La prisionera del lago (leyenda mapuche)

Fotografía tomada por W. Baliero, disponible en http://www.fotonat.org

Incluso los monstruos más horrendos se enamoran. Monstruos que son capaces de succionar, con una horrible ventosa, la sangre de sus víctimas. De clavar sus garras mortuorias sobre las indefensas yugulares donde se esconde la vida. Y acallar los gritos de desesperación en un abrazo tiránico y forzado, sin detener por ello la agonía interminable y cruenta de aquel que sabe (¡lamentablemente, sabe!) que está muriendo de asfixia.

Y así era el Trelke,  se dice: criatura monstruosa que habitaba los lagos y se presentaba ─de súbito─ sobre la orilla para capturar de un zarpazo hasta el menor indicio de movimiento y vida. Y así arrastraba a los insectos. Y a las flores. Y a las semillas que llevaba el viento. Y a los animales y a los hombres. Y una vez en las profundidades… En las profundidades, nadie sabía ─hasta que Huala lo descubrió─ qué es lo que hacía con ellos.

Huala vivía con sus padres muy cerca de la orilla. Desde su ruca, sentados frente al fuego, solían observar las aguas calmas que, únicamente en ocasiones, una brisa invisible acariciaba. Habían escuchado hablar del Trelke, muchas veces. Y aunque nunca lo habían visto, le temían:

─¡No te acerques a la orilla, Huala!

─Quedate aquí, donde podamos verte.

Pero cada tanto, aunque también se sentía aterrada por el relato de sus mayores,  la niña se olvidaba de las advertencias y se acercaba a la playa. Le gustaba ver su reflejo sobre el espejo azulino de las aguas: los ojos como castañas; los cabellos trenzados; los labios entreabiertos en una mueca de asombro, siempre. Como si no acabara de entender la fuerza mágica que era capaz de apresar su imagen en el lago.

Huala no sospechaba entonces que  por debajo de aquel reflejo misterioso unos ojos invisibles la observaban. Unos ojos que la vieron cada vez, con cada día, volverse más hermosa.  

¡Oh, sí! Incluso los monstruos más horrendos se enamoran, y el Trelke no fue la excepción. Adoraba la trenza interminable, los ojos como castañas y la mueca de asombro. Adoraba también la valentía (o la ingenuidad) que la movía a acercarse a la orilla prohibida. Adoraba los rasgos de la niña que pugnaban por quedarse en su rostro de mujer. ¡Adoraba a Huala!

Por eso un día decidió llevarla. Y la tarde se vistió de tristeza, porque la Madre Tierra no ignoraba lo que iba a acontecer. Las nubes hicieron sombra sobre la orilla y el viento comenzó a sacudir con una furia inusitada las copas de los árboles y los pinos.

La imagen de Huala en el reflejo del agua comenzó a sacudirse como si todos los habitantes del lago ─ puyes, bagres, peladillas─ hubieran decidido de pronto migrar hacia otras aguas, tal vez menos crueles.

Y en medio de ese escenario, el trelke emergió. Como un cuero gigante se desplegó en el agua y se lanzó, rapaz, sobre la orilla donde Huala no acababa de entender lo que ocurría. Y nada pudo salvarla: ni la desesperación de sus padres que lo vieron todo, impotentes, desde la ruca; ni la nieve brutal que cayó como lluvia de blancos meteoritos; ni la ventisca helada que sopló rabiosamente atravesando el bosque. ¡Nada!

Huala ni siquiera llegó a sentir miedo: ¡todo había pasado tan pero tan rápido! La nevisca brutal y el viento gélido. La garra que la sujetó de pronto. Las voces de sus padres ─lejanas, agónicas, ahogadas─  llegando al corazón:

─¡Huala, mi pequeña! ¡No!

─¡Huala, ten cuidado! ¡Huala mía!

Pero Huala no podía volver. Una fuerza invisible, poderosa, la arrastraba hasta el fondo del lago. Irremediablemente.

Cuando la carrera, por fin, se detuvo vio los ojos. El infinito cuero espeluznante. La ventosa voraz. Y la gruta. Una gruta imposible y pavorosa: despojos de animales, cuerpos disecados, cabezas humanas desperdigadas por aquí y allá.

Entonces supo, por fin, qué es lo que el Trelke hacía, en las profundidades, con sus víctimas. Y se desvaneció.

Pero, en sueños, el monstruo del lago (enamorado como estaba) le habló con dulzura:

─No debes tener miedo, Huala. Ni siquiera mi ruin naturaleza puede hacer que yo, dueño de estas aguas infernales, te lastime. ¡Mi adorada Huala! ¡Haré lo que me pidas!

─¡Déjame libre, entonces!

─¡No!

─¡Quiero ver mi ruca, donde fui feliz! ¡Saber cómo están mis padres!

Y era tal la tristeza que había en sus ojos, que el Trelke se apiadó. Un remolino llenó el lago. Las piernas de Huala se estremecieron. Y también sus brazos. El agua la arrastró a la superficie: el cuerpo convulsionado; la voz en un grito; el alma estremecida por la ruta ─aún indescifrable─ que estaba tomando su destino.

Pero todo pasó. De pronto el lago volvió a estar en calma. ¡Y Huala vio su ruca (su querida ruca) tan cerca! Nadó con destreza hasta la orilla, y de un salto pisó tierra firme. Dio un paso torpe, otro. Y otro más. Pero las piernas le pesaban. Vio a sus padres, tristísimos, pasar junto a ella, sin siquiera mirarla. Huala quiso llamarlos y un horrible quejido salió de su voz.

Entonces, recién entonces, lo comprendió todo. Volvió al lago, al espejo azulino que ─como otras veces─ le mostró la verdad: vio un copete gallardo. Y vio un pico. Y un plumaje cobrizo como el sol. Dos patas flaquísimas y chuecas. Las alas recortadas. Y, como semillas de maitén, los pequeños ojos.

Desde lo profundo, el Trelke la observaba: incluso convertida ─sin sus ojos castaños, sin su trenza, sin su mueca de asombro ni sus rasgos de pequeña mujer─ su amada continuaba siendo bella. Prodigiosamente bella.

Se dice que la huala, de todas las aves que habitan en el sur, es la más hermosa. Pero también la más triste. Una cadena invisible (amorosamente tejida por el trelke) la apresa al lago: sus pasos son inseguros en la tierra firme y por sus alas cortas no puede volar. Por eso siempre se queja: su graznido triste, según dicen, es como el lamento de una joven que ha perdido su hogar.

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