La cicatriz

mano en tumba

Mis primos antes vivían enfrente al cementerio. No un cementerio de paredes altísimas, bóvedas polvorientas, lápidas con verdín y rosas marchitas en los floreros. No, el cementerio que estaba frente a su casa no se parecía a esos que se ven en las películas de terror.

Era un cementerio parque; con el pasto recién cortado, flores en los canteros y un montón de árboles hermosos.

Hasta aquel día, a mí nunca me había resultado aterrador. Tal vez porque el mangrullo de ladrillo con techo de tejas que estaba justo en la entrada me hacía acordar a esas casas lujosas rodeadas de pinares que hay en algunos barrios de la costa Atlántica.

O tal vez porque antes las historias de terror me parecían tan improbables como los cuentos de hadas.            Antes, cuando yo no sabía lo que era el miedo. Cuando aquel cementerio estaba lejos de mis pesadillas y dormir en la casa de mis primos era una  aventura que me gustaba repetir.

Aquel fue el último día que dormí en esa casa. Y por suerte al poco tiempo mis primos se mudaron a otra casa más linda, con un aro de básquet y ningún cementerio enfrente que me recordara que ya no me gustan las historias de miedo.

Habíamos armado la carpa en el patio de adelante para que mi tía pudiera vernos desde la ventana de su cuarto. Como además Luna nos cuidaba desde su cucha,  no había ninguna razón para sentir miedo.

Mientras Santi iluminaba la revista con su linterna,  Mili nos leyó un artículo que por el título nos pareció aterrador: “La verdad científica sobre los zombies”.

Pero no nos asustó ni un poco.  Hablaba de la magia vudú, del bokor que ─para los haitianos─ es una especie de hechicero que puede zombificarte. El proceso es así: con una droga oculta tus signos vitales para que tu familia te dé por muerto y te entierre. La falta de oxígeno aniquila las células cerebrales  pero en el momento justo el bokor te desentierra y con otra droga se asegura de que no recuerdes nada de tu vida anterior.

Al parecer la zombificación fue una práctica muy común en Haití  cuando se abolió la esclavitud: era una forma de conseguir esclavos para las grandes plantaciones de azúcar, que trabajaban sin reclamar su libertad.

En un recuadro aparte se hablaba del cine: el aspecto de esos zombies-esclavos-reales (caras inexpresivas, miradas fijas sin párpados y movimientos perezosos) habría inspirado a los genios de Hollywood. O sea: los cuerpos putrefactos, la sangre, la masa encefálica chorreando por la cabeza (lo mejor que tenían los zombies) era un invento del cine.

─Esa revista es una porquería ─dijo Serena y propuso que mejor nos contáramos chistes.

No sé en qué momento nos quedamos dormidos ni cuándo fue que me desperté por aquel zumbido.

Lo que pasó después se vuelve confuso. Solo recuerdo un montón de imágenes desordenadas (yo cruzando la calle y llegando al cementerio, Luna mordiéndome los pasos, una sonrisa blanca, una casilla de chapa). Y ruidos, sobre todo recuerdo los ruidos. Mis pisadas en el pasto recién cortado, la frazada arrastrándose sobre las tumbas y ese zumbido maldito que se iba volviendo más fuerte cada vez.

No sé qué fuerza extraña me hizo caminar como un autómata hasta la casilla. Una  sucesión de palabras en mi cabeza me daba órdenes: Puerta. Picaporte. Abrir.

Adentro, un hombre de sonrisa blanca y la piel más oscura que un chocolate en barra, me ofreció un líquido azul. Lo hubiera tomado de no ser que Luna se interpuso. Cuando el hombre gritó «¡Maldito perro!» algo en mi mente se conectó y comencé a correr.

Los pasos de mi perseguidor estaban cada vez más cerca. Otra vez sentí el zumbido pero no me dejé engañar y traté de concentrarme en los ruidos que venían de afuera: un colectivo que frenaba en la calle, una radio encendida, el ladrido de un perro.

Hasta que tropecé. Mis manos se hundieron en la tierra húmeda y aunque no había lápida ni flores marchitas, aunque todo alrededor fuera parque, entendí que estaba sobre una tumba. Quise levantarme pero algo me sujetaba por el tobillo izquierdo. Una mano invisible que me arrastraba hacia adentro. Y aunque recuerdo a Luna moviendo su mandíbula no escuchaba sus ladridos sino los latidos de mi propio corazón.

«¡Maldito perro!» volví a sentir a mis espaldas cuando Luna me mordió la remera y empezó a tironear. Sentí que la mano empezaba a soltarme y de una patada me deshice de ella.

–¡Vamos, Luna! –grité y empezamos a correr hacia un grupo de personas que aparecieron de la nada. Descubrí que no nos ayudarían cuando ya era tarde: las caras inexpresivas, las miradas fijas sin párpados, los movimientos perezosos. Una mano negra se apoyó en mi hombro. Y me desmayé.

Me desperté en la carpa. Y hubiera creído, como los demás, que todo había sido un  sueño, de no ser por un par de detalles. Lucas me señaló el primero:

–¿Qué hiciste, nene? ¡Mamá te va a matar! ─Me mostraba la remera desgarrada, como si una fiera salvaje la hubiera masticado hasta saciarse. (¿O como si Luna me hubiera salvado, con ese gesto, la vida?).

Y lo más espeluznante: la marca en mi tobillo izquierdo. Cuatro líneas por delante y una por detrás que se extienden en forma de tobillera. La cicatriz de cinco dedos huesudos que me acompaña desde entonces y está ahí para recordarme, indeleble y maldita, mi fatídica noche en aquel cementerio.

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