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piano

—Hay que contarle a Doña Conce —dijo Martina.

Y yo le di la razón, claro. Porque Doña Conce es una experta en difundir noticias.  Si necesitás que todo el edificio (incluso, toda la cuadra) se entere de algo, ni siquiera lo dudes: tenés que contárselo a ella. Vas a ver que en menos de diez minutos ya está enterado medio barrio.

Pero las cosas no salieron exactamente como pensábamos. Porque justo ese día doña Conce estaba demasiado emocionada por otra noticia que era mucho más emocionante que la nuestra: ¡había un fantasma en el segundo B!

Bueno, al menos eso es lo que pensaba Doña Conce. Porque el piano del señor José (que vive en el segundo B) había empezado a sonar misteriosamente ¡sin que nadie lo tocara!

Yo conozco bien al señor José. Y también conozco su pianola, así que por supuesto me reí del fantasma:

—¡Pero, Doña Conce! —le dije, haciéndome el agrandado— ¿No sabe que las pianolas tocan solas?

Ah, sí. Porque las pianolas parecen un piano así nomás, tan común y corriente, pero nada que ver.  Tienen una partitura llena de agujeritos que se mueve por dentro y hace sonar las notas. Y el efecto es genial, porque mientras suena la música las teclas se van hundiendo como si unos dedos invisibles estuvieran tocándolas.

Lástima que en medio de mi explicación apareció José. Y tiró por la borda mi teoría:

— Tengo dos objeciones para hacerte, muchachito. La primera: ¿cómo explicás que la pianola siga sonando sin esto? —lo dijo mientras me mostraba la partitura llena de agujeritos—. Y la más contundente: una pianola no puede sonar tan mal.

¡Y tenía razón! Porque mientras lo decía, una música estridente (bueno: lo que se dice “música” no era) llenó el pasillo. Obvio que venía del segundo B.

Corrimos hacia la pianola. Se movió una tecla, y después otra. Y varias a la vez, y de golpe ninguna. Creo que todos pensamos lo mismo de aquel fantasma: podría haber tenido en vida cualquier profesión, pero segurísimo pianista no había sido.

—¿Será que está metido adentro del piano —dijo José como al pasar— , caminando entre los resortes y los tubos que ponen a funcionar todo esto? Aunque en ese caso sería un fantasma diminuto ¿no?

Martina y yo nos miramos. Y gritamos a la vez:

—¡Pipo!

Y así fue como encontramos al hámster sin que doña Conce ayudara. O sí, pero de otra forma. Porque si no nos hubiera contado del fantasma…

Como sea, Pipo ya está en su rueda. Y doña Conce, ¡hablando con todo el mundo! —Porque no sabés lo que pasó esta tarde… —se lo dijo al portero, a la del tercero, a mi mamá y al verdulero de enfrente. Y estoy seguro de que mañana llega la noticia a mi escuela.

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