Las chicas del campanario

Campanario

 

Esto ya no me gusta. Se suponía que antes de terminar el recreo íbamos a estar de vuelta y Sor Juliana no iba a sospechar nada. Subir al campanario, comer los sándwiches que robamos de la cocina, mirar qué pasa abajo, allá en la calle, y ya está. Diez minutos, máximo; pero no. La culpa es mía por hacerle caso a Susana.  Que dale, no seas miedosa y nadie se va a enterar, que total con el ruido del recreo ni se va a sentir la puerta del campanario.

Como si no conociera a Sor Juliana. Nos va a hacer escribir cien veces en letra de imprenta y doscientas en letra cursiva “No debo subir al campanario”. Y tendremos que hacer tarea extra hasta fin de año. ¿Y si nos expulsa? ¡Ay, si nos expulsa! Papá dirá que a cada rato me estoy metiendo en un lío distinto, que cómo no valoro su esfuerzo, que si yo no estoy pupila él no puede trabajar y que entonces qué comemos.

─Allá abajo pasa algo ─me dice Susana. Yo me pongo en puntas de pie y miro también por la ventana.  Las de primero están cruzando la esquina. Van con la Hermana Amelia.  Su cara parece una cáscara de nuez, de lo viejita que está.

─Es como una momia ─me dice Susana y empieza a imitarla, como siempre.

No sé por qué esta vez no me da risa.

─Ahí van las de segundo ─le aviso. Susana deja de hacer payasadas y vuelve a la ventana.

Le sugiero que gritemos.

─¿querés que nos expulsen? ─me contesta ella.

Y no, no quiero que nos expulsen. Ya me parece escuchar a Sor Juliana: «¿Por qué será que ustedes dos siempre se meten en líos?». Yo tengo la misma duda, querría decirle. Pero seguro no me va a dejar hablar. Y aunque no nos expulse, llamará a papá y me hará escribir cien veces en letra de imprenta y doscientas en letra cursiva… ¡y  tarea extra! Todos los fines de semana, ¡mis preciosos fines de semana en casa!, calcando mapas con tinta china y haciendo cuentas con decimales y escribiendo al Padre Nuestro para que nos ayude a portarnos mejor.

─¿Y ahora qué hacemos?

─Esperar.

Nos sentamos en el piso. Jugamos al veo-veo. Pero todo es gris en el campanario. Es aburrido  así: mejor volvemos a la ventana.

Ya salió todo el colegio: la esquina está llena de hábitos y uniformes  grises. Solo la Hermana Hilda, que aún no se ordenó,  está de blanco.  Todas miran el edificio pero nadie el campanario, por suerte.

─¿Me parece a mí o Cristina está llorando?

Entrecierro los ojos para ver mejor, estamos lejos. Cristina, Cristina, Cristina ¿dónde está Cristina?

─A Cristina no la veo ─le contesto─. Pero Anita sí está llorando. Y Claudia. Y Eloísa. Y Adela y Josefina y Norma y… Y Cristina ─entonces por fin la veo─ también está llorando. Esto ya no me gusta. Mejor vamos ─le digo.

Susana me sugiere que solo baje una, por el ruido. Tiene razón: los escalones chillan demasiado y ya no está el bochinche del recreo para esconder los pasos. Y una vez abajo, la puerta: su chirrido  se escucha desde el aula.

Nos sentamos otra vez en el piso:

─A-pe-tei- sem-brei-mama-mei-sur- ti- buri- buri- buri- yac.

¡Siempre me toca a mí! Pero no importa, en realidad prefiero bajar yo. Susana está demasiado asustada ahora. Menos mal que no quedó nadie en la escuela, que si no estos escalones… Al pensar en esto, piso más fuerte. Ni siquiera la puerta se va a escuchar desde la esquina. Pero antes de poner la mano en el picaporte escucho una sirena y a Susana que me grita. En tres pasos vuelvo a subir.

No sé en qué momento nos quedamos dormidas. En la calle no queda nadie. ¿Desde cuándo hay tanto tráfico?

─Esto es muy raro ─me dice Susana─ ¿Será que pasamos toda la noche aquí?

A veces me parece que estamos encerradas hace años. Yo cada tanto vuelvo a bajar por la escalera chillona. Muevo el picaporte, y nada.  Pateo la puerta suavecito, y nada. Más fuerte, y nada.

Susana llora todo el tiempo. Tanto que se hacía la valiente al principio, ahora ni se quiere acercar a la ventana.

─Pusieron una panadería enfrente ─le cuento─, y un semáforo.

Pero no me da bolilla. A veces, eso sí, me acompaña a abajo. Y también escucha cuando los chicos hablan de nosotras del otro lado de la puerta, en el recreo:

─Es verdad. Mi tía era alumna de esta escuela, fue hace como treinta años.  Lo primero que se incendió fue  la cocina, y después todo lo demás. Nadie sabe cómo esas chicas llegaron al campanario. Al otro día las encontraron ahí adentro, muertas: estaban completamente calcinadas.

─Sí, sí, es cierto. Una se llamaba Susana: mi abuela la conocía. ¿Y será verdad lo de sus fantasmas? Dicen que  se escuchan pasos en la escalera. Y que a veces se mueve el picaporte.

─Y que alguien patea desde adentro, primero suavecito y después fuerte.

─Sí, sí: yo lo oí a don Alfredo hablando con la directora. Le decía que ya no quería limpiar el campanario; que había voces ahí, y que lloraban.

Susana me mira, desesperada. Yo subo los hombros: por lo menos no la tuvimos que escuchar a Sor Juliana.

─Juguemos al veo veo ─le digo. Y subo corriendo las escaleras.

 

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