La maldición de Clarita

momia

La aparición de la momia lo cambió todo. Y cuando digo “todo” quiero decir todo: las medialunas de Amapola ahora son más ricas; papá empezó a escribir un libro y mamá ya no suspira; Tabaré se la pasa hablando y, lo que es todavía más raro, ¡todo el mundo lo escucha!

            Y eso sin contar que salimos como diez veces en la tele, que vinieron un montón de periodistas y el hotel Nuestra montaña pudo volver a abrir. Estrenó ventanas y se recubrió de adoquines, todas las habitaciones se pintaron y los canteros se llenaron de flores. Y ahora no lo atiende solamente don Felipe sino también los tres hijos y las tres nueras; y una hermana de Amapola y los tíos de Emanuel.

            ─Es hasta que pase la novedad ─decía al principio don Felipe─. Pero hay que aprovecharlo ¡después de tanta malaria!

            Y tenía razón, porque antes en este pueblo no pasaba nada. Alguna vez, cada tanto, un auto que llegaba con montañistas. Pero era tan “cada tanto” que al pobre Felipe tener el hotel abierto no le rendía.

            Así que hubiera sido un acto de cobardía no intervenir cuando llegó ese Gregory  a aplastarnos la alegría. Vino con su risa de supervillano, su camisa floreada, su diploma de la Universidad de Michigan y la estúpida idea de llevarse a Clarita (ah, sí, le puse un nombre: me daba cosa decirle “momia”)  a no sé qué museo donde tienen la tecnología para conservarla mejor.

            Porque hay que explicar que Clarita no es como esas momias que aparecen en las películas. Nadie le metió natrón para deshidratar el cuerpo, ni le sacaron sus órganos vitales, ni la cubrieron con vendas de lino. Fue la naturaleza la que se ocupó: Clarita se congeló y por eso su cuerpo se ha conservado intacto a pesar de que está muerta hace quinientos años.

            La encontraron en la montaña del norte, que en realidad es un volcán de esos que se apagaron hace mucho tiempo y por el que ya nadie se preocupa. Tenía un tocado de plumas, una túnica amarilla, unas sandalias de cuero y un montón de figuras hechas en oro y plata que, según Tabaré, fueron su ajuar mortuorio.

            Porque Clarita no se murió así nomás. No es que iba caminando distraída y se cayó en el volcán. La metieron ahí a propósito y ella estuvo de acuerdo con eso. Fue un regalo para el volcán o para la Madre Tierra, no sé: la cosa es que la sacrificaron para que la naturaleza después estuviera agradecida con su gente y los tratara bien.

            Y aunque esto pueda parecer ya suficientemente impresionante, lo que a mí más me impactó fue su cara de desesperación: Clarita tenía la boca entreabierta (Tabaré dice que se murió pegando un grito)  y la cabeza medio levantada, como si no hubiera querido mirar lo que pasaba a su alrededor en los últimos minutos.  Y creo que empecé a identificarme con ella (a desesperarme, digo)  justo en el momento en que ese Gregory llegó para sacrificarnos a todos. Y entonces se me ocurrió, y empece el rumor:  «Dicen que una maldición caerá sobre el profanador».

            Nunca pensé que iba a difundirse tan rápido: a las pocas horas ya estaba todo el pueblo revolucionado. Tabaré fue el más preocupado, porque él había ayudado a los montañistas cuando bajaron a Clarita y además es descendiente de aborígenes por lo que pensó que lo suyo podría ser tomado como una imperdonable traición. Yo lo tranquilicé diciéndole que seguro que no, que para ser profanador tenés que ser extranjero, pero no sé si se convenció.

            El que, en cambio, se mató de risa fue Gregory. Dijo que todos éramos unos supersticiosos y que eso de las maldiciones y las momias solo existe en las películas. Pocos días después, sin embargo, iba a cambiar de idea.

            Lo primero que pasó fue que su cama se llenó de arañas. Y, como según parece, él es alérgico, se hinchó como un pez globo. No voy a decir que me alegró que tuviera que salir corriendo al hospital, pero eso nos hizo ganar unos días. Después fue lo del auto: nadie se explica cómo el poste de luz cayó justo sobre el capó del coche que había alquilado. Y siguieron: el incendio de su habitación (aunque esto también lo lamentó Felipe), el extraño virus que lo dejó pelado y, por último, el llamado de su mujer que desde Michigan lo amenazaba con abandonarlo para siempre si no volvía de una vez con su familia y se olvidaba de esa momia maldita.

            La verdad: yo ni había pensado en llegar tan lejos. Como mucho, se me había ocurrido ponerle sal en el café y desarmarle la cama. Por suerte Clarita sabe espantar mejor a sus profanadores.

            Al principio pensé que lo de las arañas había sido una hermosa casualidad y lo del poste, bueno, ya una señal de que el universo estaba de acuerdo conmigo. Con el incendio y el virus sospeché que una fuerza ancestral tal vez me estuviera ayudando, pero recién me convencí cuando Tabaré sugirió devolverla al volcán. Mientras la subían, vi cómo se borraba el grito de su boca. Y lo juro por las medialunas de Amapola que son las más ricas que yo probé jamás: no solo me miraba a los ojos, Clarita también me sonreía.

 

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