La mancha en el vestido (leyenda urbana)

 

La historia del carnaval ya la conocía. Mi mamá me la contó una vez, apenas empecé a venir al club. Entonces dejé de decirle “vieja loca” a Charo, aunque nunca abra las persianas ni converse con nadie. Es increíble cómo a veces la fatalidad se ensaña con algunas personas. Porque a esa mujer sí que le pasaron cosas. Primero, lo del marido, que murió en el incendio de la fábrica. En la misma semana lo de sus padres, que chocaron de frente con un camión de gallinas. Después la hija más chica, que se pescó la tifoidea. Mamá dice que la enterraron en un cajoncito blanco, que nunca fue a un entierro más triste, en toda su vida. Y encima, lo del carnaval.

¡Como para no volverse loca, pobre Charo! Es lo que les dije a los chicos, mientras jugábamos al metegol en el club, sin saber que don Hugo nos estaba escuchando.

A don Hugo le encanta contar historias de miedo. A veces son películas, yo sé. O libros que leyó, como Frankenstein. Pero  mis favoritas son las otras, las que pasaron de verdad, en el pueblo. Mamá dice que esas también son macanas, porque don Hugo se deja llevar por lo que está contando: repite exactamente lo que dijeron y sabe lo que piensa y lo que siente cada una de las personas que nombra. Y eso, dice mamá, solo pasa en literatura.

Como sea, me quedo mil veces con la versión de don Hugo. Porque para él, Charo no se volvió loca aquel carnaval, sino un año después. Cuando vinieron  esos chicos desde Giles o San Vicente (no se acuerda bien) a una matiné que se organizó acá en el club. Mi mamá se acuerda de ese día. Se acuerda incluso de Joaquín, que es el que inventó toda esa historia con Leti.

Mamá dice que la inventó. Don Hugo piensa distinto:

–Algunos creen que el chico andaba medio entonado, que por eso se hizo la película él solo. A mí, la verdad, no me parece. ¿Si no cómo se explica lo de la campera? Y peor ¿lo de la mancha? La cerveza a lo sumo te deja una resaca, no señales contundentes, como fueron esas dos. Y yo estoy seguro de que la pobre Charo se volvió loca, precisamente, porque le creyó. Le creyó cada palabra a ese muchacho. ¡Pobrecita! ¿Quién podría culparla?

El pibe estaba hasta las manos. ¿Cómo no, si Leticia era una muñeca? Igual que su madre cuando era joven: Charo nos tenía a todos medio embobados. Es en serio, no se rían.  Ahora la ven así, vieja y loca; con el pelo grasoso y la ropa sucia ¡Ah, pero era de linda en el pasado!

La cosa es que este chico, Joaquín, estaba seguro de que en esa fiesta había conocido al amor de su vida. Pensaba, también, que Leti lo correspondía y no dudó en decirle a todo el mundo que era su novio. ¡Su novio! Contó tan minuciosamente todo, dio detalles tan personales, que algunos empezaron a creer. Sabía que estaban solas, con Charo, desde hacía seis años. Que su padre había muerto cuando era chica, seis días antes que sus abuelos; que su hermanita había enfermado de repente y no pudieron salvarla. Habían hablado también de música: sabía que a Leti le gustaba Rick Springfield y también que soñaba con ver a Miguel Abuelo, en un recital en vivo.

También contó que se besaron bajo la parra, en el patio de acá atrás, frente a la canchita. Que estuvieron tomados de las manos mientras miraban el cielo, estrellado y azul. Que ella le dijo, incluso, que hacía tiempo que no se sentía así, tan enamorada y tan viva. Y él también: ¡él también se había enamorado así, de repente y a primera vista! Porque era la chica más hermosa del universo entero y podría haberse quedado hablando con ella para siempre, con tal de que el tiempo no pasara y no tuvieran que separarse nunca más. Leti, Leti, Leti, nada más que Leti era el mundo aquella noche, para él.

Y salieron del club y caminaron alrededor de la plaza. Y se sentaron bajo el ceibo y se besaron otra vez.  Y antes de la medianoche, caminaron por la calle 3, hasta la confitería. Y tomaron un helado: de chocolate, ella; de frutilla, él. Y absortos como estaban, mirándose a los ojos, ella se manchó el vestido.

Era blanco, el vestido. De brocado francés, Charo había comprado la tela al poco tiempo de casarse en Gath y Chaves, una tienda grande de Buenos Aires. Y la había olvidado en el placard, hasta aquel verano maldito en que Leti la encontró, justo cuando faltaban tres días para la comparsa.

–¡Me encanta, ma! Quiero un vestido –cuenta Charo que le dijo Leti y ella en una noche, nomás, se lo cosió. Lo hizo corto, como se usaba, por encima de las rodillas, y le agregó un lazo lila que se cruzaba por delante de la cintura y se ataba atrás.

Don Hugo hizo una pausa y a partir de entonces la historia empezó a tener otro ritmo, como si ya nadie la estuviera contando y una voz en off nos hipnotizara para llevarnos a allá. Al momento preciso en que Leti le decía que aquel año el carnaval terminó mal y se suspendió la comparsa y que entonces recién ahora estaba usando el vestido por primera vez. Y qué pena tan grande mancharlo de esta forma.

Mientras la escuchaba hablar, Joaquín miraba sus dedos finos envueltos en la servilleta, que no dejaban de frotar la mancha aunque era obvio que de nada servía: los hilos plateados que iban subiendo como raíces por el escote se veían como a través de un vidrio esmerilado de color marrón.

La mano de él, entonces, cubrió la de ella. Con cuidado, se deshizo de la servilleta y le besó la punta de los dedos que sabían a helado. Joaquín no sabe durante cuánto tiempo se vieron en silencio pero recuerda sus ojos tan azules, el rimel transparente que levantaba sus pestañas finas. Y las cejas enarcándose hacia arriba dos segundos antes de reír. Y después los dientes blancos y el hoyuelo y la arruga en la nariz: ¡Tenía tantas formas, su sonrisa!

Era ya de madrugada cuando empezaron a caminar, abrazados, hacia la calle 12. Una brisa fría les seguía los pasos y Joaquín la sintió temblar. Fue entonces cuando se quitó la campera.

Ella la aceptó sin ponérsela, acurrucándose  en el cuero, con las mangas cruzadas sobre el pecho. Le dijo “gracias” bajito, casi en un susurro, y se dejó besar, otra vez, por él. Y en la esquina de la calle 12, se abrazaron como si supieran que aquella iba a ser la última vez.

Joaquín la vio entrar por la puerta blanca (porque Charo entonces mantenía la casa y pintaba las aberturas cada año). Pensó que Leti iba a saludarlo desde el umbral, que iba a voltearse para verlo, pero en cambio cerró la puerta deprisa. Joaquín sintió un escalofrío y recién entonces se dio cuenta de que ella se había quedado con su campera. No le importó: no habían hablado de volver a verse y aquella podría ser una perfecta excusa para poder hacerlo.

Así que el sábado siguiente, volvió al pueblo. Se bajó del colectivo, en la ruta, y pasó por la puerta del cuartel de bomberos. Por la gomería y por el polirubro. Por el cementerio y la florería de los Gamíndez. Y llegó a la plaza. Parado junto al ceibo, miró la iglesia, la escuela 6 y a la izquierda, el club. Caminó hasta la calle 3 y más allá vio el toldo de la confitería. Suspiró aliviado: recordaba perfectamente el camino. El corazón se le aceleró cuando pasó por la esquina donde se abrazaron. Joaquín dudó un momento antes de decidirse a tocar la puerta blanca.

Lo hizo tímidamente la primera vez. Nadie respondió y entonces golpeó un poco más fuerte. Estaba por irse cuando sintió unas llaves en la cerradura.

Lo atendió una mujer en cuyo rostro había cierto parecido a la chica que amaba. Los ojos azules, la nariz apenas en punta, las cejas gruesas y las pestañas finas. Dos o tres arrugas junto a los ojos y otras perpendiculares a los labios le contaron su edad.

Se apuró a presentarse para espantar los nervios:

–Usted debe ser la mamá de Leti. Mucho gusto, soy Joaquín –Y estiró la mano con la intención de estrechar la de ella, pero Charo se mantuvo inmóvil, con los brazos en cruz y mirándolo fijo.

El silencio fue incómodo y Joaquín lo intentó de nuevo:

–Nos conocimos la semana pasada, en la fiesta del club. Yo la acompañé hasta acá y ella se quedó con mi campera; una negra, de cuero. Porque empezó a hacer frío a la madrugada y Leti no traía abrigo.

La mujer seguía mirándolo, en silencio. Así que, al final, Joaquín solo dijo:

–¿Está Leti?

Los ojos azules entonces se humedecieron. Por un momento Joaquín pensó que la mujer iba a hablarle porque sus labios se despegaron, pero en cambio soltó un suspiro.

–Señora, ¿se encuentra bien? –lo dijo justo un momento antes de que Charo se desplomara, en sus brazos.

¿Cómo se sentirá el horror cuando te atraviesa por dentro; cuando no se trata de una historia ajena o inventada? ¿Qué es lo que exactamente habrá sentido Charo? ¿Y Joaquín?

Porque al entrar con la mujer a cuestas, hasta la cocina, todavía esperaba encontrarla. Gritó su nombre, incluso, con la esperanza de que saliera de alguna habitación. Pero Leti no estaba ¡no estaba!

–Mi hija murió –dijo Charo, por fin, reincorporándose un poco–. Murió el carnaval pasado. Estaban colocando las luces en la pileta del club, para la fiesta que habría después de la comparsa. Yo estaba en una reposera, justo al lado. La vi subiendo las escaleras. La vi parada en la punta del trampolín. La vi saltar. No sé si llegué a darme cuenta de lo inevitable; de sus dedos mojados tocando el cable. Hubo un chisporroteo. Una explosión: su brazo, en solo dos segundos,  se volvió carbón. Después, solo la estampida de su cuerpo, inerme, cayendo en el agua.

La cabeza de Joaquín comenzó a moverse de lado a lado. Retrocedió un paso, dos, tres. Como si aquella mujer estuviera apuntándole al medio del corazón con un arma letal. No era del todo equívoca la sensación: las palabras, a veces, pueden herir a muerte.

Y lo negó, lo negó a los gritos. Porque él estuvo con ella (¡de verdad!) hace una semana. Y se besaron bajo la parra y junto al ceibo y en la confitería y en la esquina de la calle 12. Y lo puede probar porque hablaron de todo: porque él sabe lo que le pasó a su padre, a sus abuelos, a su hermana menor. Y ella le contó del vestido, de la tela comprada en Gath y Chaves y estaba tan apenada cuando se manchó.

Charo levantó la cabeza que hasta entonces estaba hundida entre las manos. Caminó hacia la repisa que estaba frente a ellos y sacó del tercer estante un paquete mediano. Era el vestido blanco, de brocado francés, con su lazo lila.

¿Habrán sentido los dos algún consuelo, por estar parados uno junto al otro al enfrentarse a aquello? ¿Al ver los hilos plateados, que iban subiendo como raíces por el escote, como a través de un vidrio esmerilado de color marrón? Sí: el vestido que Leti no llegó a estrenar ¡estaba manchado!

Faltaba sin embargo, la segunda señal. Joaquín la encontró de camino a casa. Pasó por la esquina donde se abrazaron. Tomó la calle 3 que lo llevó a la plaza. El club, la escuela 6, la iglesia, el Ceibo y otra vez la ruta. La florería de los Gamíndez y el cementerio. En el portal, colgando de un extremo de la reja, estaba su campera.

Y dice don Hugo que recién entonces Charo se volvió loca. Que apenas se fue el muchacho cerró las persianas de su casa y ya nunca más las volvió a abrir. A veces camina, como vagabunda, por el pueblo. Y va sucia, con el pelo grasoso y la ropa gastada. Y don Hugo piensa también que la está buscando –que estará buscando, tal vez, a todos los seres queridos que la han dejado—porque ahora sabe que los muertos, a veces, recuerdan el camino a casa.

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