Campanadas

¡Qué belleza, qué flor, qué luz, qué fuego!
Su andar se ajusta al ritmo de la lira,
Hay en su voz la suavidad de un ruego.

(Carlos Guido Spano

santa felicitas

Felicitas es uno de esos fantasmas que no asustan tanto. Porque viste que hay fantasmas y fantasmas. Los que no te dejan dormir y los que apenas te hacen sentir una cosquilla adentro, como si te hubieras subido a una montaña rusa: una vez que bajás (que ya contaste la historia, digo) todo el susto que tenías se convierte en risa ¿nunca te pasó?

Tal vez es porque la historia me la contó mi abuela. Y viste cómo son las abuelas: lo último que quieren en el mundo es asustarte. A mí Felicitas, en realidad, me da pena. Primero por el nombre injusto que le dieron, porque mi abuela me contó que felicitas en latín significa afortunada. Y la pobre, de afortunada no tuvo ni un poquito. Y segundo porque su fantasma, dicen, se la pasa llorando. Y un fantasma llorando ¿a quién puede asustar?

Lo primero que tenés que saber es que Felicitas es un fantasma de verdad. Por lo menos, antes de ser fantasma, fue una persona de verdad. Y si no me creés,  buscala en internet. Vas a encontrar un montón de fotos de ella. Bueno, vivió hace tanto tiempo que no sé si son fotos o retratos o qué. Pero que vas a encontrarla, vas a encontrarla seguro.

Dicen que era relinda, aunque a mí por las fotos no me parece tanto. Después decime vos, cuando la veas, qué opinás. Porque tiene un peinado raro y la mirada así, como tan triste… No sé, me cuesta imaginarme eso que dice mi abuela: que todos los hombres de Buenos Aires gustaban de ella. Pero supongo que sí, que debió ser verdad.

Además era otra época y, según mi abuela, los gustos eran diferentes. Como la ciudad, porque Buenos Aires era distinta entonces. Casi no había calles, en primer lugar. Así que pasaba lo que pasa en el campo: los zorzales cantando desde la mañana, la brisa colándose entre los tilos perfumados, el rumor de un arroyo escuchándose a lo lejos. Bueno, al menos así me lo contó mi abuela.

Felicitas vivía en ese tiempo cuando, en vez de motores, se escuchaban los cascos de los caballos contra las piedras del camino. Cuando las calles se iluminaban con velas y las casas tenían patios con aljibes, de donde la gente sacaba agua potable en baldes de madera o de metal.

Y en un patio así, precisamente, Felicitas se encontraba con Enrique Ocampo, bajo la vigilancia atenta y protectora de  la negra Omara, que era su criada y observaba desde la cocina. Enrique fue su primer amor. Pero un amor así, de adolescentes, más por la curiosidad de empezar a sentir cosas nuevas que porque sintiera cosas de verdad. Guerrero, el padre de Felicitas, por supuesto que no sabía de estos encuentros.  ¡Cómo se hubiera puesto, si no!

Porque Felicitas condensaba su esperanza de hacerse rico, más rico de lo que ya era. Veía cómo la miraban en los salones porteños, aunque todavía no había cumplido los dieciséis. Mi abuela dice que hablaban de sus ojos, de sus largas pestañas, de su sonrisa tímida y blanquísima y  de los rizos negros que le resaltaban la palidez del rostro. Que hablaban de sus manos delicadas, de su elegante postura, del timbre de su voz (¡de tantas cosas!) porque había algo en Felicitas. Algo que despertaba la admiración y el deseo de cualquier caballero, fuera más rico o más pobre, más joven o más viejo. Era la joya de los salones porteños. “La mujer más hermosa de la República”,  llegó a decir un poeta que, según mi abuela, fue de los más renombrados en la Argentina.

Ay, si hubiera sabido, Felicitas, aquella noche y en aquel salón, que el viejo Martín de Álzaga la miraría, así como la miró. Como si ella no fuera una nena, todavía. Como si no importaran los treinta y seis años de diferencia que había entre los dos. Como si hubiera una mínima posibilidad de que algún día ella pudiera llegar a amarlo.

Álzaga no tardó en pedir su mano y menos tardó su padre en concedérsela.

–¡No quiero, padre, no quiero! –dicen que Felicitas le imploró, de rodillas, cuando se enteró –¡No quiero, padre, casarme con un viejo! ¡Tenga piedad, por favor!

¿Piedad? ¿Cómo iba a tenerla, si Álzaga era dueño de medio Buenos Aires; si era dueño, también, de provechosas tierras en Brasil? Guerrero la obligó a casarse, sin dudarlo.

Para su consuelo, Omara fue con ella. Dicen que, en el carro nupcial, lloró en su regazo. Que el viejo Álzaga lo permitió, conmovido por el dolor que vio en sus ojos cuando comenzaron a alejarse de todo lo que ella amaba: su casa, sus hermanos, el viejo  nogal donde se recostaba cada tarde a leer.  Y así, su amor por Enrique, en perspectiva y frente al dolor de perder su hogar, se fue desvaneciendo poco a poco.

Al contrario, Enrique no olvidaba. ¿Cómo olvidar sus ojos, sus largas pestañas, su sonrisa tímida y  sus rizos negros? ¿Cómo, si era capaz de matar y de morir por ella? Y así los años pasaron: olvidando ella y recordando él. Hasta que el destino volvió a juntarlos.

Dice mi abuela que ya era viuda entonces pero llevaba en el alma el peso de haber perdido un hijo por culpa de la peste, y no lo reconoció. Él, en cambio, se volvió loco al verla. Y comenzó a perseguirla, día y noche. Y ella, sintiéndose tan sola, al principio se dejó querer.

Pero duró poco aquello. Porque una noche de tormenta, perdida en medio del campo, un joven desconocido la salvó. Y el mundo, de pronto, cambió para ella. Aquel día Samuel Saenz Valiente no solo la rescató de la lluvia, sino también de la tristeza en la que estaba hundida desde hacía tantos años. Felicitas se enamoró perdidamente de él. Y Enrique, otra vez, cayó en el olvido.

Y no se puede saber si otro destino pudo ser mejor. Porque, es cierto, si ella hubiera renunciado al amor de Samuel, tal vez habría vivido muchos años. ¿Pero a qué precio? ¿Cuánto dolor puede soportar un ser humano? Dice mi abuela que, tal vez, lo que pasó fue mejor. Aunque el final fuera tan trágico. Porque al menos Felicitas conoció el amor y murió pronunciando el nombre de su amado.

¿Habrá tenido miedo, cuando Enrique sacó el arma, aquel 30 de enero de 1872? ¿Habrá llegado a pensar que iba a morir cuando escuchó el disparo? Dicen que la bala le atravesó un pulmón. Y que Enrique, al verla desplomarse (a ella, a la que tanto amaba, a la mujer más bella del universo, a la que él mismo acababa de matar) puso el arma en su propia nuca y disparó, para poder seguirla hasta la muerte.

Y en aquel sitio, dicen, donde hallaron los dos cuerpos del amante y de la amada, mandaron los Guerrero a construir una Iglesia. Mi abuela me contó que está en Barracas; sobre Isabel la Católica entre Brandsen y Pinzón. Que algunas veces fue a misa y escuchó al padre Aurelio contando toda esta historia. Él no cree en el fantasma, claro. Pero hay quien dice que Felicitas se pasea por la nave principal cada 30 de enero. Que anda vestida de blanco y lamentándose. Y los días de tormenta (¿será porque recuerda a Samuel?) su fantasma llora.

Afuera, en las rejas que protegen la Iglesia, se acumulan un montón de pañuelos que el padre Aurelio se cansó de quitar. Dicen que ahí tenés que atarlos, si querés conocer al verdadero amor. Porque casi siempre amanecen mojados. Mi abuela piensa que puede ser el rocío, pero también las lágrimas de Felicitas, que no logra dormir en paz.

Y una vez, en misa, ella misma escuchó las campanas. Me contó que el padre Aurelio se puso blanco como el mármol cuando pasó y que ella al principio no entendía por qué todo el mundo murmuraba. Más tarde, al terminar la misa, se lo explicaron:

—Es que en esta Iglesia no hay campanas.

Ya te dije: hay fantasmas y fantasmas. Y el de Felicitas no asusta. Emociona.

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