La confesión (leyenda urbana)

ojos

 

Yo le tomé la declaración. El tipo vino temprano, ni siquiera habíamos llegado a enchufar la cafetera. Y sí, estaba nervioso. Pero todos están así cuando vienen a la seccional. Porque pensá: ¿por qué razón vas a venir? O tenés que hacer un maldito trámite o tuviste un accidente con el auto o te asaltaron, y en cualquier caso estás con los pelos de punta. Así que al principio mucha bolilla no le di.

–¿Alguien que me pueda atender? –gritó en cuanto me vio meterme en la cocina.  La gente a veces se desubica. Porque qué se pensaba, ¿que no teníamos otra cosa que hacer?  Y decí que Pedro es tan señorito, que enseguida salió a decirle “un momento, por favor”. Si era por mí, lo insultaba.

Está bien: el tipo tenía sus razones ¿pero yo qué sabía? Para mí era uno más, y justo viene a llegar antes del desayuno. De mala gana lo hice pasar a la oficina.

–Vine a entregarme –dijo.

Me puse los lentes. Su rostro no me era familiar, para nada. Pero como siempre estamos recibiendo alguna foto o identikit, prendí la computadora para ver los últimos registros. Eso llevó un rato. Porque acá tenemos Windows noventa y pico, así que imaginate. Mientras, aproveché para buscar la Olympus: las confesiones hay que grabarlas, por protocolo ¿viste?

Cuando por fin se cargó el programa, miré los registros y nada. Al tipo no lo buscaban ni en este ni en ningún otro distrito. Le pedí el documento para verificar antecedentes, y tampoco. Limpito, estaba. Ni una multa, el loco.

–Bueno, a ver: cuenteme—Y prendí el grabador. A la vez que hablaba, fui tipeando el acta.

En la ciudad de Hinojo, Partido de Olavarría de la Provincia de Buenos Aires, a los 29 días del mes de mayo del año  2003, siendo las 8.45 horas comparece ante los actuantes el señor Juan Carlos Rossi, de 48 años de edad, DNI 20.777.431, profesión chofer de colectivo de la línea 514, para declarar por propia voluntad que se reconoce culpable de haber atropellado a la víctima Noelia Soledad Rivera.

Dejé de escribir. La chica era amiga de Constanza, imaginate. Había venido a casa mil quinientas veces. La conocíamos desde que era un piojito así, ¡si habían sido compañeras desde el jardín de infantes! Y los padres, buenísima gente. Pero buenísima, de verdad. Laburadores, honestos, atentos con todo el mundo.

Si cuando me llamó esa madrugada, el padre, no dejaba de pedirme disculpas:

–Por favor, yo sé que no son horas, pero estamos desesperados.

Y te digo, no sé si hubiera salido por otra chica. Pero a Noelia la conocíamos tanto y además estaba Constanza; ah, qué pálida se puso cuando supo que la amiga no había llegado a su casa. Si hasta quería ir conmigo, te juro.

Y menos mal que finalmente no me acompañó. Porque el cuerpo lo encontré yo. Qué te voy a contar, fue espantoso. Si no fuera por la chalina turquesa, que hacía como un reflejo en el poste de la esquina, capaz que ni la veía. La noche estaba oscura y en esa calle en particular las luces de mercurio brillan por su ausencia.

Había quedado, pobrecita, como una bolsa de basura. Comprimida contra el cordón. Con la pierna así, dada vuelta, parecía un maniquí roto. Ah, si en ese momento hubiera tenido al tipo que le hizo eso, te juro que no respondía de mí. Y mirá que nosotros, con esto de que portamos armas reglamentarias, hacemos talleres de control de  ira y la mar en coche. Pero qué querés: a la nena la conocíamos desde chiquita. ¿Y cómo iba a decírselo a Constanza? ¿Y a los padres? Ah, tuve pocos momentos en mi vida tan fuleros como ese.

La madre se me descompuso ahí mismo, te digo: si no la agarraba, se daba la cabeza contra el piso. Y el padre estaba como tildado. Miraba por la ventana, todavía esperando que Noelia apareciera. ¡Y  faltaba la morgue! Mirá: un horror. Un horror sin precedentes en este pueblo.

Y encima la investigación, que fue un fracaso. Lesiones traumáticas; fracturas en el cráneo, mandíbula, piernas, brazos, costillas y pelvis. Equimosis. Escoriaciones. Hematomas. Ruptura visceral. ¡qué se yo cuántas cosas! Y sí, el informe del forense me lo aprendí de memoria. Yo era el primero en querer atrapar a ese desgraciado. Se lo debía a la nena, a sus padres, a Constanza.

Si mirás la carpeta con el expediente, vas a ver que la carátula la escribí yo: homicidio culposo (que es el que siempre ponemos ante accidentes de tránsito) con agravante (porque el conductor se dio a la fuga). Por la autopsia se supo que el animal venía a más de cien kilómetros por hora. Y por una calle angosta, así nomás. Ni siquiera una avenida que te da más posibilidad de maniobra.

Ni un testigo teníamos. Algunos vecinos que escucharon el golpe pero no vieron nada. Ni siquiera estábamos seguros del vehículo. Podía ser un colectivo, sí; pero también un auto grande o un modelo viejo de esos tipo Falcon, o incluso un camión. ¡Eran tantas las posibilidades! Y mirá que hasta se ofreció recompensa. Aparecieron un par de caraduras que terminamos procesando por falso testimonio y ahí nomás quedó todo.

No sabés lo duro que fue decirles a los padres que, pasados los dieciocho meses, el caso iba a cerrarse. Y en todo ese tiempo, nunca un sospechoso. Ni una mínima pista que despertara alguna esperanza de conocer la verdad. Ay, la impotencia que sentís. ¡Y la culpa! Porque se supone que uno está acá para impartir justicia, para proteger a la comunidad y enjuiciar a los culpables. Y resulta que no. Que no tenés nada y estás igual que al principio. Una piba de dieciséis años abandonada en medio de la calle, como un perro. No estaba muerta nada más ¿entendés? ¡Era una pila de huesos aplastada contra el cordón! Ah, las veces que quise tener enfrente al desgraciado y ahora…

Lloraba como una Magdalena, el tipo. Si casi no podía hablar. Fijate que hasta Pedro lo sintió y vino a la oficina con un vaso de agua. Yo conté hasta diez para no pegarle una trompada. Porque Noelia era una nena, ¿entendés? Era una nena como Constanza. Y no hay derecho. No hay derecho, no.

Él no me daba pena. ¡Que me iba a dar pena! Pena me da Noelia y su familia. Pena me da Constanza cuando la escucho llorar porque extraña a su amiga. Los asesinos, no. Por los asesinos yo no siento ningún tipo de piedad. Me da igual si los atrapan o se entregan: son asesinos igual y merecen estar entre las rejas.

Así que se lo dije mal, de la peor manera que pude, mientras la Olympus seguía grabando:

─Le advierto que obraremos de acuerdo a los artículos 79 y 80 del Código procesal penal de la Nación por lo que deberá prestarnos juramento de decir la verdad con arreglo a sus creencias religiosas.

Y ahí nomás le leí también los artículos 275 y 276 del código, por las dudas,  y le hablé de su derecho de solicitar un abogado antes de continuar.

─No quiero abogado ─nos dijo. Y Pedro se quedó en la oficina para oficiar de testigo, mientras yo continuaba labrando el acta.

A preguntas sobre el siniestro acaecido el 15 de febrero de 2000 por el cual se produjo el deceso de la menor Noelia Soledad Rivera, el compareciente declaró que venía de una fiesta en su vehículo de trabajo, patente IHU899, línea n° 514, perteneciente a la flota de colectivos Travelbus S.R.L., habiendo bebido alcohol y a una velocidad excesiva. Manifiesta no haber visto a la menor sino hasta el momento de la colisión y que entonces pensó que se trataba de algún perro callejero y que por eso no activó los frenos. Declara asimismo haberse reconocido como culpable recién al día siguiente cuando escuchó la noticia por los medios locales porque (cita): “se hablaba de una chalina turquesa y yo, en mi resaca, recordaba haberla visto flotar a la altura del parabrisas”.

A preguntas sobre los motivos por los cuales no se presentara a la seccional una vez reconocida su culpabilidad, alega miedo y cobardía.

A preguntas sobre los motivos por los cuales comparece en el día de hoy a confesar finalmente por propia voluntad habiéndose cerrado el caso hace ya tantos meses…

Tuve que dejar de escribir. No me respondían las manos, y eso que yo no soy un tipo que crea en estas pavadas. Pero tenías que verlo. Estaba como en trance, balanceándose en la silla, mirándonos pero sin mirar ¿entendés? Ya sé que parece una locura que lo diga así, pero en ese momento me pareció que el tipo estaba como poseído. Como que no terminaba de darse cuenta de lo que estaba pasando. Como si una fuerza superior (¡tan superior a la ley!)  lo hubiera llevado hasta nosotros para hacer justicia ¿me explico?

–¡Estoy harto; harto de verla en el colectivo! ─gritó─ Sentada siempre en el primer asiento, con su chalina turquesa y esos ojos que me miran así como acusándome, y se reflejan siempre (¡todo el tiempo, todo el tiempo!) en el maldito espejo retrovisor.

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