Desde el Museo Vampirológico Nacional

 

Título: Crepúsculo

Autora: Stephenie Meyer

Género: mitológico

Formato: digital[1]

Este antiquísimo ejemplar llegó a la Biblioteca del Museo hace muy pocos años ─no más de ciento veinte o ciento treinta─ a raíz de una exitosa expedición realizada por nuestro equipo de investigación a un área de interés arqueológico y cultural: las ruinas  de Connecticut[2], que antaño formara parte de una esplendorosa nación (los Estados Unidos de América) perteneciente al ya desaparecido continente americano.

Dicha ciudad es uno de los pocos espacios que han podido ser explorados después del Tercer Hundimiento Universal ocurrido en el siglo XXVI, que acabara con la existencia de tantas especies animales y vegetales, y nos dejara innumerables dudas sobre nuestro pasado.

En estas ruinas se han encontrado interesantísimas reliquias que nos permiten reconstruir la vida de nuestros antecesores. Una de ellas, hallada en un pequeño dispositivo de almacenamiento[3] que utiliza la ─ya hace tiempo en desuso─ memoria flash para guardar información, es esta interesante historia de Stephenie Meyer que nos permite reconstruir la forma de vida de los vampiros en la antigüedad.

Excepto la familia Cullen y los tres cazadores que aparecen sobre el final del relato, la mayoría de los personajes en Crepúsculo son seres mitológicos, pertenecientes a la improbable raza humana que conocemos gracias a los cuentos de hadas.

Bella, la protagonista, es una humana adolescente de diecisiete años[4]  que se enamora perdidamente del joven Edward Cullen, personaje bastante realista aunque también un poco estereotipado[5].

Lo que resulta verdaderamente llamativo en esta historia no es tanto la presencia de la raza humana (sabemos que en la antigüedad,  realmente se creía en la existencia de estos seres físicamente parecidos a los vampíridaes pero con costumbres alimenticias francamente diferentes[6]) sino el hecho de que esta débil especie (en el supuesto caso de que realmente hayan convivido con nuestros antepasados) haya sido, en algún momento de la historia de la vampiridad, la raza fuerte del mundo. En efecto, en la historia que nos cuenta Stephenie Meyer, los Cullen son ─paradójicamente─ “los raros”. Y en este mundo del revés, los humanos no creen, para colmo, en los vampiros.

Así, se nos describe una sociedad llena de frágiles seres que ingieren extrañas sustancias para subsistir[7], se mueven en lentísimos vehículos como autos y bicicletas[8] y tienen extravagantes costumbres como circular por el mundo a plena luz del día.

En cambio, con la familia vampírica (los Cullen) podemos identificarnos claramente a veces: como nosotros, necesitan consumir sangre de otras especies para subsistir, no “duermen”[9] ni requieren alimentarse con exagerada regularidad (de acuerdo a este libro, los humanos comen entre tres y cuatro veces ¡diarias!, por más increíble que suene esto).

Observamos en los Cullen, sin embargo, algunas incongruencias que por momentos los vuelven tan inverosímiles como el resto de los personajes   de este mundo imposible inventado por Meyer[10]. Por ejemplo, resulta difícil imaginar que los vampiros puedan llegar a enamorarse de especies más débiles como la humana, por cuyos cuerpos circula un líquido plasmático, rico en hematíes, leucocitos y plaquetas, tan caro para nuestra subsistencia. ¿O acaso puede el oso hormiguero enamorarse de las hormigas?  Y del mismo modo, tampoco resulta convincente que, en días nublados, los vampiros puedan exponerse a la luz del sol como si nada (todos conocemos los daños irreparables de la radiación ultravioleta en nuestra piel termosensible).

Esta descripción un poco ingenua sobre nuestra raza es lo que nos da la pauta de que estamos frente a un texto claramente literario antes que científico ─mal que les pese a los muchos investigadores que todavía intentan demostrar que, aunque en épocas remotas, los humanos realmente existieron en nuestro mundo─ que de ningún modo nos serviría como punto de partida para un estudio vampirológico.

Sin embargo, aun careciendo de rigor científico, este libro nos permite acercarnos a los tiempos remotos: ¿en qué creían nuestros antepasados? ¿cuál era su modo de ver el mundo? ¿qué seres mitológicos poblaban sus fantasías, y cómo eran?

Crepúsculo es sin duda  un relato del género maravilloso, repleto de seres sobrenaturales y extraordinarios (como los humanos y el pequeño grupo de semi-humanos  representado por  los quileutes), que nos habla del sistema de creencias de una comunidad ya extinta entre nosotros. En este sentido, la literatura ─así como otras manifestaciones artísticas como la música, la pintura y la escultura─ es una llave para descubrir nuestro pasado. Gracias a libros como este podemos saber que los vampiros en la antigüedad eran suficientemente benévolos y tolerantes como para aceptar que el mundo estuviera en manos de una especie más débil. También que veneraban sus alimentos con pasión, al punto de que podían llegar a enamorarse de ellos[11]. Y que intelectualmente dejaban mucho que desear: según se cuenta en Crepúsculo, el maravilloso (¡irresistible! ¡encantador! ¡recontra seductor!) Edward Cullen repitió más de cien veces el último año de su colegio secundario.


[1] Aunque ciertos datos (la enumeración de páginas y la presencia de un índice, entre otros)  nos permiten inferir que en la antigüedad probablemente haya circulado una versión en papel de este libro.

[2] Coordenadas GPS: 41° 18′ 36″ N, 72° 55′ 25″ W

[3] Conocidos en la antigüedad por distintos nombres como pen drive o memoria USB.

[4] de acuerdo a la mitología, los humanos difícilmente alcanzan el siglo de vida. De ahí el hecho de que se considere “adolescente” a una criatura de apenas diecisiete años.

[5] Se insiste en el cliché de que los vampiros somos bellos, bellos, bellos; perfectísimos, invencibles y siempre seguros de nosotros mismos.

[6] Algunos investigadores los incluyen en la historia de la evolución refiriéndose a ellos como homínidos (hominidae), aunque no existen pruebas científicas que justifiquen esta apreciación.

[7] Se habla de “hamburguesas”, “pizza”, “papas fritas”, entre otros platos que aparentemente no contienen ningún tipo de líquido plasmático. Algunos investigadores insisten en que la fuerza de la raza homínida radicaba precisamente en su dieta diaria, pues no necesitaban ingerir sangre para subsistir. En algún momento de nuestra evolución, sin embargo, los humanos se habrían vuelto frágiles frente al entorno, razón por la cual probablemente se extinguieron. Hay que señalar, sin embargo, que jamás se han encontrado restos humanos por lo que una amplia parte de la comunidad científica considera todo esto como una superchería y sigue insistiendo en el hecho de que los humanos son seres mitológicos, y nada más.

[8] En nuestra sala de “Antigüedades de los siglos XX a XXII” pueden observarse algunas maquetas a escala de los medios de transporte utilizados por civilizaciones pasadas, si no de otras especies al menos pertenecientes a los vampi- sapiens, quienes según se ha comprobado no alcanzaban altas velocidades en la carrera ni eran hábiles para convertirse en mamíferos voladores como murciélagos, ni siquiera en las noches de luna llena.

[9] Término que remite a una experiencia metafísica y milenaria, practicada en la actualidad por algunos vampiros budistas, que absorben la energía del entorno mediante el descanso o desconexión de sus funciones vitales durante varias horas diarias.

[10] No solamente hablamos de la raza hominidae sino también de los quileutes (representados en el personaje del joven Jacob), antiguos pobladores del Norte del pacífico que, de acuerdo a algunos científicos, son el segundo eslabón perdido entre la raza humana (de la que, como dijimos, no quedaron vestigios) y la vampírica.

[11] existe una nueva corriente psicológica que se centra en el estudio de los datos del pasado para comprender las patologías de los vampiros de nuestros días. Así, se conoce como Complejo de Edward Cullen a la falta de apetito injustificado: el vampiro se niega a alimentarse a causa de que a un nivel inconsciente está amorosamente involucrado con la comida que está por consumir.

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