice. Por suerte la tengo a Mile, que si se aburre se pone a saltar como pelota de goma. Del piso a la silla. De la silla a la mesa. De la mesa al piso. A la mesada. Al puf. Al sillón.
─¿Es que no podés quedarte quieta? ─le gritó mamá ese día. Y la verdad que no, Mile no podía. Creo que ni siquiera puede ahora, pero es distinto. Ya nadie se enoja por eso. Porque Mile es así, y hay que quererla igual. Con su luna y su súper actividad.

(Continúa…)

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4 comentarios en “Héroes modernos

  1. Una historia vivida, me gusto la tratativa y forma genuina de escribirlo. LLegue por casualidad al el relato y me pareciò genial.

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