El volcán de hielo (leyenda mapuche)

volcan_lanin El huemul sentía el crujir de otros pasos, cerca: cada vez más cerca. Las voces de los hombres, susurrando.  El zumbido amenazante de las flechas saliendo del carcaj. Solo, solo aquel zumbido entre miles de ruidos familiares, inofensivos todos:  la cascada fluyendo, el tactac del carpintero en un pehuen, allá más lejos;  un martín pescador deslizándose en picada a través del tobogán invisible que es el viento,  y la bandurria –como un tenor—elevándose sobre la música silenciosa del bosque. Y entonces sobrevino la primera embestida: fiuuuu.  Y el huemul dio un salto, victorioso. Fiuuuu, fiuuuu, fiuuuu. Y el temor fue combustible para el animal, que esquivó con precisión cada flechazo. Y corrió. Corrió presuroso hacia la cima. La cima protegida por Pillán, guardián de la montaña. ─¡Se escapa! –gritó uno. ─¡Jamás! – Y otra vez con la flecha en el carcaj, el más valiente de los cazadores, Quechuán, les indicó a los otros  continuar camino arriba. Los demás dudaron: no querían contradecir al  korá más temerario de la aldea, pero avanzar significaba enfrentarse a Pillán. A Pillan que  es un dios. Que es el bien y el mal. Que protege la montaña y no perdona las impertinencias, jamás. ─¡Vamos! ─gritó Quechuán, insolente, desde lo alto─ ¿qué esperan? Y aunque el viento soplaba con más violencia arriba, aunque huyeron las bandurrias y los carpinteros y el martín pescador se refugió en su nido, avanzaron los jóvenes hacia la cima prohibida. Arriba, el huemul no escapó. Las cuatro flechas lo cercaron  como puntos cardinales: fiuuup, muslo derecho. Fiuuup, justo en medio del cráneo. Fiuuup, fiuuup: la estocada sangrante y el suspiro final. Vieron los jóvenes cómo el cielo se ennegreció de pronto. Sintieron la Madre Tierra, encendiéndose a su paso. Al viento, rugir como un salvaje jabalí. Y una lluvia de cenizas, copiosa y enfurecida, comenzó a cubrir toda la aldea. Y el volcán despertó. Una explosión, y el negro firmamento se volvió violáceo. Otra, y los jóvenes corrieron ─por fin─ ladera abajo. ─¿Qué es lo que he hecho? ─lloró Quechuán, arrepentido. Y la sangre del huemul, que cargaba en sus hombros, dibujaba una lágrima en su pecho. Así lo vio llegar su amada Huilefún, a la aldea. Ella corrió a su encuentro, pero él la apartó: ─¡No, Huilefún: no te merezco! ─Y  sin mirar atrás, avanzó hacia la ruca donde ya se encontraba reunido el Consejo. Les confesó todo: la caprichosa persecución, su altanería, la impertinencia de subir hacia la cima custodiada por Pillán: espíritu del bien y del mal, guardián de la montaña y sus criaturas. ─ ¿Por qué lo hiciste? ─protestó el cacique ─¡Sabes que Pillán es implacable con los que amenazan su territorio! ─No es tiempo de lamentarse sino de actuar ─ Y después de decir esto, la vieja machi se apartó del grupo, deseosa de comunicarse con el dios de la montaña. Nadie se lo impidió: solo ella podía hablar con los espíritus y era imperioso conocer las pretensiones de Pillán. Dos amaneceres después, la machi volvió a la aldea. Venía con paso lento y abatido. Con la piel más surcada y el cabello blanco, más blanco que nunca, pues la tristeza envejece a los mortales. ─ Solo un sacrificio apagará su furia. Quiere a Huilefún como alimento del volcán ─dijo por fin, con los ojos cargados de pena. Los padres de la joven lloraron. Quechuán se dejó caer e increpó a la montaña: ─ ¿Por qué, por qué Hueilefún? ¡Si he sido yo! ─Por eso ─contestó la machi, mirándolo a los ojos─, precisamente por eso: Pillán quiere que pagues con el pesar mayor: tu propia muerte no te heriría tanto. Y así, Quechuán comenzó a pagar.  Tuvo que presenciar  ─impotente─ los preparativos del sacrificio: vio cómo bañaban a Huilefún en el lago; cómo peinaban sus cabellos y adornaban sus trenzas con flores de aljaba; cómo la perfumaron con lupinos y yerbabuena. La vio salir de su ruca, ceñida en un kepán blanco con el hombro izquierdo descubierto. Las sandalias abrazando sus tobillos y un colgante de plata, iluminándole el pecho. Huilefún lo miró a los ojos, perdonándolo. Y ambos subieron a la montaña: si Huilefún iba a morir, Quechuán moriría con ella. Esquivaron la lava ardiente. Soportaron el viento, indómito y tenaz. Cerraron los ojos cuando las cenizas borraron el agua, el cielo y el sol. Y caminaron, así, de la mano hasta llegar al cráter. Pero un cóndor, súbitamente, se llevó la presa: las manos se soltaron y, unidos en un grito, Huilefún y Quechuán se dijeron adiós. Sujeta por las garras impiadosas del ave, la joven intentó ver a su amado pero ya era tarde: el cóndor la soltó. Quechuán la vio caer en las entrañas ardientes, burbujeantes, del volcán encendido. Tan agudo fue el dolor, tan agobiante la culpa, que el alma se le salió del cuerpo. Y, en ese instante precioso, la fuerza del amor lo transformó.  Con la misma velocidad que el fuego es capaz de consumir un bosque, Quechuán se volvió nieve. Se extendió, presto, hasta la cumbre y en un abrazo gélido alivió el infierno donde ahora descansaba su amada.  Dicen que el volcán Lanín jamás se encenderá otra vez: un blanco manto lo protege del fuego desde la base a la cima. Es Quechuán pagando su imprudencia, siglo tras siglo. Quechuán pidiéndole disculpas a Pillán. Quechuán amando a  Huilefún, en un abrazo eterno y glacial.

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