El cofre de los muertos

Algunos tesoros valen más que otros. No importa si contienen piezas de a ocho o luises de oro. No importa ni siquiera el peso: hay tesoros valiosísimos que son livianos como los fantasmas.

Esta es la historia de un tesoro así. Un tesoro que nunca busqué y que vino directo del infierno. Y todo empezó una tarde como hoy, hace veintiséis lunas, en una sucia taberna de Port Royal, donde mi tío Claude ─jugando a los dados contra el capitán Barry ─ acababa de perder  un tocino frito y tres botellas de ron. El capitán estaba ya dispuesto a irse, cuando al bueno de mi tío se le ocurrió apostarme:

─Me queda mi querido sobrino, ¡no se vaya!

Yo quedé pasmado. Hasta aquel día mi tío me había llamado alcornoque, bruto, zopenco y mentecato… ¿Pero “querido”? ¡aquello sí que era nuevo!

El capitán preguntó si sabía leer.

Mi tío, que veía aquella extravagancia mía como un problema, no contestó y en cambio le aseguró que era buen fregón y mejor cocinero.

─¿Pero sabe leer?  ─insistió el capitán.

En cuanto supo que sí, echó los dados a la mesa: en menos de una oleada me ganó en la apuesta. Zarpamos esa misma noche y, entonces sí, se inició esta historia.   

Los días en el mar no fueron duros. Mientras mis compañeros zurcían velas, fregaban la cubierta o pelaban papas, yo tenía que tomar nota, con una bella pluma de ganso, de todo cuanto ocurriera a bordo de la goleta.

Al principio, apenas escribía un par de líneas por día: «Avanzamos cien yardas hacia el Sur», «Llevamos la pólvora a proa». Pero no tardé en darme cuenta de que el capitán reprobaba mi excesiva brevedad.

Entonces cambié de estrategia: empecé a llenar páginas y páginas  con el único objetivo de complacerlo. Y así contaba que habíamos visto un manatí mientras limpiábamos los arcabuces,  que la Alegre Roger ─tan brillante y negra y aterradora─ flameaba sobre el palo mayor,  que una gaviota se había posado sobre el bauprés sin preocuparse por nuestras risas. Llegué a copiar, incluso, varias de las sonsas retahílas que solíamos cantar:

« Hace tiempo que estoy en el mar

tan hambriento, ham ham ham

He comido cuero, insectos y ratas

y me comería ham ham ham

tu nariz con mocos,

tu dedo pulgar»

A pesar de mis esfuerzos, sin embargo, el malhumor del capitán no menguaba: «¡Maldita apuesta!», decía apenas yo terminaba la lectura en voz alta. Y de no ser por Antonino, yo habría terminado pelando papas como los demás.

El caso es que el infeliz de Antonino se cayó  al mar  y se ahogó. Y yo le escribí un largo y angustioso réquiem, que más tarde leí para todos en voz alta.

Lo que sucedió entonces es algo difícil de creer, pero tan cierto como que el diablo metió la cola en esto. Estábamos ensimismados, blandos por mis palabras que habían tocado la fibra íntima de nuestras almas, cuando la voz del difunto se escuchó ronca en los jardines de popa:

«hace tiempo que estoy en el mar

tan hambriento, ham ham ham…»

El capitán empezó a saltar de la alegría:

─¡Lo sabía, lo sabía! ¡El viejo Pete no mintió: ese cuaderno puede despertar a los muertos!

Y así me enteré de que mi bitácora era una reliquia. De que el capitán Barry la había ganado, como a mí, en una apuesta. De que había pasado años sin poder comprobar su autenticidad sencillamente porque él no sabía leer. Y lo más importante: de que yo tenía el poder de despertar una legión de muertos.

Siguiendo órdenes, escribí tantos réquiem como pude: invoqué a filibusteros que  habían muerto en el patíbulo, a fieros piratas que habían escondido cuantiosos tesoros en islas desconocidas, a crueles corsarios que nos mostrarían el camino hacia riquezas inimaginables e infinitas.

Pero fue en vano: como buenos muertos que eran, quienes venían del sitio de Davy Jones se mostraban completamente desinteresados por los bienes materiales. No tuvimos pista de ningún tesoro. Ni mapas.  Ni patentes de corso que nos garantizaran jamás morir ahorcados. En cambio, juntamos en nuestra goleta innumerables voces estruendosas que no dejaban nunca de cantar estúpidas retahílas. Noche y día. Día y noche. Sin parar.

Muchos de mis compañeros se tiraron al mar. El capitán se encerró en su camarote y desde allí gritaba como un loco:

─¡Por mi patrón Satanás, cierren ya esas escotillas del demonio!

Entonces volví a pensar en mi tío Claude. En que jamás habría tenido esta aventura de no ser por él y su extrema bondad. Y convencí a los muertos (hay que ver qué crédula es la gente cuando ya su vida no está en riesgo) de que el sonido de sus voces se perdía con el gorjeo de las gaviotas y el estruendo de las olas. Las  almas  entraron sin chistar en el cofre. Ninguna se quejó cuando cerré el candado.

A veces pienso en cómo serán los días (¡y las noches!) de mi buen tío Claude, si le habrá gustado la alegre retahíla que le envié, encerrada en un pequeño cofre. No podrá negarme qué fue un gran tesoro. Liviano como los fantasmas. Aunque, claro: también tan  bullicioso y molesto como ellos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s