La bella y la bestia

Había una vez un rico mercader que perdió toda su fortuna. Sus tres embarcaciones —magníficas, lujosas—habían desaparecido en medio de una tormenta dejando solo al mar como testigo.

¡Ay, cuánto sufrieron sus dos hijas mayores, acostumbradas a los terciopelos, a las puntillas, a las finas alhajas y a los perfumes extranjeros! Y los hijos varones, que tuvieron que ponerse a cosechar como campesinos. Solamente la hija menor conservó su alegría, aun cuando habían tenido que mudarse al campo y entregarlo todo para costear las pérdidas de aquellos barcos:

—Me gusta la nueva casa. Al ser pequeña, es más cálida. Ya no tendrás que viajar y podremos pasar más tiempo juntos, padre.

—¡Qué bien puesto está tu nombre, Bella! —dijo el mercader, mirándola a los ojos. Era cierto: bella era su mirada, su cabello ondulado y sus labios finos; y bello, también, su corazón. Porque ella siempre tenía una palabra amable, una sonrisa, un gesto para alegrar los días que tan difíciles se habían vuelto para todos.

Si hacía calor, Bella iba hasta los sembradíos con agua fresca para aliviar la sed de sus hermanos. Si la luz de las velas cansaba la vista de su padre (¡cuánto había envejecido por las preocupaciones!), Bella leía en voz alta para él. Si sus hermanas lloraban añorando fiestas, Bella tocaba el clavicordio para aliviarles la pena. Y también preparaba ricos bocadillos, aun cuando los ingredientes escaseaban. Y confeccionaba buenos trajes y vestidos que, de tan bien hechos, disimulaban la sencillez de las telas. Y llenaba de flores cada cuarto y abría todas las ventanas para que el sol se metiera en cada rincón. Y sí: ¡qué bien puesto tenía el nombre, Bella!

Una mañana de invierno recibieron un telegrama. Aparentemente El Maxime, uno de los barcos perdidos, había aparecido en una costa lejana. ¡Cómo se ilusionaron todos!

—¿Y si está intacta la mercadería? —dijo la hija mayor pensando en el collar que se compraría para el próximo baile.

—¿Y si puede ponerse a flote nuevamente? —dijo el hijo segundo, deseando hacerse a la mar con tal de no tener que volver a cosechar con sus manos cada hortaliza que comían.

—¡Recuperaremos el dinero! —gritó, eufórico, el tercero recordando lo bien que se sentía descansar hasta media mañana.

—¡Y otra vez tendremos clientes! —celebró, vanidosa, la otra hija a quien los vestidos que su hermana cosía le parecían vulgares.

—¡Y podremos regresar a la ciudad! —Chilló el menor de los varones que ansiaba volver a dormir en un colchón mullido.

Bella fue la única que se mantuvo callada. Y, sobre todo, pensativa: ¿cuántos días tendría que estar afuera el padre? ¿Y si lo sorprendía una tormenta de nieve? ¿Si no encontraba un lugar para hospedarse? ¿Cómo iba a soportar, envejecido como estaba, los infortunios del viaje?

El padre partió una mañana muy fría. Bella llenó sus bolsillos de bizcochos, para que pudiera comer por el camino. Al abrazarla, él le susurró al oído:

—Todos tus hermanos me pidieron algo: traeré perfumes, alhajas, armas… ¿Qué te traigo a ti, mi bella niña, que eres el consuelo de mi corazón?

—Tráeme una rosa: no florecen por aquí, y no hay aroma que me guste más.

—Cuenta con ello, entonces —Y tras besarla en la frente, se dejó llevar por el paso tranquilo de Fidele, el único caballo que les quedaba.

El viaje de ida se le pasó al mercader muy rápido; tal vez por la ilusión de recuperar su fortuna.  ¡Pero qué largo fue el regreso! Porque nada había quedado de El Maxime. Ni mercadería, ni víveres, ni monedas. Ni siquiera madera: había intentado venderla como leña pero estaba tan mojada que no tuvo un solo comprador dispuesto a aceptar aquel negocio.

Y el pobre mercader volvía con las manos vacías, vencido por la desilusión, pensando en los obsequios que no recibirían sus hijos, sobre el paso cansado de Fidele que ya estaba muy viejo para tanto camino, cuando una terrible tormenta se desató.

Si hubiera sido más joven, tal vez, habría podido enfrentar las dificultades: no apartarse del sendero; dominar a Fidele que, asustado por la nieve, se paraba en dos patas; buscar refugio, en lugar de avanzar a ciegas y tiritando de frío. Finalmente, cayó por un peñasco y antes de que se diera cuenta todo se volvió blanco. Blanquísimo.

El buen hombre (sin saber cómo había llegado hasta allí) despertó ya de mañana, al calor del fuego, en una habitación que desconocía. ¡Todo era lujo alrededor! Desde los cortinados, en preciosa seda, hasta los pisos de mármol. Se incorporó de un salto. Tocó los muebles tallados a mano y de fina madera, para estar seguro de que no soñaba. Miró a través de la ventana, y al ver la nieve, pensó en los últimos momentos de su viaje:

—¡Fidele! —recordó. Volvió sobre sus pasos y abrió la puerta de la habitación.  Para su sorpresa, desembocó en  un comedor enorme. El desayuno estaba servido: un chocolate humeante, pasteles de arándano y uva, pan crujiente con miel y mermelada. El mercader comió y bebió cuanto quiso, sin dejar de mirar a uno y otro lado: el lugar parecía deshabitado pero él tenía la sensación de que alguien, desde algún rincón, lo observaba. Alguien que también, seguramente, lo había rescatado para llevarlo allí. Para ofrecer con hospitalidad su precioso palacio, salvándole la vida.

¡Cuánto más se sorprendería después, cuando al salir del palacio viera a su viejo Fidele, dentro del establo y al reparo, con la pata vendada y comiendo alfalfa! Mientras lo acariciaba, el mercader miró a uno y otro lado, esperando ver al alma noble que también había salvado a su caballo. Pero nada.

—Vamos, Fidele, es hora de volver a casa —murmuró, resignado. Y tomó las riendas del caballo, dispuesto a irse. Pero antes de montarlo, vio el invernadero.

Era grande. Más grande, incluso, que su casa del campo. Resaltaba entre tanta nieve: tras las paredes vidriadas se veían enredaderas, helechos, plantas aromáticas. Y sobre el costado izquierdo, bellísimo e imponente, un rosal.

El mercader recordó lo que Bella le había pedido y sin dudarlo, entró al invernadero. Las rosas parecían de terciopelo; la tierra estaba húmeda, como si recién la acabaran de regar. De un tirón, arrancó el pimpollo que le pareció más hermoso. ¡Ay, cuánto se arrepentiría!

Una voz de trueno hizo vibrar los cristales y el pobre mercader casi se murió del susto al ver la enorme sombra que se abalanzó hacia él, gritándole:

—¿Así pagas mi hospitalidad, maldito?

El mercader levantó los ojos. No estaba preparado para ver lo que vio. Las piernas le temblaron y cayó de rodillas. Quiso decir algo, pero no encontró palabras. ¿Qué era esa extraña criatura? Una mole maciza toda cubierta de pelos, garras espeluznantes y colmillos enormes con punta de aguja. Una bestia. Una enorme bestia que al hablar hacía temblar la tierra.

—¡Perdón! —pudo, al fin, decirle el mercader— Yo agradezco tu hospitalidad. Solo quise llevarle esta rosa a mi querida hija…

—Tienes mi palacio lleno de riquezas ¿y eliges una rosa para ella? —le contestó la bestia, ya bajando la voz.

—Ni todo el oro del mundo podría deslumbrarla tanto como una flor.

—¡Quiero conocerla!

—¿Conocerla? ¡No! ¡Mi vida, antes que la de ella!

— ¡Tu vida me pertenece desde que arrancaste esta flor! Pero hagamos un trato: tú regresas a casa y le cuentas a tu hija que yo aquí la espero. Que te dejé vivir solo por la esperanza de verla a ella.

Y con este acuerdo se fue el mercader, afligido en su corazón por haber puesto en peligro a su hija más querida.

¡Qué doloroso el reencuentro! ¡Cuánta desilusión en los rostros de sus hijos, al saber de El Máxime! Y qué callados quedaron todos cuando su padre les contó del palacio, del invernadero, la rosa, la furia de la bestia y el extraño modo de perdonarle la vida.

—¡Por supuesto que no se quedará con Bella! —dijo el mayor de los varones—: ¡Antes lo mataremos!

—¡Iremos armados! —agregó otro, golpeando la mesa.

—Les dispararemos directo al corazón.

Todos aplaudieron, menos Bella. No quería ir con el monstruo, claro, pero ¿matarlo? Después de todo, aquella noche de tormenta su padre habría muerto de no ser por él.  No, no permitiría que lo lastimaran.

Y al alba, cuando todos dormían, partió. Recordaba con precisión las indicaciones de su padre: cruzar la aldea, bordear el lago, atravesar el bosque hasta el claro, saltar el gran peñasco. Ni siquiera necesitó guiar las riendas de Fidele, que conocía el camino. ¡Qué maravilla aquel palacio! El puente colgante, las enormes torres, el camino empedrado: era una vivienda digna para un rey.

Llevó a Fidele al establo y fue directo al invernadero. La bestia estaba allí, de espaldas, cuidando su rosal.

—Aquí me tienes. Soy Bella —le dijo.

Como si no conociera el tamaño de su propio cuerpo, Bestia dio un giro y con su brazo izquierdo arrastró una rama enorme del rosal. Al verla en el piso,  destrozada, gruñó con tanta fuerza que afuera unos pájaros volaron, del susto, en estampida.

Bella, horrorizada, corrió a esconderse al palacio. ¡Ay, si hubiera visto el rostro de la bestia entonces, con los ojos endulzados por la culpa!

Durante la cena, Bella no tuvo miedo. Era educado al comer. Movía torpemente los cubiertos, como si no se diera cuenta del enorme tamaño de sus garras y bebía de sorbos, como si no supiera que tenía una boca gigantesca con la que podría haberse tomado, de un solo trago, el agua de una laguna. Él, tratando de romper el hielo, con la voz más suave que le fue posible, le dirigió la palabra:

—Así que te gustan las rosas.

—Especialmente su aroma.

—Cuanto más pesados y gruesos son sus pétalos, huelen mejor.

—Sabes mucho de rosas.

—Son mi única compañía.

—Ahora me tienes también a mí.

Y Bestia sonrió. ¡Sonrió! No era tan horripilante cuando sonreía. Con el tiempo, Bella llegó darse cuenta, incluso, de que tenía tres sonrisas diferentes: una cuando cuidaba sus rosas, otra cuando conversaban como buenos amigos y la última (la que le hacía perder la respiración) cuando la miraba fijamente a los ojos como diciéndole “gracias por haber entrado a mi vida”.

No le costó quererlo. Detrás de su rostro serio, de sus gruñidos y su aspecto monstruoso, Bella encontró un compañero sincero, divertido, inteligente, con el que podía charlar durante horas. Muchas veces compartían, junto al fuego, la lectura de algún libro que los hacía imaginar mundos nuevos. Mundos en los que la mujer más hermosa era capaz de enamorarse del más aterrador de los monstruos.

Un día Bella quiso ver a los suyos y Bestia, que tanto la quería, le obsequió un espejo prodigioso. “Solo tienes que pensar en el ser amado para ver su reflejo”. Y así se enteró Bella de que su padre estaba enfermo. Y escuchó a uno de sus hermanos  diciendo que estaba dejándose morir por culpa de ella:

—¡La extraña tanto!

Bella se arrojó a los brazos de la bestia y llorando, le pidió permiso para volver a casa. Tenía que ver a su padre, hacerle saber que estaba bien y que, incluso, era feliz.

—¿Eres feliz? —se emocionó él, y sin que sonara ninguna música de fondo, empezaron a bailar, dando círculos, como si estuvieran en medio de una fiesta elegante.  Entonces, Bestia le pidió matrimonio.

—¡No! —gritó ella, dándole un empujón— ¡Quiero volver a casa!

Los ojos de Bestia se llenaron de enojo, y antes de dar un portazo dejándola sola en la sala, gruñó:

—Si no regresas aquí dentro de siete días, yo mismo iré a buscarte.

¡Cuánto mejoró su padre apenas la vio asomarse por la puerta! ¡Qué felices se pusieron sus hermanos y con cuánto amor la recibieron! Tanto, que Bella no llegó a darse cuenta del paso del tiempo y pronto se cumplió el plazo de los siete días.

Y una noche, mientras se preparaba para ir a dormir, miró de reojo el espejo que había dejado sobre la cómoda, sin darse cuenta de que estaba pensando en Bestia. Y más: de que estaba extrañándolo. ¡Cuánto sufrió su corazón al ver aquel reflejo: Bestia agonizaba en el piso del invernadero, repitiendo su nombre con un hilo de voz: “Bella, Bella…”!

No esperó al amanecer para partir. Dejó una nota a su padre y corrió al palacio. Encontró a Bestia ya desvanecido y con los párpados cerrados en el invernadero, que estaba repleto de rosas marchitas. Ella se echó a sus brazos, llorando:

—No mueras, Bestia. ¡Por favor…! Yo te amo. Y sí quiero casarme contigo.

Y como si fueran aquellas las palabras mágicas para romper un viejo maleficio, una luz incandescente se encendió en el lugar y las rosas marchitas, sin que Bella pudiera explicar cómo, volvieron a florecer. Entonces escuchó una voz, bastante más suave que la conocida:

—¿Es cierto eso que dices, Bella? ¿De verdad quieres casarte conmigo?

¡Cual no fuera su sorpresa al ver que, en lugar de la enorme bestia, era un joven apuesto el que le hablaba! Sin pelos, sin garras, sin colmillos, pero con sus ojos. Sí: los mismos ojos dulces e inofensivos, que habían podido conquistar su corazón.

—“Si una mujer es capaz de amarte a pesar de tu aspecto repulsivo, volverás a ser hombre” —él repitió las palabras del viejo hechizo que lo había condenado por tantísimo tiempo a vivir como una bestia, en su propio castillo.

—Nunca creí que tuvieras un aspecto repulsivo —le dijo ella, tiernamente—. No digo que esté mal tu forma humana, pero me da igual.

Y entonces se dieron el beso más largo y más dulce de toda la historia de los cuentos de hadas. El mismo beso que se habrían dado aunque ningún hechizo se rompiera. Porque más allá de las garras, los pelos y los colmillos, ningún maleficio (¡ninguno!) habría podido evitar que la bella y la bestia se amaran.

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