Magia en la habitación 207

No, si yo te entiendo. Porque tampoco creía en las hadas. Ya estamos un poco grandes para creer ¿no? Bueno, es lo que yo pensaba. Sí, sí, igualito a vos.

Para mí las hadas estaban en las películas. O en esos libros llenos de brillantina y stickers. ¿Vos también tenés de esos?  Bueno, yo no pensaba que las hadas podían estar acá; viviendo como cualquiera, trabajando, contándoles cuentos a los nietos. Mucho menos pensaba que podían vivir en un asilo, como Herminia.

Porque ¿te dije que mamá es enfermera? Trabaja en el asilo que está acá a la vuelta. Yo voy todas las tardes, después del cole.  Y así la conocí a Herminia, que desde el principio me pareció una abuela especial. No sabía que tanto, bueno. ¿Cómo me iba a imaginar que era un hada? Porque en esos libros con brillantina las hadas son siempre jóvenes y  hermosas. No así viejitas, como ella.

Pero se notaba a la legua que Herminia era especial. A todos les gustaba estar con ella. Ningún viejito estaba triste mucho tiempo: Herminia siempre los hacía reír. Una vez uno entró a los gritos y el médico le dijo a mi mamá que buscara un sedante para calmarlo. Pero antes de que mamá llegara con la inyección en la mano, Herminia lo tocó. Y eso marcó la diferencia:  el hombre empezó a mirar alrededor, como entendiendo por fin dónde estaba parado, y hasta sonrió. Yo le dije a mamá que había sido Herminia, pero no me hizo caso.

─Pura casualidad ─me dijo. Y como Herminia me guiñó un ojo, yo no volví a insistir.

La casualidad es algo que les encanta a las hadas. Imaginate: pueden hacer magia sin que nadie se dé cuenta. Como el día del incendio, que se quemó una estufa en la habitación 203. Cinco minutos antes de que empezara el fuego, Herminia se llevó a doña Sara (que solía dormía ahí) a pasear un rato por el jardín.

─Qué casualidad más oportuna─ volvió a decir mi mama. Esa vez ya no le dije nada.

Y así un montón de cosas. Visitas inesperadas en el momento indicado. Donaciones de medicamentos que justo estaban en falta. El comienzo de una nueva serie en la tele justo ese día, el más triste, cuando los viejitos tuvieron que despedirse del bueno de don Manuel. Casualidad, casualidad, casualidad ¡Todas casualidades!

Es que a los adultos les cuesta creer. Por eso nunca pudieron verla a Herminia haciendo magia. Magia de verdad, de esa que aparece en las películas y en los libros. La que nunca pero nunca podría disfrazarse de “casualidad”.

Porque con las hadas funciona así: primero tenés que aceptar que existen. Si lo pensás un poco, tiene lógica: ¡es fácil creer cuando las ves en acción! Quiero decir, si las ves flotando por el aire o haciendo crecer en diez segundos una enorme enredadera en la pared de su habitación. O cambiando el color de las flores que están en los macetones de entrada. O bañando un oso panda en la pileta de la cocina (bueno, la magia no estaba en el baño, claro, sino en el hecho de que un oso panda se hubiera aparecido así, como si nada, en el asilo).

Yo, por supuesto, que vi todo eso. Pero recién cuando estuve segura de que ella estaba metida en todas las “casualidades” que estaban sucediendo por ahí. Entonces até cabos y empecé a tomarme en serio lo de las hadas. ¡Ella se la pasaba hablando de eso!  Me había dicho que desde hacía siglos las hadas viven entre nosotros. Que son mujeres normales, como cualquiera. Que algunas son científicas y otras amas de casa. O atienden la caja del supermercado o viven  en un asilo, como ella.

Me había dicho también que después de 1216 años, ni un minuto más ni un minuto menos, las hadas tienen que partir. Que es mentira eso de que se mueren porque los chicos no creen. Que después de 1216 años, se mueren de cualquier manera. Pero que en realidad nunca se van del todo porque se quedan a vivir en alguna planta o en algún lago. Siempre cerca del lugar de donde partieron.

─¡Vos sos un hada! ─le dije─ ¡vos sos un hada, Herminia!

Y en cuanto terminé de decir eso, vi la enredadera en la pared que estaba a los pies de su cama y la vi flotando por el aire con una sonrisa extraña pero hermosa. Una sonrisa con sabor a ventana. Porque con Herminia todas las cosas tenían un sabor. Todos los colores, aromas. Y podías tocar los sentimientos y los olores y los miedos y los sueños y las carcajadas. Con Herminia, todo en este mundo era magia.

Y no estoy triste porque se fue. La extraño, claro, pero no estoy triste. Será porque me dejó esta misión. Porque me eligió  a mí para contar el secreto.

─Solo a los chicos ─me dijo─. Que al menos ellos sepan que siempre, pero siempre, estaremos aquí.

Y por eso te cuento todo esto, por eso te pido que vos también les cuentes a los otros que una vez existió un hada llamada Herminia. Que era viejita y buena. Y maravillosa con la magia.

Y como parte de la misión que me encomendó, labro un acta de defunción genuina en donde hago constar la auténtica causa de su muerte, su edad real y la irrefutable verdad: las hadas existen, aunque no son como en los cuentos. Son mejores.

ACTA DE DEFUNCIÓN

En Capital Federal, Provincia de Buenos Aires, a las diecisiete horas y cuarenta y dos minutos del día veintitrés enero de dos mil doce, ante una copiosa enredadera sobre la pared que da a los pies de la cama de la habitación doscientos siete, se procede a inscribir la defunción de Herminia, natural del mundo de las hadas, hija de la tierra y del aire.

Asimismo se deja constancia de que la difunta hada alcanzó los mil doscientos dieciséis años de edad, estableciéndose así la causa de su deceso.

De su lugar de sepultura, se establece lo siguiente: su cuerpo fue llevado al cementerio del Retiro y su espíritu pervive en algún sitio del jardín sito en la calle Arroyo con número mil trescientos veintiséis, del Asilo “Arcadia” donde trabaja la enfermera Angélica Rivero, madre de quien suscribe la presente Acta.

Esta inscripción se practica en virtud de que en años venideros quede algún testimonio real, auténtico y genuino de su paso por el mundo. De su alegría, de su devoción, de su amistad y su profundo amor por la Madre Tierra. Se consigna además que la difunta dejó sonrisas con gusto a ventana, colores perfumados y sueños dispuestos a dejarse abrazar.

Habiendo presenciado su partida, María Luz Gómez Rivero, de 11 años de edad, firma y certifica el documento sellado por el polen y la fragancia de un millón doscientos treinta dos jazmines del cielo que cayeron en forma de lluvia sobre su cama, en la habitación doscientos siete, justo en el  momento de su muerte.

 

María Luz Gómez Rivero

Acta N°1, Folio 1.

23-01-2012

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s