La cacerolita mágica (versión de un cuento popular checo)

Ilustración de María Delia Lozupone (http://delicionesdelius.blogspot.com.ar/)

Dorina vivía con su madre en una región lejana (de esas que no figuran en los mapas), bajo un techo de paja y entre paredes de adobe. Al fondo de su casa había un corral, que estaba siempre alborotado por las gallinas. La niña cada mañana recogía los huevos y atravesaba el bosque para venderlos en una aldea cercana.

Una tarde, cansada ya de andar, se detuvo a mitad de camino bajo la sombra de un árbol. Del bolsillo de su delantal, sacó un trozo de pan duro. Antes de dar el primer mordisco vio, escondida entre las ramas,  a una vieja mujer que la observaba.

Vestía como una vagabunda y era muy delgada. Tenía las manos huesudas, la piel muy fina y el rostro arrugado como un carozo. Dorina le ofreció su pan:

–Puede comerlo, si quiere.

La mujer se acercó y tomó lo que la niña le ofrecía, con las manos temblorosas. Y comió con desesperación. Antes de irse, le dio a Dorina un obsequio: una cacerolita tiznada por el fuego, con las asas gastadas y un poco abollada en el borde superior.

–Cuando llegues a tu casa –le explicó la mujer–, coloca la cacerolita en una superficie firme y, en voz alta, exclama:

Por la bondad de Dorina

cacerolita, cocina.

Que nunca falte en la mesa

 un buen guiso de lentejas.

 La cacerolita, entonces, cocinará para ti. Y solo se detendrá cuando le digas:

Cacerolita, detente

 Que ya hay guiso suficiente

Dorina no parecía comprender ¿Estaría la anciana, tomándole el pelo? ¿Por qué razón si no, le habría dicho aquello? Después de todo, no tenía ningún sentido que la mujer tuviera una cacerolita mágica y, aun así, se muriera de hambre. Sin embargo, no se entretuvo pensando en esto y agradeció el regalo.

Al llegar a su casa, le contó a su madre del extrañísimo día que había tenido. Después puso la cacerolita sobre la mesa y dijo las palabras mágicas.

La cacerolita empezó a burbujear. Un aroma delicioso inundó la casa y las dos rieron, de los nervios que tenían. ¡Era cierto! Aun cuando no habían puesto ni un solo ingrediente, la cacerolita se llenó de cebolla recién cortada,  de coloridas especias, de rodajas de zanahorias y de lentejas ¡Qué guiso suculento y qué sabroso!

Cacerolita, detente

que ya hay guiso suficiente –dijo Dorina apenas vio que la comida se empezaba a volcar.

Aquella noche Dorina y su madre comieron hasta hartarse, y el olor del guiso las acunó: sin ninguna duda, tuvieron sueños deliciosos.

A la mañana siguiente, la niña recogió los huevos del corral y se dirigió hacia el bosque, como todos los días. Antes de perderse entre la espesura, la madre la llamó:

–¡Recuérdame las palabras mágicas, Dorina! Por si me da hambre.

Y Dorina se las recordó. Y fue una suerte, porque en un momento de la tarde a la madre le dio hambre. Así que puso la cacerolita sobre la mesa, dijo las palabras mágicas y esperó. ¡Ay, qué maravilla de cacerola! ¡Qué olor tan delicioso! ¡Y qué exquisito plato! Y hubiera seguido alegrándose de su suerte de no ser porque el guiso se empezó a volcar.

La madre recordaba que su hija había pronunciado otras palabras para detener la magia, pero no recordaba esas palabras. Así que intentó por su cuenta:

–¡Basta ya con el guiso,

   que se me ensucia el piso!

Pero no funcionó. La cacerolita parecía un volcán en erupción: un torrente de lentejas comenzó a bajar desde la mesa. La madre de Dorina retrocedió.

Cacerolita ya para,  

   que no quiero comer nada –volvió a intentar.

Pero no eran, tampoco, las palabras que necesitaba. Y entonces tuvo que abrir la puerta porque el guiso avanzaba como un río. Y corrió a refugiarse en el corral. Desde allí, lo vio venir no solo saliendo de la puerta sino también de la ventana:

–¡Maldita sea, ya basta

  que este guiso me aplasta!                

Pero cuando terminó de decir aquello las gallinas nadaban en un mar de lentejas. Y el guiso, finalmente, se convirtió en un océano que atravesó el bosque.

Cuando Dorina volvió, casi de noche, y pronunció las palabras correctas, la cacerolita por fin dejó de cocinar. Pero dicen que desde entonces ya nadie sale de su casa sin un tenedor en mano: de otra forma es imposible atravesar la gran montaña de lentejas que se coló en las callecitas y en las plazas y en los caminos y en los puentes. Eso sí, nadie pasa hambre. Ni se pierde jamás: basta con seguir el olorcito a guiso para encontrar el camino que te lleva a esa aldea.

 

 

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