El misterio de la gruta (leyenda aymara)

 

De camino a Guañacagua hay una gruta que está llena de sapos. Tienen los ojos tristes y el canto asustado. Y aunque nunca están quietos,  una cadena invisible parece sujetarlos a un pozo de agua dulce que está cerca de allí.

Aunque nadie sabe por qué, los varones no se acercan al pozo. Son, en cambio, las mujeres las que buscan agua y evitan ver los ojos de los sapos que, presos de la gruta, las miran fijamente como pidiendo socorro. Tristes, muy tristes miran esos ojos a todas las mujeres que se acercan al pozo.

Hay quien dice que aquellos no son sapos. Que hace mucho tiempo, cuando todavía era posible hablar con las estrellas, a la vera de la gruta vivía todo un pueblo.  Un pueblo con sus cultivos y sus rebaños; sus viviendas de adobe y sus preciosos patios. Un pueblo que el buen Waira acunaba con sus vientos cálidos y la Pachamama abrazaba como a hijos propios.

Cuentan también que eso fue antes de que un agua cristalina bajara por la vertiente de la montaña. Fue antes de que se estancara en el pozo maldito que antecede a la gruta. Por qué ha bajado el agua, nadie sabe. Tal vez los habitantes de aquel pueblo ofendieron a los dioses: ni las estrellas quisieron explicarles la razón del castigo.

Porque fue un castigo, aquel pozo. Un castigo que se fue llevando, uno a uno, a los varones más jóvenes del pueblo. Que dejó a los ancianos y a las mujeres solas, lamentando la pérdida de esposos, amantes, amigos, hijos valerosos.  Un castigo que derrumbó aquel pueblo antiguo, del que ya no queda siquiera un recuerdo de su sombra.

Cuentan que, al principio, una bella mujer desconocida se bañaba en esas aguas. Parecía lupaka, de aquellas prisioneras de los incas que antes rondaban por el Titicaca cultivando tubérculos y huano. Dicen también que se movía como si su cuerpo no tuviera ningún peso, con la misma suavidad que las totoras se dejan balancear por el viento del verano. Y los hombres la miraban extasiados, completamente perdidos en sus negros ojos. Y las mujeres, incluso las amadas esposas, nada pudieron hacer contra el hechizo del maligno ser.

 

Porque aquel ser era maligno y hechicero. Y así se fue llevando, uno a uno, a los varones del pueblo. Iban sumergiéndose en las aguas, fascinados por la aparición que los llamaba desde el centro del pozo (como si aquella voz no pareciera el graznido salvaje de una garza nocturna). Cuando ya no quedaron más varones en la aldea, las mujeres y los ancianos se marcharon para nunca volver.

No llegaron a ver cómo, uno a uno, fueron saliendo los sapos. Grandes, pequeños y medianos. Del color de los juncos. Del color de la tierra. Del color del agua. Sapos que todavía, después de tantos soles y tantas lunas y tantas lluvias y tantos vientos y tantas guerras, van saltando por aquí y allá sin alejarse nunca, porque una cadena invisible los ata al pozo. Y son tristes, muy tristes sus ojos.  Y un lamento atraviesa su canto.

Y aunque nunca más se volvió a ver a la lupaka cerca de la gruta, aunque de aquel pueblo primitivo no quedó siquiera el recuerdo de su sombra; de los pueblos vecinos solo se acercan mujeres. Algunas ni siquiera conocen la razón pero así van: solas. Como vieron ir a sus madres que así vieron ir a las suyas. Evitando, siempre, los ojos afligidos que las entristecen. Como si esa tristeza fuera propia. Como si esos ojos fueran su pasado. Y ellas pudieran recordar que en otro tiempo hubo un pueblo. De camino a Guañacagua, en la gruta.

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