La luna de Milena

─Ay, cómo nos costó entender la luna de Milena ¿no? ─me dijo la abuela hoy. Y yo me maté de risa. Salimos por la puerta de Libertad, solas, porque papá se quedó con Mile para ayudarla a cambiarse. Qué lástima que mamá se lo perdió. Seguro que llama hoy para ver cómo salió todo. Porque mamá es así, no quiere perderse nada. Ni su congreso de Retórica en Chile ni esto que pasó hoy. Mamá es lingüista. Una intelectual, dice papá. Como una profesora de Lengua pero más. Una profesora que publica libros. Libros aburridísimos, eso sí, que no lee ni mi papá. Y eso que papá lee todo el tiempo porque es profesor de Historia.

La cosa es que mamá, pobre, no pudo venir hoy. Y seguro está triste, allá sola en Chile. Papá dice que no entiende tanto esfuerzo para nada, que aunque se la pasa en la universidad no gana más que él. A mamá no le gusta que le diga eso, dice que es un envidioso. Que si él hubiera podido…Siempre se pelean por lo mismo, antes y ahora. Papá dice que a él le aburre la investigación y que en cambio dar clases en el secundario le divierte muchísimo. Que los chicos lo hacen reír todo el tiempo. Que está justo donde quiere estar. Y mamá se ríe: «¡Pero por favor!».

Se separaron hace dos años, antes de que empezara todo el problema con Mile. Ahora por lo menos no se gritan tanto. Antes era peor. La abuela decía que eran como perro y gato. Pero de los que pelean, porque en casa, por ejemplo,  Genoveva y Camilo se llevan re-bien, si hasta duermen juntos. Y eso que son perro y gato en serio.

Con la abuela caminamos hasta el bar donde nos dijo papá que los esperáramos. Ella se pidió un té y yo un café con leche. Tres medialunas para las dos y una sevenup para Mile, que seguro vendría con sed.

─ Qué bien estuvo ¿no? ─le dije.

─¡Divina! ─me contestó ─¡Mirá si nos hubiéramos quedado con una sola historia de las cosas!

Papá siempre dice eso, que no hay una sola historia de las cosas. Y él de Historia sabe un montón. Dice, por ejemplo, que cuando él era chico le contaron que Colón vino a esta tierra para salvarnos. Para salvarnos del salvajismo. Porque antes se creía que los indios eran eso: un montón de salvajes que había que aniquilar. Ahora, por suerte, ya sabemos que eso es mentira. Que los españoles vinieron a usurpar los territorios de nuestros aborígenes, los verdaderos dueños de este lugar. Que los maltrataron y los despojaron de todo, sin ninguna razón. Que la colonización no fue un cuento de hadas sino una historia de horror. Igual, papá dice que esa tampoco es la única historia. Que deberíamos tomar las dos historias juntas para entender cómo fue. Que hubo españoles malos y buenos, algunos más civilizados y otros más salvajes que los indios. Que con los indios pasó lo mismo. Que solamente hay que entender ambas historias a la vez. Que no hay ni blanco ni negro sino siempre grises. Eso papá lo dice todo el tiempo, porque le gusta el gris. Solo tenés que abrir su placard para darte cuenta. ¡Todo es gris! Algún azul, por ahí un celestito, pero lo demás es gris. Pantalones, camisas, pullóveres.

─Qué monocromático sos ─le decía mamá cuando vivía en casa, porque a los lingüistas les encantan las palabras difíciles ─. ¡Siempre el mismo color!

Al principio a papá le divertía que le dijera eso, si hasta se reía, pero un día le empezó a molestar. Y después de una pelea que tuvieron por el color de ropa que usaba cada uno, mamá nunca más le dijo nada. Siguieron peleando por otras cosas, obvio, pero por el color de la ropa no.

Lo de la luna de Milena lo inventamos con la abuela. Fue antes de que en el colegio le pidieran el siconosequé, porque nunca se quedaba quieta. En realidad, al principio, la abuela decía que Mile estaba siempre en la luna de Valencia. Yo sabía que esto no era exacto, porque la luna es el único satélite en la Tierra. Da igual que la miremos desde Buenos Aires o Valencia: la luna es una. Una nomás. Igual es una forma de decir. La abuela no lo decía porque Milena estuviera en serio en la luna. Milena estaba todo el tiempo con nosotros. O en la escuela. Pero se distraía. Más que nada, cuando hacía los deberes.

Antes, a Mile le costaba hacer los deberes. Sobre todo porque casi nunca los traía copiados y había que estar llamando a alguien para que se los pasara. Un día mamá se enojó un montón. Estábamos en su casa, y le dijo a Milena que no llamara siempre a la misma chica para pedir la tarea:

─Te va a tomar por tonta. Si ayer llamaste a Abril, hoy preguntale a Bautista.

Pero Mile nunca escuchaba. Y obvio que la llamó a Abril, que era la primera en la lista.  Y entonces mamá se enojó y le preguntó si era tonta o qué. Si no había escuchado lo que dijo. Y empezó a decir un montón de cosas sobre papá, que cómo nos estaba criando, qué ella sabía que era mala idea eso de quedarnos a vivir con él y con la abuela Haydée. Que si ella tuviera tiempo, que sus congresos, que sus cursos, que sus seminarios, que sus becarios. Que, que, que… Porque cuando mamá empieza a hablar de todas las cosas que hace no para más, y yo me aburro una barbaridad porque no entiendo nada de lo que dice. Por suerte la tengo a Mile, que si se aburre se pone a saltar como pelota de goma. Del piso a la silla. De la silla a la mesa. De la mesa al piso. A la mesada. Al puf. Al sillón.

─¿Es que no podés quedarte quieta? ─le gritó mamá ese día. Y la verdad que no, Mile no podía. Creo que ni siquiera puede ahora, pero es distinto. Ya nadie se enoja por eso. Porque Mile es así, y hay que quererla igual. Con su luna y su súper actividad.

Lo de Mile empezó después de las primeras pruebas trimestrales. Me acuerdo que a mí me había costado la de naturales; se me hacía lío entre “sublimación” y “condensación”, todavía no sé bien cuál es la diferencia entre una y otra cosa. Por eso me saqué 8. En Lengua y en Sociales había tenido un 10 y en Matemática creo que un 9. La que había andado floja, pobre, fue Mile. Papá tuvo que ir a hablar (mamá estaba preparando una clase para un seminario, me parece) y esa vez le dijeron que había que ayudarla en casa. Nada más.

Me acuerdo que mamá vino esa noche, después de cenar. Y que discutió (¡cuándo no!)  con papá.

─Yo no sé si es tonta o qué ─dijo mamá a los gritos. Y yo me sentí mal por Mile. Le dije que no le hiciera caso, que seguro mamá estaba nerviosa por su seminario. Que lo que pasaba con ella es que era distraída, nada más.  Pero Mile estaba en otra cosa. Acostada en la cama, movía los brazos como si volara.

─Que sos distraída ─repetí─. Ese es tu problema. Tenés que prestar más atención, Mile.

─ ¡Mirá! ─me dijo entonces─ ¡Parezco un murciélago! ─y yo adiviné en la oscuridad las mangas del camisón, que le colgaban como enormes alas aterradoras.

Es que con Mile no hay caso. No es fácil hacerla bajar a la Tierra y al final siempre resulta mejor seguirle un poco la corriente. Así que también me puse a volar, lástima que las mangas de mi camisón estuvieran tan pegadas al brazo. Saltábamos de una cama a la otra. Fiuuuu, decíamos. Fiuuuu, y dábamos aletazos al aire. Lo hicimos hasta que terminaron los gritos. Que debe haber sido, seguro, cuando mamá se fue.

Las siguientes semanas papá estuvo muy serio. Nadie hablaba en la cena. Para colmo la abuela se la pasaba haciendo ayes :

─Ay, Dios… ─decía. Y al rato un suspiro más─ ¡Ay, qué cosa!

Pero un día Mile le preguntó a papá:

─¿Me explicás lo de matemática?

Papá tardó en reaccionar. Porque Mile jamás de los jamases pedía que le explicaran nada.

Se quedaron los dos en la cocina, con el cuaderno abierto y el manual a mano. La abuela me acompañó a la cama.

Después por un tiempo Mile estuvo mejor, hasta que empezaron los segundos trimestrales. Entonces lo volvieron a llamar a papá. Fue cuando me  contó lo del siconosequé. Me dijo que Mile iba a tener que jugar con una psicóloga para ver por qué se distraía tanto. Yo no entendí por qué decía eso de tener que jugar, como si jugar fuera una obligación o algo terriblemente aburrido.

─Va a estar todo bien ─dijo papá, como hablando con él mismo. Yo sabía que sí, que más vale iba a estar todo bien  porque a Mile le encanta jugar, y si eso es lo que tenía que hacer con la psicóloga…

Me acuerdo que papá me dijo que tendría que haberla visto aquella noche haciendo las cuentas de matemática. ¡Lo más bien! Porque cuando Mile quiere y se concentra un poco, las cosas le salen genial.  Ahora siempre es así, pero antes también pasaba de vez en cuando.

─Mirala vos, tan tranquila viendo tele con la abuela ─me dijo después. Y era cierto, porque a Mile era raro verla sentada. No le gusta la compu. No le gusta leer. Ni siquiera jugar a la play ni dibujar. Por eso la maestra del año pasado se enojaba tanto con ella, decía que no se quedaba ni diez minutos sentada.

Ahora por suerte todo ya es distinto. Pero yo creo que antes, cuando todavía no había pasado nada, la señorita de Milena tendría que haberle puesto una peli de  Gene Kelly. Gene Kelly es un actor norteamericano. Bueno, era norteamericano porque ya se murió. A mi abuela eso no le importa, sigue diciendo que ¡es tan buen mozo! y que ¡baila tan bien! A mí me da gracia cuando dice eso, porque me imagino un esqueleto buen mozo y bailando bien… Pero ella lo dice porque lo ve en la tele, en películas que se ven siempre borrosas. A Mile también le encantan estas películas, yo no entendía por qué. Justo Mile que no soporta ni un capítulo entero de Kid Vs. Cat. Es que mi hermana siempre fue medio rara. Como anticuada, a veces. No te podía decir la tabla del 8 pero te enumeraba todas las películas de Debbie Reynolds, que también es una actriz norteamericana, de esas que le gustan a mi abuela. Y que, seguro, también debe estar muerta.  Es una lástima que en la escuela no le preguntaran estas cosas: nos habríamos ahorrado todo el sufrimiento.  Si existiera una materia sobre películas viejas, mi hermana seguro se sacaría puros dieces sin ningún esfuerzo.

El 20 de noviembre fue el primer día D. Quiero decir, cuando estalló todo. Me acuerdo porque faltaba poquito para terminar las clases y además era el cumpleaños de Genoveva. Siempre le festejamos el cumpleaños, le compramos algún hueso o una golosina de esas que venden en la veterinaria. Bueno, siempre no, salvo el año pasado. Todos estaban como locos en casa. Mamá (para colmo después se fue) le gritó a Milena y ella se encerró a llorar en nuestra habitación. Así que solo yo me acordé del cumpleaños de Genoveva. Fue el 20 de noviembre más triste de mi vida. No me hago la dramática, es verdad.

Y todo había empezado en la escuela. La Directora gritaba tanto que mi maestra salió a mirar y, atrás de ella, todos nosotros. Yo me quería morir. No por Mile, porque la conozco. A ella no le importa que la miren. Ni que la gente se ría. Es más, me parece que ni siquiera se da cuenta cuando pasa eso. Pero a mí entonces me fastidiaba que dijeran  tu hermana esto, tu hermana aquello cada vez que se mandaba una milenada. Así le decíamos con la abuela a las metidas de pata de mi hermana: milenadas. Uf, podría enumerar un montón. En un cuadrito de esos de triple entrada que tanto le gustan hacer a mi maestra. Por ejemplo, así:

Lugar Situación

 

Milenada
Consultorio del doctor García Bidón de agua sobre el escritorio de la secretaria. Mile se sube al escritorio, se cuelga del bidón: ¡ 5 litros de agua al piso!

 

Colectivo 129, el que va por la rotonda Alpargatas.

 

Fue hace un montón, Mile estaba en preescolar. Un asiento doble para las tres. Yo en la ventanilla, Mile a upa de la abuela Haydée. Mile se para sobre la abuela Haydeé y alcanza un pasamanos, de esos que cuelgan en el medio del colectivo.  Trepa de uno a otro hasta que le pega una patada en la cabeza a un hombre.

Desde ese día, empezamos a viajar en remis.

 

Parroquia Nuestra Señora de los Dolores. El padre Martín nos pide que pasemos a buscar las ofrendas con la canastita. Mile empieza a agitar la canastita y se entusiasma con el ruido de las monedas. Comienza a hacer piruetas y a saltar por el medio de la nave. Las ofrendas terminan en el piso, obvio, y la canastita sobre la cabeza del monaguillo.

 

Cumpleaños de mi prima Azul, en Liniers.

 

 

Para pasarnos Kung Fu Panda por una pantalla gigante , en el pelotero cerraron todas las cortinas. Unas cortinas enormes y azules, con dos pisos de largo.

 

Mile, que ni a palos se iba a quedar viendo Kung Fu Panda, se colgó de una cortina y trató se subir, como hacen las acróbatas con las telas. Se vino todo abajo, y el palo de la cortina cayó contra la torta de cumpleaños. Mi prima Azul debe estar llorando todavía.

 

 

Hay un montón de otras milenadas, pero si pongo todas no termino más. Igual, la que se mandó el primer día D fue la milenada de su vida. Cuando lo vi a papá en la escuela pensé que Mile iba a tener problemas. Supe que los tendría definitivamente, en cuanto vi a mamá. Para que mamá abandone la universidad a media mañana, tiene que pasar algo supremo. Una catástrofe, como la de ese día.

Bueno, la cosa fue así: durante la hora de Lengua afuera se había puesto negro, como si la noche hubiera decidido adelantarse un poco. Me acuerdo que mi maestra dejó de dictar. Miró por la ventana y dijo:

─¡Se viene una!

Y ahora que lo pienso, no sé si lo decía por la lluvia que vendría después o por la milenada que se mandó mi hermana. Si fue por la milenada, mi seño era adivina. Y eso hubiera sido genial. Podría haberle preguntado, por ejemplo, qué iba a pasar con Milena después de lo de ese día. O qué iban a regalarme para mi cumpleaños. O qué nos iba a tomar en la prueba del jueves. Aunque eso, me parece, la seño no me lo habría contado.

Bueno, la cosa es que enseguida después de que se puso negro, empezó a llover. Empezó a llover lindo, como dice la abuela cuando llueve mucho. Y en el colegio se nota más por los techos de chapa. Siempre parece que están cayendo piedras. Aunque no caigan piedras, parece eso. Hubo truenos tan fuertes que un par de veces me sobresalté. La seño se dio cuenta y me acarició el pelo. Después escuchamos gritar a la directora. No se entendía muy bien qué decía pero gritaba como loca. Entonces salió mi maestra. Y nosotros la seguimos, todos. Desde el balcón la vi a Mile. Estaba saltando como una rana. O como un canguro, no sé. Quiero decir que saltaba alto. Mucho. Con las piernas abiertas y una mano apoyada sobre un mapa de esos que se ponen en el pizarrón, usándolo de bastón.

─¡Milena Almagro! ─gritaba la directora─ ¡Milena Almagro! ─Pero mi hermana no se inmutaba. Como si no escuchara nada. Es más, como si no se diera cuenta de que estaba saltando bajo la lluvia. Salpicando para todos lados. Mojando el mapa.

La directora desapareció por un rato pero enseguida volvió con un paraguas. Mi hermana, que la vio venir, saltó al mástil. Con una mano se sostenía y con la otra revoleaba el mapa. Trató de hacer una voltereta, de esas acrobacias que siempre terminan mal. Y obvio, terminó mal.  La directora la agarró de un brazo justo en medio del giro. Terminaron las dos en el piso, completamente mojadas. El mapa voló para un lado y el paraguas para otro. Un desastre total.

Al rato fue cuando lo vi a papá. Y después a mamá. Mientras ellos hablaban con la directora, nosotras volvimos a casa con la abuela.

En casa la ayudé a hacer milanesas. Me encanta hacer milanesas. Sobre todo cuando hay que pegarles con el martillo para que se pegue el pan. Primero son chiquititas pero les vas pegando y se agrandan. Es como magia.

Estábamos calladas pero ruidosas. Yo daba golpes y ella largaba ayes. A Genoveva además le dio por ladrar. Y Camilo, supongo que para acompañar, se puso a ronronear entre mis piernas. Mile mientras tanto daba vueltas en el comedor, levantando y bajando los brazos como si volara. No tenía puesto el camisón, pero Mile no necesita disfrazarse para imaginarse lo que sea. Todavía tenía el pelo mojado. No sé cuándo me di cuenta de que estaba atenta a nuestros ruidos. Yo golpeaba la milanesa, paf, y ella levantaba un pie. La abuela largaba un ay y ella movía la cabeza para un lado. Guau de Genoveva, giro. Vuelta a girar con el run run de Camilo. Me pareció que lo hacía muy bien.

─Y ella como siempre en la luna de Valencia ─dijo la abuela, interrumpiendo nuestra sinfonía pero no su baile.

─La luna es el único satélite de la Tierra ─le expliqué ese día─. No hay una luna de Valencia, abuela. La luna es una.

─Será una, corazón, pero hay distintos modos de mirarla. ¿Sabés por qué se dice “la luna de Valencia”, vos?

Entonces me explicó que en España todavía existen ciudades amuralladas. Que ahora no quedan tantas pero antes  había un montón. Valencia era una. Toda una ciudad encerrada. Era para protegerse de las invasiones, porque en España había muchas invasiones.  Así la gente dormía tranquila: cerraban la puerta de la muralla y listo. Nadie entraba. Como cuando nosotros le ponemos llave a la reja. El problema lo tenían los distraídos. Los que se olvidaban de volver a horario, antes de que se cerrara la muralla. Esos no podían entrar a su ciudad ni volver a su casa. Esos se quedaban viendo la luna de Valencia toda la noche. Era lo único que podían hacer afuera de las murallas: mirar la luna. Ese día entendí porqué la abuela decía lo de la luna de Valencia. Porque Mile siempre se quedaba afuera de todo. Siempre estaba distraída.

Igual yo no estaba de acuerdo. La historia que me contó mi abuela no tenía nada que ver con Mile. Porque si hay algo que Mile no hace es quedarse quieta. Ni mirando la luna ni mirando nada. Salvo que la luna de Milena sea una luna saltarina y ella se pase el rato intentando cazarla. Esa luna sí. Esa luna sí podría mirar (y perseguir) Milena.

Le conté a la abuela lo que pensaba y ella se rió. Desde entonces, cada vez que la vemos distraída, saltando de aquí para allá,  decimos eso: “Mile está en la luna de Milena”.

Después de lo que pasó en la escuela, Mile tuvo que ver otro psicólogo. Otro que, además, era doctor.  A papá, me parece, mucho no le gustaba. Pero por suerte Mile no tuvo que verlo mucho. Y eso fue gracias al segundo día D, cuando las cosas comenzaron a ordenarse.  Mamá se había quedado a tomar unos mates. Empezaron hablando bien pero terminaron, como siempre, a los gritos. No sé por qué peleaban, pero papá decía: “¡De ninguna manera!” y mamá: “Tampoco me gusta a mí, ¡pero quiero que tenga una vida normal!”. Yo no quería escucharlos, así que me puse a ver televisión con la abuela y Milena. Obvio, Gene Kelly y Debbie Reynolds, ¿qué otra cosa si no?

De a ratos me divirtió la película. Había una mujer (Reynolds no, otra) que era actriz de películas mudas. Era re-linda pero tenía una voz horrible. Gene Kelly no se la bancaba, porque estaba enamorado de Debbie Reynolds, que ella sí tenía una voz buenísima. Pero lo más increíble de todo vino después (el segundo momento D): la abuela subió el volumen y papá cerró la puerta de la cocina para poder seguir hablando (peleando) con mamá.

─Esta canción es lindísima ─dijo la abuela, y mi hermana saltó de la silla y agarró un paraguas.

El actor empezó a silbar. Mi hermana empezó a silbar. Y a caminar a los saltitos. Los dos: Milena y Genne Kelly. Con el paraguas al hombro. A los saltitos y silbando. Llovía. Bueno, en la película llovía, pero mi hermana se imaginaba que llovía, seguro. Y cantaba y daba una vuelta. Igual que Gene Kelly. Y cantaba y daba otra vuelta. Lo hacía bastante bien. Primero con el paraguas abierto y después cerrado. Y dio un salto. Como de rana. O como de canguro, no sé. Saltó alto y mucho, apoyándose en el paraguas como si fuera un bastón.  Cuando Gene Kelly se colgó del farol ella se quedó quieta, como buscando. Y entonces yo lo entendí todo: el mástil, el giro, el chapoteo desenfrenado de mi hermana, el mapa de pizarrón.

─¡Vos estabas bailando! ─le dije─ ¡Vos estabas bailando el otro día en la escuela!

─ …bajo la lluvia –contestó ella, muy divertida. Mi abuela  empezó a llorar. Y después largó una carcajada.

Se rió tanto que mamá y papá vinieron de la cocina para ver qué pasaba.

Y ahora estamos acá, esperándolos en el bar. Milena viene al Colón, que es uno de los teatros más importantes del mundo, todas las mañanas. De 8 a12. A la tarde entra a la escuela. Una escuela de por acá, para llegar. Y le va re-bien. Porque sabe que si no, no puede bailar. Ese es el trato que hizo con papá: te va bien en la escuela, podés bailar. Si no, no.  Y mi hermana, como dice la abuela,  lo cumple a rajatabla.

Después de ese día, cuando la vimos bailar como Gene Kelly, papá la llevó a aprender danza. Y la profesora se maravilló. Dijo que mi hermana tenía ángel. No sé si eso del ángel tiene que ver con esto de que ella siempre juega a que tiene alas, pero todo el mundo dijo que había que llevarla al Colón. Como si ese fuera el lugar de dónde tenía que despegar.  Obvio que la trajeron al Colón durante las semanas de prueba. Entran re-pocos. Y mi hermana quedó entre las primeras. Y hoy se notó en la clase abierta. Milena Almagro esto, Milena Almagro aquello, a cada rato la nombraban. Fue la que mejor bailó. Lejos. Por algo la pusieron en casi todas las piezas. Y cuando la maestra explicaba algo o cuando actuaban otras, Milena se quedaba callada. Quieta. Atenta. Concentrada. Porque ahora conocemos la otra historia. Es tan obvia, además. Solo tenés que verla bailar para darte cuenta: Mile no es tonta, ni inquieta ni distraída… ¡Mile es bailarina!

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2 comentarios en “La luna de Milena

  1. Tan hermosa y real tu historia, Sol.
    ¿Cuántas Milenas hay por ahí? ¡Cómo nos cuesta entender a quienes se salen del molde, y qué maravillas se pueden descubrir cuando los dejamos ser!

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