Y así empezó

 

─¡Vendo, vendo! ─grita Simbad─ ¡Vendo mi suerte para la aventura!

Está parado sobre un barril, en medio de Bagdad. La gente empieza a acercarse, curiosa.

─¡Vendo! ─grita Simbad─ ¡Vendo mi presencia y le aseguro un naufragio!

Todos empiezan a murmurar:

─¿Quién ese este insensato?

─¿Vende un naufragio, dice?

─¡Está loco de remate!

─¡Vendo, vendo! ─sigue insistiendo Simbad─ ¡Vendo mi mala suerte, de primera mano!

─¿Pero qué dice, hombre? ─lo interrumpe uno ─¿Para qué querríamos su mala suerte, a ver?

─Para viajar en un pájaro gigante. Y hacer equilibrio sobre una ballena. Y aventurarse en un barco pirata. Y conocer al temible anciano del mar ¿sabe que existe el anciano del mar? ¡De verdad: yo mismo fui su esclavo!

La gente empieza a hacer fila: Simbad, sin saberlo, acababa de inaugurar la primera agencia de “turismo aventura” que conoció el mundo, mucho antes de que empezaran a practicarse los deportes extremos.

 

 

 

 

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