Después del fuego (leyenda toba)

Cuando el hombre vio a Dapichí, supo que el destino de su tribu cambiaría. Si Dapichí baja a la Tierra, tiene algo grande que anunciar: siempre es así. Desde el comienzo de los tiempos es así. Desde antes de que el sol se convirtiera en una anciana que recorre el cielo. Desde antes, mucho antes, de que la luna se montara en su burrito perezoso siguiendo los mandatos de K´atá.

Dapichí se acercó a la tienda y, sin hablarle, le reveló al hombre la verdad:

─Eres un pioganak. Hoy sabrás qué ocurrirá mañana. Tendrás el don de la sanación, si así lo quieren las estrellas. Y la gente de bien te seguirá sin preguntar. Adonde sea.

No habían sido palabras: Dapichí se comunica en el silencio. Pero el hombre comprendió el idioma de los dioses, y se entregó a su destino.

Y así fue cómo al otro día ─convertido el hombre en hombre nuevo─ comenzó a cavar un pozo en medio de la tierra.  Un pozo profundo, profundísimo.  Algunos en la tribu preguntaron.  Pero el hombre nuevo (cosa rara: antes le gustaba hablar) prefirió ampararse en el silencio.

Y, pasando la luna con su burrito tres veces, dejó de cavar. Trasladó su tienda hasta el pozo,  convertido en cueva, y colocó una calabaza madura en el umbral. Alguien ─una vez más─ se atrevió a preguntar, inútilmente: un piogonak no dice lo que sabe, solo enseña el camino por dónde andar.

Ya cuando los más curiosos se cansaron  y dejaron de poner su atención en el hombre nuevo y en la calabaza y en el pozo-cueva, muchos otros ─como había anunciado Dapichí─ lo siguieron sin preguntar. Y montaron sus tiendas junto a la suya. Y esperaron con él, lo que fuera.

Hasta que el universo ardió: una lluvia de fuego  se desató en el cielo, y se quemaron los sauces y los jacarandás. Y todos los insectos. Y habrían muerto también los animales, si por aquel tiempo hubiera habido alguno andando sobre la tierra; o nadando por los ríos, esteros o lagunas; o volando por los cielos. Claro que sí: hace tanto pero tanto tiempo que ocurrió esta historia, que el mundo andaba huérfano de animales; y los hombres, solitarios.

Dentro del pozo, algunos enloquecieron y salieron sin mirar atrás: jamás volvió a saberse de ellos. El hombre nuevo no quiso detenerlos pero un brillo triste en su mirada hizo saber a los demás que no iban a volver.

Y un día llegó el silencio. Alguno intentó salir entonces pero, viendo que el piogonak aún no se movía, creyeron más prudente esperar. No se sabe bien cuántas veces pasó la luna con su burrito, antes de que un sonoro clack llegara desde la superficie y el eco repitiera: clack, clack, clack.

Era la calabaza que, partiéndose al medio, le daba al piogonak la señal.

Algunos, impacientes, seguros de que el hombre no hablaría, salieron sin esperar más. Cuentan que una luz brillante cayó sobre ellos: eran los ojos de los dioses que habían bajado a la Tierra para ver los destrozos.

Y los dioses son muy recelosos de su intimidad: solo aceptan que los piogonak los vean. Así que, uno a uno, fueron transformando a todos los que salían de la cueva. Una mujer vio cómo sus piernas se transformaban en patas. Y después su piel se cubrió de plumas y antes de que pudiera decir «Yo he visto a los dioses» un chillido extraño salió de su boca que ahora ostentaba un pico anchísimo: era un mañik, ave que otros llaman ñandú, con su cuello largo y su cuerpo esbelto.

Detrás venía otro hombre, que vio el prodigio. Quiso gritar pero sus labios se entumecieron y sintió que se alargaban hasta tocar el suelo. Y sin querer cayó en cuatro patas: vio sus uñas fuertes y curvas, su pelaje grisáceo y su trompa que se extendía como una pata más. Era un oso hormiguero, y conoció el olor del fuego que había pasado y el de la ceniza que había inundado lo que antes era su aldea.

Y así siguieron saliendo otros hombres y mujeres, que se fueron convirtiendo en patos, ciervos, jaguares, palomas, monos, tatú carretas, vizcachas, conejos, zorros, hurones, tucanes, escuerzos, garzas, urracas, flamencos, serpientes, gatos monteces. Y todos fueron poblando la selva que creció después del fuego. Las lagunas y los pantanos. Los ríos y las esteras.

Y una vez que el piogonak estuvo seguro de que los dioses por fin se habían retirado, dio la orden para salir de la cueva. Era un mundo nuevo el que estaba afuera: lleno de ruidos desconocidos. De pisadas y de vuelos. De serpenteos. De gruñidos. De persecuciones y estampidas. De criaturas nuevas.

Porque después del fuego, llegaron los animales a la Tierra. Hermanos impacientes que no aceptan órdenes. Que no pueden hablar. Pero que han visto más que nuestros ojos: han visto el rostro de los dioses. Y es por eso que los piogonak se comunican con ellos.

 

 

 

 

 

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