¡Que llueva, que llueva!

─¡Uy, llueve! ─suspiró mi abuela.
─Algún día iba a pasar ─observó mi mamá.
─¿No habría sido mejor que le advirtiéramos? ─preguntó doña Conce cuando la vio pasar por la ventana, con su vestido Lila y las botitas nuevas.
─Es cuestión de minutos. Si la ve Gutierrez, ¡zas!
Y eso que Gutierrez generalmente es inofensivo. Es más: es imposible que te caiga mal. Cuando empieza a mover la cola como diciéndote “¿qué tal?” segurísimo te dan ganas de acariciarlo. Y si te pone esa mirada así, tan de perro de la calle, más. En realidad Gutierrez es adorable: dulce, bueno, juguetón. El mejor perro del barrio, sin ninguna duda.
El único problema con Gutierrez son los paraguas. Lo vuelven loco. Pero loco, reloco. Loco al punto de que no es posible reconocerlo. De que se transforma en una especie de increíble Hulk, aunque no cambia de color ni deja de ser perro, claro. Lo que sí deja es de ser un perro adorable (o sea dulce, bueno y juguetón) para transformarse en una fiera desconocida y sumamente peligrosa.
Bueno, la verdad, estoy exagerando. Porque Gutierrez es incapaz de lastimar a nadie. Pero pasearte así, delante de su propio hocico, con un objeto que lo pone tan réquete-loco es, como mínimo, imprudente. Y más si vas con un vestido lila y botitas nuevas. Como la pobre Violeta, que como hace poco se mudó al barrio, no conoce a Gutierrez y ni sospecha lo que le espera.
Por eso la seguimos, para protegerla. Llegamos justo cuando Gutierrez la alcanzó en la esquina. Empezó a aullar, y ella lo miró. Nosotras entre tanto nos escondimos atrás de un árbol, porque ¿qué le íbamos a explicar? Además, si Gutierrez llegaba a vernos…
Pero no calculamos que justo en ese momento Violeta se iba a dar vuelta:
─¿Qué te pasa, perrito, por qué llorás? ─Y menos que la muy imprudente se iba a agachar para acariciarlo.
Y entonces pasó todo. Rápido, muy rápido. Nosotras saltamos del escondite. Gutierrez dio un mordiscón y salió corriendo. Violeta, a la que no se le ocurrió soltar el paraguas que el perro llevaba entre los dientes iba ─plaf, plaf, plaf─ saltando en cada charco. Y peor: mi abuela sujetando a Violeta; Mamá, a mi abuela; Doña Conce, a mamá. Y yo atrás de todo, flameando como una bandera.
Ya sé: a primera vista puede parecer que nada resultó bien. Después de todo, a Violeta se le estropeó el vestido y Gutierrez se salió con la suya. ¡Pero nos divertimos! Tanto, que ya estamos preparando los paraguas para la próxima lluvia.

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