Con las luces del cielo (versión de una leyenda mocoví)

 

En la noche está escrita la historia de nuestros ancestros. Hay que mirar arriba, nomás; al inmenso piguem, que otros llaman cielo. Desde allí nos hablan las estrellas y no importa el tiempo que ha pasado. Todo queda labrado para que no olvidemos.

Hoy quiero contarles una historia de esas. Está escrita, muy clara, en esas cuatro estrellas ¿Las ven? Algunos las llaman Cruz del Sur, ¡aunque es tan clara la huella! Arriba, los tres dedos.  La imagen se completa si miramos, abajo, la otra estrella: así pisa el manic, ñandú de nuestras tierras.

En esa huella está escrita la historia de Nemec, bravo cacique de nuestro pueblo. ¡Nunca fallaba, Nemec! ¡Nunca escapaban sus presas! Hasta esa tarde, al menos.

Cuentan que de cedro hizo el arco. Lo puso al  fuego, para corvarlo. Anudó en sus extremos una enorme raíz, y la fue tensando. Para las flechas, usó espinas de cardón, embebidas en la savia venenosa de un laurel de flor.

Entalló también la punta de su lanza y la encastró en la vara. De quebracho, la vara. Porque el quebracho es fuerte  y su madera, noble.

Y juntó piedras pesadas. Con cuero de tapir las cubrió. Y las ató con lianas. Midió el peso en la fuerza de su brazo y ensayó el movimiento de su cuerpo: la muñeca girando a la derecha, el torso firme y la postura erguida. ¡Había que verlo a Nemec, cuando lanzaba! Las boleadoras (veloces como martinetas) siempre alcanzaban la presa, que quedaba enredada en un golpe mortal.

Y así salió Nemec, como otros días. Con su arco y sus flechas. Con su lanza filosa y las piedras pesadas, listas para arrojar. Estaba atento ¡Al acecho! Escuchando los ruidos que llegaban, como una brisa lejana, desde la llanura.  Las pisadas. Los silbidos del viento. Los arbustos que se abrían ante el paso inocente del manic, que ignorante del peligro, avanzaba más y más.

Y se vieron. ¡Uno al otro se vieron! Nemec, conteniendo la respiración. Apretando la lanza entre sus dedos inclementes. Midiendo la distancia, para no fallar.

Y el ave, declinando su altura para iniciar carrera.  El cuello, tenso. Las alas, bien abiertas y listas para dar el giro: ¡tenía que huir!

Todo fue a un tiempo: el movimiento del brazo, el salto del manic y la corrida. ¡Falló la lanza de Nemec! Buscó entonces las flechas. Una, dos y tres fueron perdiéndose en el horizonte junto con la presa. Siguió corriendo el ave. Detrás iba el cacique que nunca renunciaba. Hizo silbar las boleadoras sobre su cabeza. No se tocaban, no se acercaban siquiera: tomaban fuerza en el giro, porque era diestro Nemec. Pero de pronto, las detuvo. Las piedras cayeron a sus pies. Y él, de rodillas, se quedó en silencio.

Porque el manic trepó el cielo. Con el mismo paso vigoroso, con la prisa y el alivio del que escapa justo a tiempo, ¡el manic trepó al cielo! Subió, subió y subió hasta perderse en la tarde luminosa. Y allá quedó su huella, como una marca indeleble y eterna que atraviesa los siglos, para que recordemos.

A nuestros ancestros. Al cacique Nemec, que vio el prodigio. A los seres indefensos que nuestra tierra protege. A las estrellas que nos hablan de nuestras raíces; que nos cuentan de nuestro pasado y dibujan la historia con las luces del cielo.

 

 

 

 

 

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4 comentarios en “Con las luces del cielo (versión de una leyenda mocoví)

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