Una buena pregunta

Cuando me cambié de colegio, les dije a todos que me llamaba Agustín. Fue lo que me salió cuando la maestra me hizo pasar al frente.

Ella me miró y volvió a revisar el registro, pero no dijo nada. Supongo que entendió mi traducción  y aceptó llamarme así: Agustín. Aunque mi nombre, ella sabía, era otro.

Nos habíamos mudado, por suerte, del viejo barrio y así fue fácil empezar de nuevo. De a poco me fui alejando de todas las palabras que me lastimaban: Erratzu y los Pirineos y el dragón de Herensurge y la cueva de Abauntz.

No es que no me gustaran las historias de amama. Al contrario: me hacían pensar demasiado en papá. Eran historias con olor a cuajada, porque la abuela siempre me las contaba en la cocina. Y el olor a cuajada por esos días me ponía muy triste.

─¡Vasco tenías que ser! ─me dijo mamá en cuanto se enteró de todo─ ¿qué tiene de malo tu nombre, a ver? No, si a vos se te mete una idea en la cabeza y sos igual a tu padre…

Justo lo que no quería. Otra vez hablar de papá. Y mamá no me lo hacía fácil, había llenado la casa de fotografías. Y me cargoseaba todo el tiempo: “Dale, preguntame lo que quieras. No podés hacer de cuenta que nunca existió”.

Claro que no podía. Si todo el tiempo nos estaba visitando alguien. Y la gente llegaba y me acariciaba la cabeza. Y qué tal la nueva escuela. Y encima tener que cambiar de barrio. Y vender el auto. Ay, qué injusta a vida. Con lo bueno que era el vasco, decime. ¡Y esa vocación que tenía él! Y fuerza, que la vida sigue. Y avisame cualquier cosa ¿querés? Lo que sea, si puedo ayudarte en algo.

Por eso me gustaba más Agustín.  Como no estaba acostumbrado a que me llamaran así, era como si de golpe me hubiera convertido en otro chico. Como si yo no fuera yo;  y lo más importante: como si lo que había pasado, no hubiera pasado en absoluto. Nadie en la nueva escuela sabía nada de papá. Nadie me acariciaba la cabeza ni repetía: “Con lo bueno que era el vasco, decime”. Y así era más fácil olvidar.

O eso me pareció, hasta que vinieron los del cuartel voluntario a la escuela. A mi grado vino uno vestido de bombero. Y empezamos a hacerle preguntas, cualquier pregunta. Nosotros levantábamos la mano y la seño nos iba diciendo a quién le tocaba hablar. ¿Cómo fue tu primer incendio? ¿Cuántos años tenías cuando entraste al cuartel? ¿Y estuviste alguna vez en peligro? ¿ya salvaste a alguien? Yo qué iba a imaginarme que mi pregunta iba a ser mucho más importante que todas esas. ¡La más importante fue!

─Vos, Agustín─ me dijo la seño. Y entonces le pregunté por qué se hizo bombero.

─Fue por un profesor que tuve en el secundario ─empezó a contar él─: Aberazturi. Un vasco macanudo. Mi viejo esperaba que yo estudiara, no sé, alguna carrera que me fuera  a dar más plata. Si hubiera sido por él, yo habría terminado en una oficina. Con más plata pero en una oficina. Si tuve el valor para plantarme y decirle que no, fue por el vasco. “Si es lo que vos querés, ni se te ocurra aflojar”. Así me dijo el vasco. Y en una de las peleas, me acuerdo, le conté a mi viejo de esa conversación. “¿Vas a desperdiciar tu futuro por un vasco cabeza dura? ¿Bombero, me lo decís en serio? ¡Bombero! ¡Como si no pudieras ser algo mejor!”, me gritó él. No me lo olvido más.

Cuando el bombero llegó a esa parte, ya casi nadie escuchaba. Estaba por tocar el timbre, y todos empezaron a guardar. Yo no. Yo no tenía ningún apuro para volver  a casa. Y el bombero, según parecía, tampoco. Siguió hablando como si nada. Siempre mirándome a mí, porque yo era el había hecho la pregunta. O era el único que escuchaba. O se imaginaba lo que iba a pasar, no sé.

─Al final mi viejo terminó dándole la razón a ese vasco cabeza dura. Porque a los pocos meses de entrar al cuartel, salvé una vida por primera vez. Y mi viejo, que no es un tipo al que le salgan decir estas cosas, me dijo casi llorando: “No podría sentirme más orgulloso de vos”. Imaginate mi emoción cuando me dijo eso. Y todo se lo debo a ese profesor. Mirá vos si no hiciste una excelente pregunta, Agustín.

─En realidad ─le aclaré. Se lo aclaré a todos─, me llamo Agosti. Agosti Aberazturi.

Al bombero se le llenaron los ojos de lágrimas:

─¿Sos el hijo del vasco, vos?

Y entonces tocó el timbre. Y a mí me vino como un olor a cuajada que, por primera vez desde el accidente, no me puso tan triste. Y tuve ganas de volver a casa. De hacerle a mamá un montón de preguntas que tenía atoradas en la garganta.

Anuncios

4 comentarios en “Una buena pregunta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s