La estación fantasma (leyenda urbana)

Estación fantasma

Mi abuela vivía sobre la calle Mitre, frente a Miserere. Teníamos un ritual: aplastábamos galletitas con el palo de amasar, las metíamos con cuidado en una bolsa transparente y empezábamos la travesía.

El subte para mí era descender a un mundo nuevo, por donde navegábamos a velocidad dragón a través del centro de la tierra: viajábamos de un mundo a otro. Del marrón al rosa, del rosa al carmín: los mosaicos de las estaciones eran mis coordenadas para ubicarme en el mapa. Llegar a la estación Perú –con la balanza antigua, la tabaquería devenida en kiosco, las publicidades de Centenario y Tienda El Paraíso—era sin duda lo mejor del viaje. El preludio de las palomas, nuestro destino final.

Porque en Plaza de Mayo subíamos al mundo conocido, con la casa rosada, el cabildo, los puestos callejeros, la fuente y la pirámide. Con las miles de palomas que volaban entre los vallados, esquivando a la gente, para llegar a mí cuando –como un dios de las tempestades– desplegaba mi lluvia de miguitas.

¿Cómo no recordar todo esto cuando Zunni nos pidió el trabajo? Investigar sobre la dimensión simbólica de las movilidades urbanas me hizo volver a la infancia y a mis fantasías. Me di cuenta entre otras cosas de que mi mirada, ahora, era más pesimista. Apenas llegué a la entrada de Acoyte y vi las rejas solemnes, hechas de puro hierro; las escaleras blancas que iban bajando hacia una bóveda oscura, tuve la imagen mental de un cementerio. Y pensar que de chico, para mí, el subte era movimiento y ruido. Era ir con mi abuela y disfrutar y vivir la aventura.

Apenas me senté en el tren, empecé a estudiar las ventanas. Abrí mi cuaderno –lleno de fechas y anotaciones, nombres de lugares y de personas—y escribí: “trabajo artesanal, sin escuadra, en todo el revestimiento de madera”. Pensé en los operarios que lo hicieron. Los trenes, yo sabía, habían venido de Bélgica pero supuse que las terminaciones tuvieron que hacerse acá. Tal vez la misma gente que excavó los túneles en 1912.

No tuve que mirar el cuaderno para recordar: 400.000 m3 de tierra, zanjeados a pulmón por 1500 obreros. ¡1500 obreros! Anónimos todos (no existían los gremios), probablemente inmigrantes. Pensé en sus familias, allá en Europa: ¿sabrían del sacrificio y el esfuerzo? ¿de las columnas de hierro? ¿de los treinta millones de ladrillos, las cien mil barricas de cemento, las trece mil toneladas de tirantes que tuvieron que cargar?

No. No era esa, seguramente, la historia que contaban. En sus cartas dirían que Buenos Aires  se parecía a París. Que estaban construyendo el primer ferrocarril subterráneo de Latinoamérica.  Que el jefe de la ciudad, don Anchorena Riglos y también Victorino de La Plaza (¡el próximo Presidente!) irían a la inauguración. Y no era para menos porque ¿cuántas ciudades del mundo tenían subterráneo? Berlín, Londres, New York, tal vez. Pero ¿cuál más? Ya lo diría también Caras y caretas: “el grandioso subterráneo en el que volarán trenes innumerables cada tres minutos”. ¡Ah, el progreso, en la maravillosa Argentina agroexportadora, sexta potencia económica del mundo! ¡Ah, qué orgullosos que estaban los porteños!

Me estaba mordiendo el labio por estos pensamientos cuando llegué a  Miserere. Mantuve la cabeza apoyada contra el asiento, siempre mirando por la ventanilla. Recuerdo haber pensado que en esta estación se había iniciado el primer viaje.

El tren arrancaba cuando vi el color de las columnas y los azulejos. Miserere, azul. Recordaba esa coordenada. La próxima estación, Alberti, ¿era rosa? Tuve que volver a mi cuaderno: no, era marrón. Por la bibliografía que recomendó Zunni supe la razón de los colores: en los albores del siglo XX casi nadie sabía leer. Sonreí al pensar que, efectivamente, los colores eran coordenadas. El modo de hacerles saber a los analfabetos (yo lo era, cuando viajaba con mi abuela)  en qué estación estaban.

Apenas pasamos Alberti, el tren se detuvo. La luz hizo un parpadeo. Tuve la impresión de haber vivido la experiencia de más chico, como una suerte de deja vu.

No sé por qué, precisamente entonces, busqué la historia del derrumbe en mi cuaderno. En mayo de 1912 toda una sección de avenida de mayo, casi llegando a Chacabuco, se vino abajo. Varios obreros del turno noche habían quedado atrapados y aunque hay registros del servicio de bomberos, la noticia no se publicó en ningún medio masivo.

Según Zunni, difundir estas desgracias no ayudaba al proyecto. Y por otra parte ¿quién reclamaría los cuerpos? Se cree que en aquel derrumbe murieron tres o cuatro operarios. La estación, lógicamente nunca se construyó. Ninguna viga de hierro iba a contrarrestar el problema de cimientos y el movimiento sísmico de la zona. En cambio, se hizo un nuevo trazado y dos semi-estaciones  reemplazando la de Chacabuco: Alberti y Pasco, claro.

Y en ese lugar intermedio, el del derrumbe, se detuvo el tren. Justo a la altura de una pared que estaba como embutida en una curva sin salida. Del otro lado, había una luz encendida y por encima del muro se distinguían perfectamente los azulejos negros y el trazo superior de unas letras impresas sobre chapa. Me incorporé un poco para ver mejor y, aunque no puedo precisar en qué momento ni por qué, la pared se borró.

Sí, sí, literalmente: se borró. Fue como si de golpe se hubiera corrido una cortina. Los mosaicos –negros y brillantes– formando una figura geométrica como en  otras estaciones, la publicidad de Harrods (después constataría que la gran tienda efectivamente se inauguró por aquellos años), los bancos antiguos, la bombonería de estilo victoriano y el cartel de chapa que rezaba claramente “Chacabuco”. Había gente también. Parecían figuras de un museo de Historia. Un  oficial (que al principio creí que era de cera) con casaca azul de botones dorados, estornudó. El bigote le iba bajando así, en forma de candado, hasta el labio inferior. Llevaba un sombrerito con visera, que me pareció de caricatura.

Adelante, más cerca de las vías, había cinco hombres. Estaban sucios y lucían cansados. Uno tenía las piernas colgando sobre el andén. Estaba sentado junto a otro que abrazaba sus rodillas. De pie, atrás, los otros tres. Hablaban entre sí, supongo que de algo divertido, porque reían y gesticulaban. Los cinco vestían más o menos igual: pantalón, jardinero o mameluco gris, camisas claras (salvo uno que estaba con musculosa)  y boinas de fieltro o paño.

Por último, una mujer vestida como campesina; con un pañuelo sobre los hombros y el pelo recogido atrás. Parecía estar buscando a alguien: sus ojos recorrían el andén sin prestar atención a ninguno de aquellos hombres que conversaban.

Pero entonces el tren volvió a arrancar y aquella estación detenida en el tiempo y en la Historia se fue alejando de mi vista. Me paré, caminé hacia el fondo del vagón e intenté mirar desde otra ventanilla pero fue inútil. La estación se había ido. Había quedado atrás o la pared, nuevamente, volvió a ocultarla. No sé. No lo sabré nunca.

En cambio, constaté que la estación Chacabuco no llegó a edificarse. Sé que más de un nombre (¿será que algún cuerpo también?) quedó sepultado entre los escombros.  Y aunque hubiera sido interesante centrar mi trabajo en ese asunto, preferí hacer hincapié en los efectos financieros de la inauguración del subte en Buenos Aires. Primero, porque no hubiera encontrado bibliografía pertinente (ningún marco teórico me serviría para fundamentar esta verdad Inconmensurable: no estamos solos ¡No estamos solos, no!). Segundo, y sobre todo, porque no hubiera podido avanzar sin contradecir las dos ciencias que Zunni defiende con mayor ahínco: la epistemología y la historia.

Hay temas que no pueden tratarse en la universidad. Existen otros contextos, más íntimos y genuinos, para hacerlos circular. Esta reunión, por ejemplo. Aquí sí puedo hablar de la estación fantasma. Puedo incitarlos a ustedes para que lo comprueben. Porque sé que hubo más: yo no  fui el único en verla. Sé que cada tanto la estación se revela.

Hay que estar atento a las señales. La luz que va y viene como un parpadeo. El motor que se apaga. La pared. Los azulejos insinuándose arriba. El resplandor, detrás. Y finalmente la verdad: la presencia siniestra de las víctimas que la historia oficial quiso ocultar.  Porque el subte de Buenos Aires es mito y es progreso. Es conquistar mundos y viajar a través del tiempo. Es imaginación y tecnología. Es la torre de Babel y el génesis de un mundo nuevo. Una enorme necrópolis cuyos laberintos ocultan infinitos secretos.

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4 comentarios en “La estación fantasma (leyenda urbana)

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