Golpe de suerte

 

Un billete de Navidad le hacía cosquillas en el bolsillo. Se sentía feliz. Feliz por haberlo conseguido con su propio esfuerzo (cortar enredaderas y sacar yuyos, tender la cama, poner y levantar la mesa, dejar la ropa sucia en el lavadero y los zapatos guardados en el placard).

—¡Pero Joaquín! Gastar tus ahorros en un billete de lotería es tirar la plata! —le advirtió su mamá antes de que saliera a comprarlo.

—¡Si siempre me decís que hay que ganarse la lotería para comprar lo que yo quiero!

—Para que no pidas más de lo que tenés.  Uno tiene que aceptar el destino que le tocó.

—¿Y no vale salir a buscarlo?

¿Cómo iba a decirle que no? Después de todo, eran sus ahorros. Así que la madre lo dejó comprar ese billete, sin saber que efectivamente aquello les cambiaría la vida.

Caminó tres cuadras hasta la avenida. Miró para un lado y para el otro, antes de cruzar. Después dobló a la izquierda, hasta la plaza. La atravesó en diagonal. Justo en la esquina, estaba la agencia de lotería.

Volvía ya con su billete ganador en el bolsillo, cuando vio las redes para trepar. Ahí, en medio de la plaza. Ya estaba grande para el tobogán, pero las redes… Las redes eran otra cosa.

Le gustaba subir hasta arriba y ponerse cabeza abajo. ¡Era tan divertido mirar al revés! Encajó un pie, luego otro. Se aferró con una mano, subió dos, tres, cuatro escalones de red. Una vez que pasó la curva, vino lo mejor. Metió una pierna, la otra y trabó el cuerpo con las rodillas. ¡Por fin, ya estaba en la cima! Vio el semáforo de la esquina con las luces abajo, los autos dados vuelta, la gente caminando al revés, el suelo en el cielo, el cielo en el suelo ¡Qué divertido, todo!

Tanto, que se olvidó de su bolsillo. Y ni siquiera se dio cuenta cuando el billete se asomó. Primero, tímidamente. Después, desfachatado y colorido como era, se lanzó a la vida como si saltara de un trampolín ¡Ah, qué linda es la libertad! También para los billetes de lotería.

Subió por encima de los árboles y comenzó a planear.  Cayó en espiral hasta tocar el suelo y después, volvió a flotar. ¿Para qué? ¡Para ser la presa de una calandria que lo quería para su nido! Porque los nidos no siempre se hacen con ramas. A las calandrias en particular, les gustan también los papeles coloridos. Y más, si tienen un número ganador.

Fue recién entonces cuando el destino de Joaquín comenzó a tejerse lentamente. Porque la calandria bajó en vuelo rampante hacia el papel, sin darse cuenta de que en su camino se atravesaba un moscardón. Grande y regordete, con alas tornasoladas y, sobre todo, una apariencia asquerosa. De esos que aunque pasen a medio metro parece que te zumban en el oído.

Y claro: en cuanto vio la sombra amenazante de la calandria cayendo desde el cielo, el moscardón salió disparado en el sentido contrario. Justo hacia donde estaba un joven de cabellos verdes con un piercing en la nariz. Masticaba un chicle rosa y perfumado, según podía apreciarse gracias a que lo hacía con la boca  impúdicamente abierta. Y entonces ¡Bzzzz! el moscardón aterrizó en su lengua.

—¡Ay…pero qué ascoooo! —Y el joven de cabellos verdes cambió repentinamente aquella expresión rebelde por otra  (¡cof, cof!) un poco más repulsiva.

Y así fue como el chicle rosa y perfumado quedó pegado en una baldosa sucia. Justo en el lugar por donde después pasó una señorita muy elegante, con pollera hasta la rodilla y unos zapatos tan altos que parecían zapatillas de punta. Y claro: el chicle se le pegó en un taco. Y la señorita, que no quería perder la compostura, al cabo de dos o tres cuadras empezó a zarandear la pierna exageradamente. Lo hizo con tanta fuerza que finalmente el chicle se desprendió. Con taco y todo.

El taco (y el chicle) salieron como un proyectil directo hacia el parabrisas de una camioneta que transportaba en su caja un viejo y enorme sillón. No, no estaba atado. Y ante la frenada, cayó verticalmente con sus dos cuerpos contra un edificio, de modo que quedó dispuesto como una escalera sobre un pequeño balcón.

Un balcón en donde estaba ella. Con sus orejas caídas y su cola corta, los ojos tristes y el ladrido agudo. Desahuciada por vivir allí, en ese espacio tan reducido, sin una gota de agua y a pleno rayo del sol. ¡Ah, el universo sabe que algunos amos no se merecen a sus perros! Y por eso será que a veces teje estos destinos tan raros.

Porque ella  aprovechó el sillón para saltar de una vez y liberarse de la terrible prisión. Lo usó como un tobogán y cayó en sus cuatro patas. Y corrió. Corrió y corrió hasta llegar a una esquina adonde había una agencia de lotería. Y enseguida llegó a la plaza. Adonde estaba Joaquín, todavía cabeza abajo, esperando su destino.

—¿Y cómo la querés llamar? —le preguntó después su mamá, mientras la acariciaba.

— “Lotería” —contestó Joaquín—. Si no fuera por ese billete, que al final perdí, jamás nos hubiéramos conocido.

¡Y cuánta razón tenía!

 

 

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2 comentarios en “Golpe de suerte

    • ¡Qué linda! hacía mucho que no escribía y la verdad no me convenció del todo el texto pero creo que es parte del proceso de volver al ruedo. Escribir hasta volver a encontrar el tono. Gracias por tus palabras tan lindas y por visitarme de vez en cuando. Beso enorme, Dani.

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