Mundos enmarcados

René Magritte, LA CONDICIÖN HUMANA, 1935.

René Magritte, LA CONDICIÖN HUMANA, 1935.

Le juro, señor Director, es así: el cuadro hablaba. Es que hay que bancarse algo así. Imagínese, no cualquiera… Porque después uno tiene que seguir con su vida y volver a creer en el mundo real. Digo, bancarse la rutina del colegio y que le vengan a explicar a uno lo que es normal y lo que no.  Se lo digo con todo respeto, señor Director, fue por el bien de nuestra relación ¿me entiende? Si el cuadro hubiera quedado ahí, habríamos ido a la biblioteca para que usted mismo pudiera constatar… Y después ¿con qué autoridad, digame…? ¿Con qué autoridad podría venir usted a hablarme de las normas de convivencia en esta escuela?

Uno necesita parámetros ¿me explico? Uno necesita saber que hay cosas imposibles, si no es como que estás en un mundo equivocado. Como que no encajás. ¿Entiende que ese cuadro me estaba volviendo loco? Sí, ya sé, hay gente que puede hacer de estas cosas algo creativo. Es que yo no soy artista, ¿no ve? Siempre se me dieron mejor los números. Es que las experiencias esotéricas no se entienden con las ciencias duras. ¡Ah, si yo tuviera facilidad para escribir o para tocar algún instrumento…! Así, claro, hubiera sido más fácil.

Mire, a mi favor le diré que seguro Elsa Bornemman vivió algo parecido. Sí, sí: la escritora, digo. Es que en Lengua leímos un cuento suyo, sobre un cuadro ¿sabe? Y entonces yo me acordé de la pintura esa del Centro Cultural Recoleta. ¿Nunca escuchó la historia? ¿Pero en serio, me dice?  Una amiga de mi tía fue la que descubrió el cuadro. Sí, de verdad ¿cómo voy a mentirle a usted con una cosa así?

Mire para mí que Elsa Bornemman, seguro,  estuvo en esa exposición. Si usted de fija en la primera página del libro, ahí donde están todos los datos de dónde se publicó y cuándo y todas esas cosas, va a ver que la primera edición fue en 1988. Y mire, yo hice los cálculos y la fecha más o menos coincide. Porque la amiga de mi tía trabajó en el Centro Cultural Recoleta cuando yo todavía no había nacido.

No, no, yo no digo que el cuento de Bornemman sea una historia real. ¿Cómo voy a saber eso? Solo que tal vez se basó en ese cuadro y a partir de ahí inventó todo lo demás. Mire: le habrá puesto más o menos adornos a la historia, porque así son los escritores, pero ese cuento de cuento no tiene nada. Está basado en un hecho real. Real, como usted y yo. Como este despacho y esta escuela.

¿En serio, no leyó el cuento? Mire, quién iba a decir que yo iba a saber más que usted en alguna cosa… Resumiendo, el tipo del cuento encuentra el cuadro arriba de un ropero. Lo había pintado la madre, de chica. Una casa estilo Tudor… En otras circunstancias le preguntaría qué es estilo Tudor, pero vamos a tener que dejarlo para más adelante porque ahora no quiero perder el hilo ¿sabe? La cosa es que había un montón de ventanas en esa casa, con cortinas. Y un jardinero en el parque, con una hoz. Una hoz, sí. ¿Es como un cuchillo, no? La cuestión es que un día el tipo mira el cuadro y hay una cortina corrida. Y una nena que le pide auxilio desde esa ventana. Claro, imagínese. Lo que le dije hace un rato: el tipo se vuelve loco, porque uno no puede bancarse así nomás que las personas de un cuadro tengan vida.  Al final, el jardinero había sido el asesino de esa nena y de toda su familia. Con la hoz, precisamente, los había matado a todos… Y el tipo (el que vio el cuadro, claro) termina muerto de un paro cardíaco ¡Más vale! ¿Entiende que ni siquiera pudo hacer justicia? ¡Vaya a explicarle a un juez que vio al asesino con el arma homicida en un cuadrito, y que se lo dijo nada más ni nada menos que una chica muerta! El mundo funciona según las leyes que conocemos, uno no puede cambiar eso. Mire si no, su cara. Si yo me doy cuenta de que para usted estoy completamente loco. Y yo sé que es todo un riesgo contarle esto. Pero me parece que usted entiende. Que usted trata de escucharnos siempre. Digo, que no es como los otros directores, que castigan sin preguntar. Bueno, que ¿cómo voy a mentirle con algo así?

¿Lo del Centro Cultural Recoleta, me dice? Bueno, habían hecho una exposición con artistas jóvenes. Sí, ahí mismo. Sobre Junín, por Plaza Francia ¿Lo conoce? Justo al lado del Buenos Aires Design. De hecho, también se dice que el cuadro estuvo ahí. Que primero estuvo en el Centro Cultural Recoleta y después pasó a un pasillo del Design. Que de ese pasillo del Design, precisamente, se lo robaron. ¡Más vale que se lo robaron! O eso dijeron, para que la gente no se volviera loca. Porque vio que estas cosas, cuando se descubren, hay que ocultarlas. Decir que son inventos, pura fantasía. ¿Cómo es que le dicen? ¡Leyendas urbanas, eso! Usted imagínese, si no: si hay vida en los cuadros ¿por qué no en las esculturas o en los libros o, incluso, en la música? ¡Qué revolución para la Física! Porque en este mundo, creemos solamente en lo que se puede tocar. En la materia, digo. Toda esa cosa de las energías y la cuarta dimensión, suena medio a verso ¿no? O está muy a nivel de la teoría: cosas que entienden los científicos, nomás.

Pero este cuadro, no. Este cuadro del Centro Cultural Recoleta, no. A este cuadro podía verlo cualquiera. Aunque no supiera de metafísica ni de dimensiones paralelas. ¿Se da cuenta de lo que le digo? ¡Aquel cuadro hablaba! Pero, en serio, ¡hablaba! No sé, unos dicen que la voz era de una nena; que era así, como un aullido. ¡Eso, una nena llorando! O por ahí, pidiendo auxilio. Por eso le digo lo de Bornemman ¿no ve, que es mucha casualidad? ¡Ella tuvo que haber visto el cuadro y por eso escribió el cuento que escribió! No, no sé si en el cuadro real había una casa estilo Tudor. Es más: no, no había ninguna casa estilo Tudor.  Lo que sí había era un árbol y un tipito recostado contra el tronco, leyendo. ¿No ve? ¡Siempre la literatura! Y no, no sé por qué se escuchaba la voz de una nena, si no había ninguna nena pintada. Capaz que estaba atrás del árbol. ¡O enterrada! Mire si el tipo la había matado y hacía como que estaba leyendo muy tranquilo contra el árbol, para que no lo descubrieran. ¡Igual que el cuento, igual que en el cuento! ¿no lo ve?

No, pero en serio, le digo. Si esta amiga de mi tía, me contó todos los detalles de cuando encontró el cuadro. Había entrado al Centro Cultural como recepcionista. Y un día, cuando estaban por cerrar el museo, escuchó a la nena llorar. No, ni pensó que era un cuadro. Pensó que, en serio, era una nena que se había perdido. Y empezó a  bajar las escaleras porque la voz venía del sótano.  Imagínesela ahí, todo oscuro. Pensó que, pobrecita, la nena estaría asustada…

Y en un momento, lo vio. Arrumbado en una esquina, lleno de polvo, vio el cuadro. Ella me contó del árbol y del tipo leyendo. Y me dijo que no era gran cosa. Que se notaba que el pintor era inexperto. Por las sombras, vio. O porque, al revés: no tenía sombras. Bueno, de eso no me acuerdo bien pero era algo así. La cosa es que agarró el cuadro pero lo soltó, apenas se dio cuenta de que la voz venía de ahí. De adentro de la pintura, digo. Porque, más vale, ¿cómo vas a pensar que una voz humana puede salir de adentro de un cuadro? Y entonces se rompió el vidrio y lo subió para ver si lo arreglaban. Ahí fue cuando le dijeron de la exposición de artistas jóvenes. De ese cuadro, el único, que nadie había retirado. Y ahí quedó todo, porque ella me juró que nunca más escuchó la voz. Que nunca, pero nunca más.

Pero sí la escucharon otros. Si usted pregunta por la zona, va a ver que todo el mundo sabe del cuadro. Los del bar del Design, por ejemplo, yo una vez hablé con ellos. Con un mozo y una de las chicas que está ahí en la caja. ¡Todos saben del cuadro, en serio! Porque parece que, después de arreglarlo, al cuadro lo colgaron en una sala. Y la gente empezó a hablar sobre lo que escuchaba. Y vio cómo es: a uno le parece que escucha algo pero se convence de que es una idea suya; de que el ruido viene de la calle, no sé. Pero después alguien te dice que escuchó lo mismo, y medio que sospechás y empezás a creer.

Por eso tuve que venir a hablarle. Bueno, por lo que le dije antes, también: usted sabe escuchar. Pero esto de la cañería… Mire, usted tiene que saber la verdad de todo el asunto. Tiene que saber y por eso vine. Después, si quiere, hacemos de cuenta que acá no pasó nada. Tal vez eso es lo más inteligente, no voy a decir que no.

De hecho, la amiga de mi tía eligió un camino parecido. Porque renunció al Centro Cultural apenas empezaron los rumores. Una cosa es lo que a ella le pareció ese día, cuando bajó al sótano. Como único testigo se convenció a sí misma de que había sido un gato o, no sé, un chillido que había venido de la calle. ¿Pero entiende que quedarse y escuchar los rumores era reconocer que el cuadro hablaba, que de verdad hablaba? Yo no la culpo: también habría renunciado. Porque es para volverse loco, algo así. Y le juro que jamás hubiera dicho nada de no ser por esta cosa absurda que dicen de la cañería…

Más vale que con el cuadro del Centro Cultural Recoleta hubo trescientas mil teorías. Se dijo, primero, que tapaba un agujero en la mampostería y que desde el otro lado de la pared, algunos empleados, solo por jorobar, decían pavadas para que pareciera que el cuadro hablaba. Falso. ¡Falso, falso, falso! Si no, ¿cómo se explica que lo haya escuchado, también, la amiga de mi tía cuando bajó al sótano? Y también hubo expertos en ciencias paranormales que hablaron de psicofonías, que son esos registros de voces que no se explican por causas lógicas o conocidas. Y como pensaron que probablemente, la cosa podía explicarse por la acústica del lugar, pusieron el cuadro en otro lado. Claro, fue cuando lo llevaron al Design.

Pero (lejos de lo que esperaban) el cuadro, en ese otro sitio, siguió hablando. O llorando. O pidiendo auxilio, no sé. Entonces fue cuando empezaron a hablar de dimensiones paralelas o interferencias radioeléctricas que podrían venir hasta de otro planeta. Por eso se lo robaron. ¿Se da cuenta?  Si se llegaba a comprobar que era verdad, todo este mundo que conocemos se hubiera venido  abajo. ¿Cómo confiar en la ciencia, en eso que llaman conocimiento y ustedes pretenden enseñarnos, acá, en la escuela? ¿Cómo aceptaríamos cualquier norma de convivencia, si resulta que no podemos ni siquiera confiar  en las leyes de la física?

Lo que le dije: es para volverse loco. Y si uno no tiene el talento de Elsa Bornemman, si uno no sabe cómo volver pura ficción todo el asunto, no queda otra que hacerse el distraído. Hacer de cuenta que aquí-no-pasó-nada ¿me entiende? Por eso rompí el cuadro, por eso. Porque ese cuadro de la biblioteca también hablaba. Igual que el del Centro Cultural Recoleta, igual que el del cuento de Bornemman. ¡Quién sabe cuántos de estos cuadros habrá desperdigados por el mundo! ¿Se imagina en los Museos de Arte, lo que debe ser?

Y mire, lo de la cañería es totalmente absurdo. Una de esas teorías para convencernos de que el mundo real sigue estando ahí donde creemos que está. Como aquello de la acústica que inventaron en el Centro Cultural Recoleta. Igual, igual a eso. Una teoría para dejarnos tranquilos y seguir haciendo de cuenta que todo sigue igual que antes. ¿Pero no le parece sospechoso que yo justo rompí el cuadro y se inundó de pronto toda la biblioteca? Porque usted se acuerda del cuadro, ¿no cierto? La imagen del atardecer, sobre el mar, y un pájaro allá a lo lejos. Y las voces… Las voces, no sé.  Tal vez no eran personas sino ruidos de la naturaleza. Las olas, el viento, los insectos. ¿No le pasó en la playa, ninguna vez? De quedarse ahí, cuando ya se fue toda la gente, y escuchar un murmullo lejano, como palabras de un idioma desconocido, que se enhebran en el aire y quieren decirnos algo aunque uno nunca sabe exactamente qué. Bueno, así, tal cual eran las voces que yo escuchaba en la biblioteca. Y venían del cuadro, señor director. Del cuadro, se lo juro.

Pero claro, si usted prefiere que hagamos de cuenta… No, si yo lo entiendo. Puede llamar al plomero y arreglar los caños y olvidarse del cuadro y volver a la rutina y sanseacabó. Y digamos que vine a acá, a visitarlo, solo porque me gusta hablar con usted. Me gusta hablar de tonterías, nada que tenga importancia. Sobre el clima, por ejemplo, ¿vio que ya empezó el calor? Y floreció la Santa Rita del patio ¿no habría que recortarla un poco? Y hay mariposas y pájaros… Como aquel de allá. Ese, tan grandote y blanco. Y qué patas naranjas ¿no?

¿Le parece, señor director? ¿Una gaviota, en serio? Nada: que  es un poco raro verla por acá. Mire, con humildad, le digo: hubiera jurado que a esos pájaros solo se los puede ver cerca del mar.

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