Ángeles custodios (leyenda urbana)

Vías

Cuando murió Juani, sentí que me faltaba el piso bajo los pies. No sé si se entiende lo que quiero decir: de verdad no sabés cómo seguir adelante. Porque no querés seguir adelante: ¡todo pierde sentido! ¿Levantarme? ¿almorzar? ¿regar las plantas? Nada te importa después de que la vida te sacude así.

Pero, claro, estaba Sofía. Y por ella tuve que seguir. Y dar la cara en el colegio y aceptar todos los pésames y, peor, todas las miradas. Porque la gente no puede evitar mirarte, así: con lástima. Y aunque no lo nombran, vos sabés que cada vez que te dirigen la palabra (aunque sea para preguntarte a qué hora es la reunión de padres) están pensando en Juani y en nuestro dolor y en aquel año espantoso que pasamos.

Nunca se termina de superar algo así. El tiempo no te hace olvidar, para nada. Pero aprendés a convivir con la tristeza. Y te volvés invencible: porque ¿qué más te puede pasar? Desde la muerte de Juani –es más, desde que nos dieron el diagnóstico en el hospital– sé que nada va a dolerme tanto como eso. Nada.

Y aquel día, cuando el tren estuvo a punto de arrollarnos, lo comprobé. Perdí la noción del aquí y ahora; necesité buscar a Sofi, hacerle saber que no estaba sola, pero nada más. Miedos, no tuve ninguno. Si hacía dos años había sentido que un tren me había pasado por encima ¿qué diferencia podía hacer, uno real?

La experiencia, eso sí, activó mis sentidos. No es que antes no pudiera sospechar algunas cosas, pero cuando ves de cerca la muerte se vuelven más claras todas las señales.   No digo que me siento más sabia ni más fuerte. Ni siquiera menos triste. Pero por lo menos empecé a entender de qué se trata todo. A prestar atención a los indicios. Fue como si lo del tren, por fin, me hubiera activado una especie de radar, un sexto sentido para ver más allá de lo que ven mis ojos. Porque, es cierto: Juani no está y, sin embargo, está. En cada rincón de casa, en su cama vacía, en los juguetes guardados y en los libros que ya nunca va a leer. Está en los gestos de Sofía. A veces hasta en sus palabras. Aunque ella era tan chiquita y él pasara más tiempo en el hospital que en casa.

Y el día del tren, en particular, nos sobraron señales. Veníamos del cementerio, habíamos cumplido dos años completos sin Juani y seguíamos en esa especie de ensoñación, como atontados por el jet lag de haber estado en el infierno de su agonía. Estaban arreglando la calle Urquiza, por lo que Néstor tuvo que seguir hasta la barrera de los angelitos. ¡Justo la barrera de los angelitos! No pude evitar recordar a Juani, arrodillado en el asiento de atrás del auto, buscándolos:

–Creo que vi a uno, mami.

Y a mí misma respondiéndole:

–Nos estará cuidando, seguro.

Se lo conté a Néstor y él me sonrió. Sofía estaba atrás, mirando por la ventanilla. Iba muy callada, aunque generalmente es tan parlanchina. Me alegró que no preguntara, porque ya bastante había tenido con lo de Juani como para angustiarla por algo que pasó hace tanto tiempo.

Y pensar que alguna vez, cuando yo era chica, había sentido lástima por esas madres que habían perdido a sus hijos. Habían pasado veintipico de años y yo estaba, otra vez, pensando en ellas. En lo que habrían sentido al enterarse de que sus hijos habían sido arrollados por un tren. ¡Por un tren! Porque la verdad, hay planes divinos que nunca se entienden. Uno sabe que el mundo tiene que equilibrarse y que estas cosas pasan ¿pero tenía que pasar justo con un colectivo escolar? ¿de verdad tenían que morirse doce chicos?

Y a Juani le conté la historia (varios meses antes de que se enfermara) solo por compartir una anécdota de mi infancia. Porque después de dos o tres días de luto que decretó mi escuela (algunos de los nenes que murieron iban a mi colegio) la señorita Inés nos hizo rezar una oración “por los doce angelitos que nos cuidan desde el cielo”.

–Y yo –me acuerdo que le dije a Juani– me convencí de que literalmente estaban los angelitos pululando por el barrio. Y durante años les estuve hablando y pidiendo ayuda, como si ellos realmente estuvieran ahí para cuidarme, atentos a todo lo que yo necesitara.  Como si ellos realmente fueran ángeles custodios.

Y Juani, lejos de tomárselo en broma, se convenció de esa historia. Creía en los angelitos ¡Y los buscaba! Y el último martes, en el hospital, volvió a pensar en ellos y me preguntó:

–¿Yo también voy a ser un angelito, mami?

Por supuesto que no pude contestarle pero recuerdo ese abrazo más que ninguno. Su cabecita en mi pecho y los brazos, que ya estaban muy débiles, intentando apretarme la cintura. Y todo, todo eso volvió a mí en el cortísimo instante que estuvimos parados frente a la barrera.

Me cuesta un poco ordenar la secuencia de cómo siguieron las cosas después; porque apenas empezamos a cruzar, sentimos las campanas del ferrocarril repicando. Las barreras volvieron a cerrarse y el capó del auto a escupir sonidos de motor ahogado. Sofía preguntó por qué parábamos, yo miré a Néstor intentando dos, tres, cuatro veces poner el auto en marcha. El silbato del tren, inesperado y potente, nos paralizó.

Pensé en abrir la puerta, supongo, pero por alguna extraña razón mis manos no respondieron. En cambio, logré pasar por encima de la palanca de cambios hacia el asiento de atrás. Y al mismo tiempo que abrazaba a Sofi volví a preguntarme por qué.

Por qué  otra vez a nosotros. Por qué a Juani, que tenía 8 años. Por qué si hay tanta gente mala en el mundo, tenía que tocarle a él. Si hicimos todo para salvarlo, si  hipotecamos la casa cuando la obra social se puso difícil, para evitar perder tiempo en trámites ridículos. Si fuimos a Rosario y a Salta, y a todos los lugares que nos recomendaron. Les escribimos a los monjes de Brasil y agradecimos cada cadena de oración y la página en facebook y los mensajes de ánimo y el agua bendita de Luján y de San Nicolás y el manto sanador que nos trajeron de no sé que capilla de Pilar y la imagen de la virgen de Medjugorje que alguien mandó a buscar a Europa. Hicimos todo. Dios sabe que hicimos todo. Y entonces ¿por qué? ¿Por qué, por qué, por qué?

¿Por qué ahora estábamos ahí, en medio de las vías, como si ya no hubiéramos sufrido bastante? Y en medio de esa cataratas de preguntas, con una mano abrazando a Sofi y la otra puesta sobre el hombro de Néstor que no dejaba de intentar encender el motor, tuve la imagen fugaz de nuestros tiempos felices: Juani asomándose a la cuna de Sofía. Néstor de frente a los dos y la luz del flash. O la luz del tren, que ya estaba encima. Su silbato, insistente y sin pausa me hizo sentir que estaba escuchando de nuevo el horrible sonido del monitor cardíaco que, dos años atrás, aturdiéndonos, nos hizo saber que Juani (nuestro Juani, ¿por qué Juani?) acababa de morir.

Al igual que entonces, en el preciso momento en que la muerte le estaba ganando a la vida, todo alrededor se volvió confuso. No hubo antes ni después. No hubo aquí ni ahora. Solo la sospecha, lejana, de que algo iba a cambiar para siempre.

Y cambió. Porque el auto empezó a deslizarse (¿o flotaba?) de manera muy lenta pero sin intervalos. Y aunque el motor seguía ahogado, las ruedas avanzaban y un último impulso nos puso a salvo en el segundo inexorable en que el tren pasaba.

Debimos permanecer, no sé: cinco, acaso diez minutos en silencio. Completamente shockeados. Sentí los músculos tensos, un hormigueo en los pies y un dolor punzante que me sujetaba, como un pulpo invisible, la cabeza. Mi primera reacción fue ver a Sofi. La besé muchas veces. Pensé en Juani y entonces se activó el radar por primera vez.

–Eso sí que estuvo cerca –me dijo Néstor y se bajó del auto. Yo me quedé con Sofi y, no sé cómo explicarlo, pero tuve la certeza de que Juani también estaba en mis brazos. Y los abracé fuerte a los dos. A los dos, que son toda mi vida. Y así, con los ojos cerrados, entregada a la magia del momento que borraba el tiempo y el dolor; que nos trasladaba a los tres a un espacio invisible y astral donde la vida y la muerte no importaba, sobrevino una pregunta mucho más necesaria: para qué. Para qué estamos acá. Para qué nos salvamos. Para qué tuvimos que vivir la enfermedad de Juani. Para qué murieron esos chicos, hace tantos, en esta barrera que casi fue nuestra visión final.

Y entonces Néstor se asomó por la ventanilla, trayéndome de vuelta al aquí y ahora:

–Tenés que ver esto –me dijo, con la voz quebrada.

Le di la mano a Sofi y bajamos. Néstor estaba de espalda a las vías, mirando la parte trasera del auto. Recuerdo perfectamente cada paso que dimos, como si mi mente hubiera necesitado registrar con precisión lo que estaba a punto de pasar.

Néstor lloraba como un chico y no pudo hacer otra cosa que señalarme el baúl.

Y las vi. ¡Tan claramente, las vi! No eran dos o tres, ¡eran decenas! Con los deditos flacos, marcados con nitidez, sobre la luneta y el paragolpes y la patente y las luces. Huellas infantiles que estaban ahí, para nosotros, como una prueba inequívoca de que esos doce niños nos habían salvado.

Y hubiera querido poder hablar entonces con alguna de esas madres que no tuvieron consuelo. Poder decirles gracias. Gracias a los angelitos que empujaron el auto, para que nos salváramos.

Para que nos salváramos: de la muerte, sí, pero sobre todo de la tristeza; de la desolación que nos da la ausencia. Para que aprendiéramos a abrazar a Juani en una dimensión distinta pero tan profunda (¡o más profunda!) que esta que conocemos. Para que supiéramos, aun cuando seguimos sin respuesta, que esta es la pregunta correcta: para qué. Para qué  serán los planes que entreteje el universo.

 

 

 

 

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