Un secreto en mi barrio

Ya sé que tu papá es profesor de la universidad, me lo dijiste mil veces. Y que se doctoró en Dublín y publicó veintisiete libros. Por eso me parece raro que, sabiendo tanto como sabe, no dude ni un poquito. Porque dice Bobe que (en pequeña medida)  la duda, la levadura y la sal no pueden hacer daño.

Y mi tío Benja está convencido de que para saber hay que dudar. Y a mí me parece que tiene razón. Porque antes la gente creía que la Tierra era cuadrada, hasta que un día alguno se animó a preguntar:

–¿Pero no será redonda? –Y entonces todos supieron la verdad.

Igual, es obvio que algunos cuentan pavadas. Como el chico ese (¿te acordás, en el cumple de Cami?) que dijo que la piel del gigante era pura corteza. Y te digo, como metáfora, vaya y pase: porque no digo que no pueda tener la piel un poco más gruesa o más oscura, y esté medio arrugada también, pero de ahí a creerme que es un árbol… ¿O no oíste vos cuando contó que lloraba savia y que de los dedos le salían unas ramitas verdes?

¡Eso sí que es mentira! Y tampoco creo que mida doce metros. ¿Cómo haría para esconderse, si no? ¡Y lo de los gatos! Lo de los gatos es otra barbaridad. Si fuera cierto que camina rodeado siempre de gatos, con lo barulleros que son los gatos,  ya lo hubieran llevado al Instituto Pasteur. O peor: a la NASA. ¿O vos pensás que los yanquis se perderían la oportunidad de tener un gigante en sus laboratorios?

Hay una cosa que podés preguntarle a tu papá (digo, porque es un hecho real y se escribió en los libros). Le pasó a un rabino en un gueto de Praga en el mil quinientos y pico.  A ver, yo te cuento como me lo acuerdo aunque tal vez tu papá corrija alguna cosa. Resulta que este  rabino, Bezabel, se puso a modelar barro. Y formó una figura que superó su altura. Tenía la cabeza ovalada; los brazos desproporcionados, como de gorila, cayendo por los costados y rozando el piso; los pies largos y finos. Y no me preguntes cómo hizo Bezabel ni qué fue lo que dijo (es una de las cosas que no me acuerdo), pero de algún modo le dio un soplo de vida y lo despertó. Y lo llamó Golem, que en hebreo quiere decir “materia” porque no tenía alma, dicen. Y esa es la parte que no me cierra, aunque lo expliquen los libros y me digan que es verdad. Porque cuentan que el Golem tiene rasgos humanos  y una mirada así, como de gato, que parece atravesar tu cuerpo y mirarte adentro. Mirar lo que es invisible, directo al alma. ¿Cómo podría mirar así, si fuera solo materia, decime?

Capaz el gigante que tenemos acá en Balvanera tiene algo que ver con el Golem ese de Bezabel. No digo que sea el mismo, pero algún pariente lejano puede ser.  Porque viste que, a principios del siglo XX, vinieron un montón de rabinos a Buenos Aires. Claro que venirse en barco con un Golem, no sé. Lo veo medio difícil.  Porque ¿dónde lo esconderían? Igual, dice mi tío, que hay otra teoría. Que no sé quién asegura que hay trece Golem desperdigados por el mundo. Y bueno, capaz que nosotros tuvimos suerte de tener uno acá. Será porque en Balvanera a veces pasan cosas feas, y alguien nos tiene que proteger.

Porque ¿viste que el gigante tiene como un sexto sentido para anticiparse a la desgracia? Siempre llega antes que los bomberos para ayudar, por eso casi nadie lo ve. Igual, a mi tío Benja no se le escapó. Algunas cosas pasaron antes de que él entrara como voluntario al cuartel de la calle Billinghurst, pero las averiguó todas.

En realidad, se hizo bombero por el gigante. ¿Vos sabías eso? En serio te digo, porque mi tío es analista de sistemas pero después del atentado ya no se dedicó más a eso. Cuando explotó la AMIA yo no había nacido. Pero escuché la historia tantas veces que la veo así, en mi cabeza, como una película ¿sabés? Te puedo contar cada detalle. La Bobe dice que nunca en su vida sufrió tanto como esa vez, porque estuvo como seis días sin saber qué había sido del tío Benja.  Se lo habían llevado al Clínicas y estaba inconsciente y había tanta gente herida que los de Defensa Civil no daban abasto.

Mi tío estaba en la oficina que daba al fondo de Uriburu, en el entrepiso. Y dice que la primera explosión apenas la escuchó, que le llegó amortiguada, como si hubiera estallado con silenciador. Y que entonces miró a Silvia, la secretaria del piso. Que los dos se miraron sin decirse nada.  Hasta que de pronto se les movió el suelo  y la pared se desarmó en mil pedazos que volaron como proyectiles en una nube de  vidrios, polvo y fuego. Todo en un instante y a la vez. Y que entonces ya no la vio a Silvia. Nunca más la vio a Silvia. Y él se quedó sin voz y sintió que algo le apretaba el pecho. Le apretaba tanto que no podía respirar. Y que después fue como entrar en un sueño, así, sin llegar a darse cuenta.  Y que todo fue silencio, silencio, silencio. A pesar de lo que Bobe contó, después: las sirenas, los gritos, los bocinazos, el estruendo de los edificios que seguían cayéndose de a gajos, cuando ella llegó a la calle Pasteur. Cuando empezó a caminar entre los escombros, sin dejar de toser por el polvo que le atravesaba la garganta y los pulmones, mientras lo buscaba.

Varios días después, mi tío se despertó en el Clínicas hablando del gigante. Porque después del sueño y del silencio, recordaba haber visto un brazo. Un brazo largo y deforme que lo tomó por debajo de la cintura. Y unos ojos…Unos ojos, así, de gato, que lo miraban fijo como queriéndole hablar. Todo eso en medio de una nube de polvo y un olor como a cañita voladora, que desde aquel día a mi tío le revuelve el estómago. Y es terrible eso, porque como es bombero todo el tiempo tiene que andar sintiendo ese olor.

Lo que es raro, te digo, y eso no se lo pudo discutir ningún médico, es que a mi tío lo encontraron en la otra punta. No con la gente que estaba al fondo (como Silvia) sino a la entrada, en  plena calle Pasteur. Y eso es lo que nadie se explica, porque ¿cómo él iba a arrastrarse tantos metros, herido como estaba? Fue como si alguien lo hubiera depositado ahí para que lo recogieran y  le metieran oxígeno y la sirena fuera abriéndose paso hasta Córdoba para llegar al Clínicas, donde el doctor Hilú le salvó la vida. Porque llegaron a tiempo, dijo. Porque diez minutos después ya hubiera sido tarde. Y la Bobe llora cuando se acuerda de esto, porque no hay peor cosa que se te muera un hijo y ella durante seis días pensó que el tío Benja se le había muerto ahí, en esa tragedia tan horrible que es mejor no recordar.

Bueno, mi tío desde ese momento no se pudo olvidar más del gigante. Y se hizo bombero un poco para salvar a otros; pero también para encontrarlo a él porque viste que siempre se aparece en las tragedias.  Y bueno, con los años, fue averiguando cosas. Por ejemplo, que en 1930 alguien lo vio ayudando a los heridos que habían quedado atrapados en la confitería esa que está frente al Congreso, la del molino ¿la conocés? Porque hubo un golpe militar y entonces  se armó como una guerra civil y la confitería había quedado en el medio de todo eso.

Hace poco habló también con una chica que dice que el gigante la salvó una madrugada cuando no sé quién quiso atacarla justo frente a la boca del subte de Miserere. Y también con la sobrina de una mujer que estuvo internada en la clínica psiquiátrica, esa que está sobre la calle Perón ¿la conocés? La mujer era adivina o se hacía la adivina, no sé, y un día parece que estafó a uno de la mafia china y si no fuera por el gigante, que la defendió, el cuento no lo contaba. Y claro, después terminó internada porque no paraba de hablar del gigante y la familia se asustó mucho.

En eso mi tío es más astuto. Porque no habla del gigante con cualquiera. Y a mí me dijo lo mismo: “No le cuentes a cualquiera”. Y bueno, yo te cuento porque sos mi amigo y no me gusta tener secretos con vos. Pero vos fijate también a quién se lo decís, porque como dice Bobe, tu amigo tiene un amigo y el amigo de tu amigo tiene otro amigo y así los secretos nunca se guardan. Y hay gente ¿viste? que no puede entender estas cosas. Igual, me parece raro que justo tu papá no lo entienda. Porque tu papá sabe muchas cosas y dice mi tío Benja que los que no creen son ignorantes y no hay que enojarse con ellos.

Además, te puedo enumerar un montón de veces en que el gigante apareció para ayudar a los vecinos.  Porque, como te dije, en Balvanera a veces pasan cosas feas. Desgracias como fue lo de la AMIA. Mirá: tenés ese boliche  que se incendió, ¿Cromagnon, se llama? Y la tragedia de Once, que nadie sabe cómo el tren no pudo parar en la Estación. ¿Te imaginás qué sería de nosotros, sin el gigante? Habría muerto más gente, todavía.

Mirá, te digo más; porque me parece una injusticia que tu papá no te crea. Y eso que el tío Benja me dijo que esto a nadie, a nadie, a nadie. Así que vos jurame y hacele jurar a tu papá que será un secreto de ultratumba. Y que ni se le ocurra escribir un libro sobre esto. Porque viste cómo son los yanquis, a ver si todavía vienen los de la NASA y entonces sí que mi tío no me lo perdona más. Y no solo por eso, ¿qué hacemos acá en Balvanera, sin nuestro gigante que nos ayuda tanto en las tragedias?

Mi tío me contó que hay que agarrar la calle Alsina, hasta el Spinetto ¿vos te ubicás? Bueno, dice que ahí al frente, hay un edificio rojo. Y dos puertas grandes de madera. Muy, muy antiguas y enormes, con un trabajo de herrería de esos que ya no se ven.  Dice que de afuera parece una casa antigua y nada más, pero que en realidad es una calle que está como escondida. Si preguntamos por el barrio, todo el mundo va a saber: Pasaje Victoria, se llama. Hay que empujar las puertas, que están abiertas. Subir por una escalera cubierta que está llena de ventanas (se llaman claraboyas) que dejan pasar luz.

Llegar al primer piso, tocar la tercera puerta.  Así: taaac, tactac. Un golpe largo y dos cortitos. Y entonces sí: lo podremos ver.

No hay que dejarse asustar por el aspecto, porque el gigante es bueno. Mirá si no va a ser bueno, que siempre anda ayudando a los demás. Aparte, como dice Bobe, no hay que juzgar a nadie si no estás en su lugar. Y debe ser difícil vivir así, escondido; tener esos brazos largos, como de orangután; y, sobre todo, esos ojos de gato. Esos ojos de gato que te miran así, como atravesándote. Como mirándote al alma para decirte que se puede ser feo, y tan lindo a la vez. Que es posible vivir para ayudar a otros. Y que no hay que ser profesor en la universidad ni doctorarse en Dublín ni escribir un libro para enseñar lo que importa. Para estar cuando te necesitan y así salvarnos a todos. Porque dice Bobe que es así; que si ayudás a uno solo, ya estarás salvando al mundo entero.

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