El gato con botas

Hubo en estas tierras un molinero muy pobre que llegó a ser rey. No era muy apuesto, la verdad. Tampoco demasiado valiente. Ni siquiera extremadamente astuto. Pero tenía un gato muy emprendedor que supo cómo hacer para engrosar su fortuna. Y entonces sí, rodeado de riquezas, pudo comprar ropa elegante que lo hizo parecer buen mozo. Y, como todos lo respetaban y hasta lo miraban con admiración, fue adquiriendo el coraje de los grandes caballeros.  Y hasta empezó a pensar lúcidamente en cuanto ya no tuvo que preocuparse por los avatares de la vida diaria. Y con estas cualidades, claro, le resultó fácil conquistar a la princesa y (¡más importante!) a su futuro suegro, el rey.

Pero empecemos por el principio que, en realidad, fue un final. Porque todo comenzó cuando el padre del joven se moría. Los bienes eran tan pocos que no hubo necesidad, siquiera, de un magistrado. Tres posesiones, tres hijos. De mayor a menor: un molino, un burro y un gato. Al joven de esta historia, le tocó el gato.

—¡Qué calamidad! —se lamentó al principio. Al dolor de perder a su padre, se le sumó el problema de no tener con qué vivir. Sus hermanos, al menos, podrían trabajar juntos y seguir siendo molineros. ¡Pero él! ¿Qué podía aportar él a la empresa, si no tenía más que un gato?

El gato, claro, lo escuchó lamentarse. Incluso, hasta dejó que se desahogara. Pero después de acicalarse un rato, dormir una siesta y lamerse las patas delanteras, decidió ponerle fin a tanta tragedia y empezar a actuar:

—No soy tan poca cosa. Es más: de las tres heredades de tu padre, te aseguro que soy la más productiva. Te lo demostraré: solo consígueme una bolsa de arpillera y un par de botas, que yo haré lo demás.

—¿Un par de botas? —se extrañó el joven— ¿Para qué querría un gato un par de botas?

Y aunque no entendía sus extravagancias, cumplió con el pedido porque total ¿qué podía perder? Y así fue como al otro día,  el gato se calzó las botas y, con la bolsa de arpillera al hombro, salió a hacer lo que mejor sabía hacer: cazar.

Su dueño lo miraba, extrañado. Porque este gato no cazaba como los otros gatos. No se detuvo en posición de alerta, no olfateó los alrededores, no prestó atención a los ruidos ni a los movimientos que se desplegaban, como siempre, en el bosque. Ni siquiera sacó las garras. Simplemente puso un rabanito en la bolsa, la dejó bien abierta y se echó a un lado a descansar.

Y así pasó un largo rato. El joven miraba, el gato dormía y la bolsa permanecía ahí, abierta y con su rabanito, como si fuera parte del paisaje y hubiera crecido espontáneamente entre los arbustos y las hierbas del monte. Hasta que apareció un conejo. Uno, dos tres saltos. Nariz en alto y fruncida. La cabeza a un lado y al otro, las orejas paradas. Cuatro, cinco, seis saltos y llegó a la bolsa: husmeó, dudó, acaso desconfió un poco pero siguió avanzando. Un salto más. Y otro. Y una vez adentro, ¡zas! El gato cerró la bolsa, se la echó al hombro y caminó derecho hacia el palacio del rey.

—¿Quién llama? —preguntó el Guardia Real.

—Vengo en nombre del Marqués de Carabás, con un obsequio para el soberano —contestó el gato, con aires de grandeza. El guardia miró las botas: no era un gato cualquiera, después de todo. Y lo dejó pasar.

¿Y a quién no le gustan los regalos? El rey estuvo encantado con su conejo y agradeció por decreto al marqués de Carabás.

—¿Quién diablos es el marqués de Carabás? —preguntó después el joven, que no entendía lo que su gato tramaba.

—¡Pues, tú! ¿Quién más?

—¡Pero yo no soy Marqués! —protestó, incrédulo.

—Ya lo serás —le contestó el gato, con absoluta certeza— ¡Vaya si lo serás!

Y siguió con el mismo procedimiento día tras día. La bolsa al hombro, el rabanito y la espera. Y zas, siempre zas: cazó conejos, perdices, ardillas y comadrejas. Y todo se lo obsequió al rey:

—De parte de mi señor, el Marqués de Carabás.

Y el rey contento, claro. Porque era amable el marqués, y generoso. Y qué educado su gato. Y qué lindísimas botas.

Y un día ya fue tiempo de dar un segundo paso. Y entonces el gato emprendió un viaje hacia tierras vecinas. Se había enterado de que sus habitantes estaban desesperados por culpa de un horrible ogro que los tenía trabajando para él: en el huerto de frutillas, en los viñedos y en el río. El gato reunió a todos los vecinos y les hizo una propuesta.

—Yo los libero del ogro y, a cambio, mi amo se queda con su castillo y las tierras de alrededor. A ustedes les dejo el huerto, los viñedos y el río para que se sustenten pero (¡eso sí!) si alguien pregunta dirán que todo es de mi señor.

Al principio, por supuesto, le desconfiaron. Después de todo, era un simple gato ¿Cómo iba a sobrevivir si se enfrentaba al ogro, que era enorme y cruel? ¿Cómo, si era experto en magia negra y podía transformarse en lo que quisiera? Pero a fin de cuentas, tampoco había nada que perder. Así que finalmente todos los hombres y mujeres de aquella vecina región estuvieron de acuerdo en aceptar el trato.

Y allá marchó el gato, al castillo del ogro. Miró la puerta con admiración. Ni en el palacio del rey había visto tan exquisitos detalles: la madera lustrosa y los herrajes en oro. Por un momento dudó de su buena presencia pero, al ver sus hermosas botas, se sintió orgulloso de cómo iba vestido. Y tocó la puerta con decisión.

—¿Quién llama? —gritó una voz enorme como un volcán desde adentro del castillo. El gato carraspeó, y juntó fuerzas para decir:

—Alguien que quiere conocerlo, caballero.

Al ogro nunca lo habían llamado “caballero”. Pero le gustó. Y abrió la puerta, intrigado. ¡Qué grande era! Sus piernas, llenas de nervios y robustas, eran como dos troncos altísimos. La piel, verdosa y tirante, como la de un sapo. Sus manos enormes, como garras de un dragón: las uñas negras y los dedos huesudos. Tenía un ojo ligeramente más grande que el otro, una nariz ancha y orejas diminutas. Lo más impresionante, sin embargo, era su boca: los labios gruesos y morados. Y unos colmillos amenazantes y en punta.

El ogro también miró al gato ¡qué simpático estaba, con su par de botas! Pero tampoco era cuestión de ser amable, así que le gruñó:

—Bueno, ya me conociste ¡Ahora vete! —Y dio un portazo.

Pero el gato se había escabullido entre sus piernas y allí estaba, junto al ogro, en la sala.

—Primero tengo que comprobar si es verdad que puedes convertirte en cualquier animal, como dicen. —le dijo sin ningún miedo, el gato.

No bien terminó de hablar, el ogro se convirtió. Parado en sus cuatro patas con porte soberano y una melena gruesa y brillante, lanzó un rugido tan potente que el pobre gato, del susto, terminó colgado de la araña.

Desde allí arriba (por las dudas) le dijo al ogro-león:

—Bueno, debe ser fácil convertirse en un animal tan aterrador como tú mismo. Pero hay que ver si puedes convertirte en otro más inofensivo.

Y entonces desapareció la melena y el porte y las enormes garras; y en su lugar quedó un zorro de mediana estatura que lo miró pícaramente. El gato bajó hasta él, pero con precaución. Miró su cola larga y sus orejas atentas a los ruidos. Y otra vez carraspeó:

—Mucho mejor. Pero todavía no me parece inofensivo. ¡Mire esos colmillos! A ver…digamos, ¿qué tal si se convierte en un ratón?

En el acto, se esfumaron las orejitas paradas y la mirada pícara y la cola larga. En cambio, apareció un pequeño roedor que se frotaba las patitas como aplaudiendo su hazaña. Los ojos felinos, ahora sí, se regodearon. El gato cayó en cuatro patas sobre su presa y de un solo zarpazo se lo llevó a la boca. ¡Ay, del ogro que no llegó a hacer nada!

Los vecinos quedaron boquiabiertos: ¿aquel gato, en serio, los había salvado para siempre del horrible ogro? ¿Ya no verían su enorme bocaza ni su piel verdosa ni sus garras aterradoras? ¿No escucharían esa voz de volcán, ni sus pasos retumbando como terremoto? ¿Ya no tendrían que volver a obedecerle nunca más? ¿Pero en serio, nunca más?

Y salieron en procesión, hombres y mujeres, ancianos y niños a elevar por los aires al héroe de la comarca:

—¡Viva el magnífico y poderoso gato con botas!

— ¡Viva el gran Marqués de Carabás, único dueño de estas tierras!

— ¡Viva! —gritaban todos emocionados. Y el gato, mientras, tramaba su siguiente paso.

Así fue que a los pocos días,  envió una invitación al rey:

“El Marqués de Carabás recibirá gustoso a Vuestra Merced y a su preciosa hija, la princesa, en su humilde morada”.

Por supuesto, le dio las señas del castillo que ya estaba decorado de acuerdo al buen gusto de los seres humanos. Porque los ogros, hay que decirlo, son un desastre para decorar: les gustan los colores oscuros, los ambientes lúgubres y tenebrosos. Por suerte, toda la comarca colaboró en la tarea y muy pronto la morada se llenó de luz y de detalles preciosos. Cortinas de seda, manteles tejidos, carpetas de encaje, velas de colores en los candelabros recién lustrados. ¡Aquel era un castillo digno de un Marqués!

El rey, conmovido por los regalos que había recibido de aquel enigmático cortesano, no dudo en aceptar la invitación. Y partió con toda pompa de su reino. Una decena de carruajes lo siguieron y la gente de los pueblos comenzó a preguntarse quién podía merecer semejante cortejo. El gato hizo correr la voz: el Marqués de Carabás, sin ninguna duda.

Iban los carruajes —imponentes, brillantes, ostentosos— andando con buen ritmo cuando se toparon, de pronto, con un huerto de frutillas. ¡Cuántos campesinos trabajando en él! A la orden del rey, se detuvieron los caballos.

—Dígame, buen hombre —le dijo el soberano a uno que estaba recogiendo frutos— ¿a quién pertenece este lugar?

— Al Marqués de Carabás, por supuesto —contestó el campesino, haciendo una reverencia.

Y el rey se marchó, satisfecho, con su cortejo. Hasta que llegó al viñedo. Otra vez se detuvieron los caballos, y el rey se paseó por las galerías llenas de racimos colgantes.

—¡Qué maravilloso sitio! —dijo, aspirando el aroma dulzón de las uvas— ¿Quién será su afortunado dueño?

—El Marqués de Carabás —dijeron a coro unos niños que por allí correteaban.

El rey cada vez estaba más admirado. Reanudaron la marcha, hasta llegar al río. Había cerca de la orilla unos cuantos pescadores. El cortejo se detuvo una vez más. Con paso majestuoso, el soberano llegó hasta ellos.

—¡Buena pesca, señores! —dijo, amablemente.

Los hombres se sobresaltaron. Hicieron una reverencia, nerviosos, pero el rey con un gesto les hizo saber que no era necesario aquello. Estaba de muy buen humor, seguramente.

—¿A que irán a decirme que este río pertenece al Marqués de Carabás? —se anticipó, jocoso.

—Pues sí —contestaron ellos. Y el rey aplaudió, divertido.

Por supuesto ignoraba que, a poca distancia de allí, el gato preparaba la última jugada. Había conseguido ya un bellísimo castillo para su amo, riquísimas tierras para asegurar su sustento y el respeto de toda una comarca que lo admiraba. Pero no era suficiente todavía. No para el gato con botas, que merecía —como mínimo— un reino.

—Métete en el río, desnudo —le indicó a su joven dueño.

—¿Cómo desnudo, estás loco? —protestó aquel.

—No conquistarás a la princesa con estas ropas de pordiosero. Y hasta aquí no te ha ido mal siguiendo mis consejos. No te demores, que ya llegan.

Inútiles fueron todas las preguntas del joven. Tuvo que desvestirse presuroso y meterse al agua, sin poder sospechar qué era lo que su gato tramaba. Por eso mismo se sorprendió tanto como el rey cuando el felino comenzó a gritar a viva voz:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Le han robado sus ropas al Marqués de Carabás! ¡Ayuda para mi señor!

Por supuesto el cortejo, que justo pasaba por allí, se detuvo en el acto. Y el joven vio cómo se abría la portezuela del carruaje principal. Y también el zapato lustroso, forrado en seda oriental, que se asomó primero. Y el cetro y la capa de piel y la corana de brillantes. Y los ojos del rey. Porque el rey lo miraba. A él, que estaba desnudo adentro del agua. A él, que era un pobre molinero y no tenía más que un gato.

Pero no un gato cualquiera, ciertamente. Porque el joven lo vio acercarse a uno de los carruajes. Y bajar un enorme cofre de donde sacó riquísimas ropas: unos pantalones de fino paño, una chaqueta de terciopelo, un tapado de piel, un sombrero con plumas de ganso y zapatillas bordadas con hilos de oro. Y todo se lo dio a su amo, para que se vistiera.

¡Y qué bien le sentaba aquella vestimenta! Si hasta parecía buen mozo. Por lo menos, la princesa lo miraba embobada. Aunque él no se quedó atrás. No pudo articular una sola palabra cuando los presentaron. Se perdió en sus rizos dorados que, movidos por el viento, escondían de a ratos los ojos más hermosos que él hubiera visto jamás. Azules y cristalinos como el agua del río donde se había bañado. ¡Y sus pestañas! ¡Ay, de sus largas pestañas que lo hipnotizaron!

Por suerte, el gato habló por él. Y sin rodeos, le dijo al rey que los dos harían una preciosa pareja. Y el rey enseguida le dio la razón, feliz de haber encontrado un yerno tan generoso, tan rico y respetado por todos. Y así el pobre molinero se convirtió en príncipe heredero. Y con los años, se hizo rey. Y dicen que su reinado fue recordado por varias generaciones. No porque fuera apuesto, ni muy valiente ni sumamente ingenioso. Pero supo rodearse de buenos consejeros, lo es una cualidad muy necesaria para ser un buen rey.

Lejos de lo que podría pensarse, el gato con botas no lo asesoró para nada durante su gobierno. En cambio, se dedicó a acicalarse, a lamerse las patas delanteras y a dormir la siesta ¿Pero quién podría culparlo? Después de todo, tenía derecho a comportarse como un simple gato ¿no?

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Un comentario en “El gato con botas

  1. Hermoso como todo lo que haces…sos como una hormiguita trabajando…en ESA usina de cuentos…te quiero y estoy muy orgullosa de vos.ma

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