¿Irresponsable, yo?

images (2)

No voy a mentirles: es complicado. Está bien, es cierto que parecen espeluznantes al principio; pero, después, apenas comenzás a tratarlos, te das cuenta de que son inofensivos. Y no lo digo solo por Ojos. Lo digo por Ojos y por los demás. Porque el otro día cruzamos al cementerio y me presentó a sus amigos. ¡Son iguales a él! Tranquilos, callados, súper pacíficos. Si no fuera porque ya me da bastante trabajo esconder a uno, me traería a casa por lo menos a un par más.

Pero esto no es algo que pueda entender mamá, por supuesto. Yo podría hablarle de Ojos para prepararla un poco. Contarle que es un buen amigo, que el otro día me ayudó a estudiar para Naturales: no cualquiera tiene un cuerpo humano para desarmar en vivo y en directo, lo que para entender cómo funciona el sistema digestivo resulta claramente mucho más útil que el diagrama que dibujó la seño en el pizarrón.

Podría contarle, también, que es súper generoso conmigo: que me presta su cabeza para practicar frente al espejo. Porque es una vergüenza, que de todo el grado, no haya ni uno peor que yo para hacer jueguitos con el pie. Y les aseguro: una cabeza es mucho más efectiva que una pelota para mejorar la técnica, porque según cómo va gritándome Ojos, ya sé si le estoy pegando bien o más o menos: cada vez que dice “Agh” es que calcé bien el empeine, y con el “ugh” todo mal: eso quiere decir que le estoy pegando feo y que si sigo así su cabeza terminará saliendo como un proyectil por la ventana. O peor: dará contra el espejo y ahí sí que no sabría que inventarle a mi mamá para que me perdone.

Yo podría contarle todo esto. Pero, conociéndola, estoy seguro de que al verlo, mi mamá se olvidaría de todas las virtudes del pobre Ojos. Le importaría un comino que fuera pacífico, generoso, buen compañero: si se impresiona con una cucaracha, ¡imagínense con un zombie! Porque será todo lo bueno que quieran, pero no se puede negar que es aterrador.  Y mamá no se lleva muy bien con lo terrorífico. Mucho menos con los cuerpos desmembrados. La vez que me tuvieron que coser el labio cuando me caí de la bicicleta, la muy cobarde se desmayó. Y eso que el que tuvo que bancarse el pinchazo de la anestesia, fui yo. Que si no, para mí que se moría antes de entrar al consultorio.

Así que fue por mi mamá que tuve que ponerme exigente con él. Y ahora entiendo un poco mejor que es eso de tener que “retar por tu propio bien”. Porque, les juro, la única razón  por la que me mantengo firme con Ojos es esta: lo quiero. Lo quiero más de lo que quiero al Coki. Y si me descuido, casi en cualquier momento lo empiezo a querer más que a mi mamá.

Así que no tuve otra que decirle esta mañana, muy serio:

─Mirá, Ojos. La cosa es así: si te querés quedar acá, hay que cumplir el reglamento.

Y ahí nomás se lo mostré:

Reglamento para vivir en mi casa

1. Salir lo menos posible de mi cuarto.

2. Quedarse abajo de la cama hasta que yo lo diga.

3. No dejar nada olvidado por ahí: cada uno es responsable de sus dedos, ojos, orejas, nariz, piernas y brazos. Ni hablar de la cabeza: mantenerla siempre pegada al cuello (salvo que yo la requiera para hacer jueguitos, claro).

4. Relacionado con el punto anterior: tener en cuenta que la casa no se hace responsable en caso de que el Coki se coma las partes extraviadas. Es sabido que a los perros les gusta la carne ─y muy especialmente la podrida─, más que el alimento balanceado.

5. Mantener los ojos lejos del metegol y las orejas fuera de la lata de galletitas.

6. Evitar ruidos molestos cuando mamá está en casa. Nada de “Agh”, “Ugh” ni andar arrastrando el paso.

7. No organizar fiestas ni traer amigos sin previa autorización por escrito.

8. Sacudirse el barro antes de entrar. Friccionar con cuidado piernas y brazos para evitar desmembramientos desafortunados en el hall de entrada.

9. Si es urgente salir, siempre hacerlo por la ventana. Excepto los jueves, que está el jardinero. O cualquier día que mi mamá esté plantado flores o tomando sol.

10. Mantener la boca cerrada todo el tiempo. O lavarse los dientes más seguido.

 

Como no es muy lúcido que digamos, me dio trabajo hacérselo entender. Pero con el tiempo vamos progresando. Por suerte yo nunca me porté demasiado bien, por lo que hasta ahora mi mamá no duda ni un segundo en culparme de cualquier macana.

─¿Qué es todo este barro, Patricio, en el hall de entrada?

─¿Otra vez la pelotita del metegol en el piso?

─Dale, seguí dejando galletitas en cualquier lado. Hay una lata ¿sabés?: bien que después, húmedas, no te las querés comer.

Claro que también me ayuda el hecho de que mamá, además de ingenua, es bastante distraída. Hay que serlo para confundir un ojo con una pelotita de metegol. O una oreja con una galletita. El otro día, metió el pie izquierdo de Ojos en mi cajón de zapatos  y me retó por desordenado. Después me dice a mí que no presto atención.

O que no tengo disciplina: a ver si ella podría hacerme cumplir a mí un reglamento así. A que no podría.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s