Accidente fatal (leyenda urbana)

La historia es conocida entre los camioneros. Y aun cuando entiendo que puede tratarse de una superchería de esas que se cuentan por aburrimiento o por ignorancia,  he llegado a soñar con la mujer.

No, jamás la he visto. Pero sé que es ella: con sus jeans ajustados y sus botas salteñas; la camisa a cuadros anudada bajo el pecho; el colgante con la mariposa; el cabello semiatado, ondulado y cobrizo; la nariz respingada y las pecas y las largas pestañas y los ojos grises.

Es ella. Y en mis sueños aparece tal como la vio Román aquel amanecer lleno de bruma. Con la respiración agitada y el ojo izquierdo entrecerrado por la contusión. El mechón pegoteado en la mejilla, y la sangre  ─tan fresca─ perdiéndose en el cuello.

Cada vez que paso por el cruce de Acheral, cuando apenas se asoma el desvío a la 307, me distraigo buscando a la mujer de mis sueños, que desconcertó a Román y sigue animando nuestras charlas en los encuentros fortuitos que nos depara la ruta.

Desde que conozco la historia, no puedo andar por la vieja traza de la 38 ─la que llaman (¡curiosamente!)  “ruta de la muerte”, la de las rastras cañeras  y la trocha angosta─ sin ponerme a contar las grutas que se van sumando. Los pañuelos rojos, las imágenes, las notas, las velas, las flores, las botellas, los crucifijos. Y no solo a la altura de Acheral, frente al desvío de la 307, donde Román vio a la mujer: los sombríos santuarios que los vivos levantan en memoria de sus muertos van sembrándose a la vera del camino como una plaga de yuyos que es imposible parar. Me pregunto cuántas historias habrá, como esta. Cuántas que nunca se han contado. ¿Cuántas?

No sé si conocí a Román personalmente. Tengo idea de haberlo visto, hace dos o tres años, en un parador de El Sacrificio. Pero solo son conjeturas, claro.       El tipo era tal cual como me cuentan: alto, bastante serio, canoso pero no muy viejo. Recuerdo que le pedí fuego y le dije algo del clima (si la memoria no me falla, se había desbordado el Colorado y estaban evacuando algunos barrios de Bella Vista) y él me alcanzó el encendedor sin decir nada.

Si no fuera porque la historia me la contaron después, le hubiera preguntado por esa canción del tipo que va en la ruta, la que Canta Cantilo pero es de Sueter. Porque es raro, cada vez que cuento esta historia, siento en mi cabeza esa versión: Amanece en la ruta, no me importa dónde estoy, me he dormido viajando… Y siempre me pregunto si estaría sonando en el estéreo de Román esa mañana. Si realmente todo sucedió como lo imagino: el sol saliendo entre los cerros, unas pocas nubes rosadas y los ojos de Román atentos al asfalto.

Y ella, de pronto, cruzándose en su camino.  Y él soltando el acelerador, poniendo su mano en la palanca de cambios y activando las balizas.

La historia es tan nítida para mí, tan clara que puedo verla: la mujer renguea, estira las manos como un zombie. El pelo está húmedo y pegoteado sobre la mejilla. A Román le lleva unos segundos darse cuenta de que está sangrando. Es hermosa, sin duda, pero no es el momento para pensar en eso.

─¡Por favor, ayuda! ─La voz parece de cachorro herido. Román pisa el freno y el camión se detiene, por fin, completamente.

─¿Qué pasó? ─él habrá preguntado, sin ninguna duda.

─Mi bebé. Por favor, mi bebé ─Y en esta parte de la historia, me imagino que Román la abraza para consolarla, que los dos permanecen ajenos al mundo que los rodea, que el tiempo está detenido y la canción sigue sonando en el estéreo: Ya no sé si el cielo esta arriba, abajo o dentro de mí.

            Un instante después ella le cuenta todo. Que era de madrugada cuando salieron de Tafí, que el niño duerme en el auto mejor que en una cuna. Que no le asusta manejar de noche; que así evita las rastras, que van lento.  Y que no, que no tiene a nadie que la acompañe; que es madre soltera pero no le importa porque así están bien.

Siento su voz quebrándose al contar que el auto se ha desbarrancado, la pausa larga antes de decir que el niño sigue adentro; que viene a pedir ayuda porque lo intentó, Dios sabe que lo intentó, pero no pudo sacarlo.

─Mi bebé. Por favor, mi bebé ─Y los dos se suben al camión y Román da un giro y toma la 307.  Y mientras van andando  ella le cuenta que no sabe cómo pasó. Que de pronto vio el precipicio pero no pudo evitarlo. Que fue un segundo pero eterno, que llegó a rezar una oración. Por el niño, que es toda su vida. Que nada más pidió: Mi bebé. Por favor, mi bebé.

A veces me parece que estuve allí con ellos, en el camión de Román. Que, como él, vi sus dedos temblorosos jugando con el colgante, llevando la mariposa hacia aquí y hacia allá, mientras el camión seguía avanzando hacia el lugar donde esperaba (vivo o muerto) el pequeño.

Y me siento un poco enamorado de esa mujer que fue capaz de sacudirse el miedo para cruzar una ruta imposible y poder pedir ayuda. Me conmueve su desesperación, su amor incondicional e inquebrantable que le hizo dejar a un lado su propio dolor:

–Mi bebé. Por favor, mi bebé.

Como si ella misma no se hubiera desbarrancado, también, en ese auto. Como si no le dolieran las articulaciones, ni sintiera la tibieza de la sangre que le empapa el cuero cabelludo y va bajando, como manantial, para perderse en el cuello.

Me imagino a Román insistiendo en llevarla al hospital y escucho su voz dulce, de cachorro herido:

─No. Primero el niño.

¡Primero el niño! Porque es toda su vida, sí. Porque ahora sabe que ese amor de las películas, ese que no conoce obstáculos y es capaz de desafiar hasta a la misma muerte, existe de verdad. Vive en los ojos del hijo que estará necesitando su regazo ahora; su voz dulce y de cachorro herido cantándole una nana y diciéndole ya está. Porque ya pasó, mi amor, ya pasó todo.  Y acá está mamá. Y para siempre, está.

Y a pesar de que sin duda tardaron en llegar al barranco, imagino la canción todavía sonando en el estéreo, como si al terminar la pista hubiera vuelto a empezar: Y aunque el paisaje sea tan extraño creo haber estado aquí.

Y los veo bajando del camión. La escucho a ella diciendo:

–Por allá, por allá.

Y hay un gesto de sorpresa en el rostro de Román cuando ve el auto, 800 metros (¡o más!) por allá abajo. Es un camino empinado y tiene que sostenerse, como puede, de los arbustos que crecen entre las piedras. Mira hacia atrás para buscarla a ella y entonces se da cuenta de que no lo sigue.  ¿Estará bajando por otro lado? No importa. La encontrará allá abajo y una vez que puedan sacar al niño (¿vivo o muerto?) ya verán de subir por donde sea mejor.

Faltan cien metros; ciento veinte, acaso. El camino se va poniendo horizontal y a medida que va pisando firme, Román apura el paso. Vuelve a mirar hacia atrás pero sigue sin verla. Se pregunta si ya estará en el auto. Si acaso tiene miedo de enfrentar la verdad.

Porque la verdad puede ser terrible. Y Román sigue adelante porque es capaz de hacerlo. Puede sacar al niño del auto, aunque esté muerto. Puede ponerlo en brazos de su madre, para que se despida.

Pero de pronto (¿será posible?) se escucha el llanto. Y Román corre como si su vida se le fuera en ello. Corre y se tropieza y se levanta y solo se preocupa por llegar. Porque el niño llora, ¡llora!

El auto está sobre dos ruedas, ligeramente inclinado. Román es alto: mira por la ventanilla sin siquiera ponerse en puntas de pie. El sol ya está saliendo y el reflejo lo obliga a hacer sombra con las manos. Y lo ve.

El niño llora, sí. Está muy colorado por la inclinación, pero está bien. Román jala la palanca y abre.

–Tranquilo, bebé. Tranquilo.

Desabrocha el cinturón y sujeta, con cuidado, la cabeza. El niño deja de llorar. Mira por encima de él. Y sonríe.

Entonces Román piensa en la mujer. En lo feliz que estará cuando lo sepa. Piensa también en su cabeza malherida, en la sangre por el cuello, en el golpe. Y cuando está arrepintiéndose por no haberla llevado al hospital, justo un instante antes de darse cuenta de todo, una brisa helada lo penetra.

Y la canción allá arriba, en el camión, sigue sonando: Dónde voy, dónde estoy, quién soy yo.

Vuelve entonces hacia el auto maltrecho, movido por un presentimiento del que no es consciente.

–¿Qué demonios…? ─dice, porque fin la ve.

Siente náuseas del horror y cae, desplomado, sobre sus rodillas.

El niño sigue sonriendo porque lo ignora todo (¿o porque sabe todo?). Y en esa sonrisa se va cifrando el espanto y Román, de a poco, comienza a entender. Y ahora todo es una luz tan clara: la canción se va apagando en el estéreo.

El parabrisas está astillado. La sangre se ha colado por las rendijas que se dibujan en el cristal roto. Ella está sentada frente al volante, sostenida por el cinturón de seguridad,  con la cabeza inmóvil y el pelo revuelto. Román abre la puerta del auto y le busca el rostro. Corre con suavidad el cabello cobrizo y ondulado,  ve la sangre que ahora está reseca. Y las pecas y las largas pestañas y el colgante de la mariposa. Y adivina los ojos grises que se esconden en sus párpados cerrados. Muertos.

Porque esa mujer –esa misma mujer con la que estuvo hasta hace unos minutos─ está muerta ahora. Y estaba muerta también cuando la encontró, cuando los dos se abrazaron y ella se subió al camión para poder señalarle en dónde estaba el niño.

          Ese niño que ahora está a salvo en brazos de Román, para que todo cobre sentido. Para que  la aurora siniestra y perturbadora se convierta en escenario de una historia más simple y más hermosa: una madre que ama. Un hijo que sobrevive. Un hombre que hace posible el milagro.

Porque la muerte no siempre viste de negro ni amenaza con su guadaña. A veces puede ser bella, usar jeans ajustados y una camisa a cuadros.

A veces, puede ser el preludio de una historia de amor

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2 comentarios en “Accidente fatal (leyenda urbana)

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