El primer viaje de Simbad

beneaththesea

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He llegado a saber que Simbad el Marino vivió tantas aventuras en sus siete viajes, que el mismísimo califa Harún Al-Rachid se las hizo escribir a sus cronistas para que nadie olvidara aquellos veintisiete años de peligros y  andanzas. Cuentan que no siempre fue un aventurero y la primera vez que se embarcó no imaginaba que aquella travesía iba a dar un giro tan completo a su vida: porque nunca más pudo quedarse mucho tiempo en Bagdad sin que el mar lo llamara.

Era Simbad un joven como cualquier otro: un poco irresponsable y tarambana, que solo pensaba en el presente y nada más. Por eso, al morir su padre (quien le había dejado una considerable fortuna) no hizo más que malgastar todo y cuanto tenía en fiestas que duraban muchos días y banquetes que nadie llegaba a disfrutar.

—Algún día se acabará el dinero de tu padre —una vez le dijo su buen amigo Mubarak.

—¡Pues ese día empezaré a trabajar! —le contestó Simbad, despreocupado, sin saber que efectivamente ese día iba a llegar.

Cuando esto ocurrió, vendió todos los muebles que había en su propiedad (lo único que le quedaba) y compró mercancías en el zoco para embarcarse y poder venderlas por las ciudades del mundo. Así,  junto a otros comerciantes como él,  navegó por el río Basora durante muchos días  y muchas noches hasta salir al mar.

Una tarde, por fin, divisaron tierra firme. ¡Y cuánto se alegraron! La cubierta se llenó de aplausos y gritos eufóricos. Cuando se pasa tanto tiempo navegando, sin otra vista que el océano en los cuatro puntos cardinales, una isla (cualquiera sea) es un tesoro más grande que un cargamento de diamantes.

Y esta isla, además, era bellísima. El mar azul contrastaba con sus verdes jardines en los que se elevaban árboles añosos y palmeras llenas de cocos.  Tenía en el centro, además, un manantial de agua cristalina que prometía agua dulce y baños refrescantes. ¡Qué largo les pareció el último trayecto, hasta poder anclar! Algunos estaban tan desesperados, que saltaron al mar para nadar el último tramo y alcanzar la orilla.

Simbad fue uno de ellos. Cada brazada que daba hacia aquel jardín espléndido, aceleraba el ritmo de su corazón que, ansioso, bombeaba sin cesar: tic tac tic tac tic tac. El barco cada vez más lejos y el jardín tan verde y el manantial y los cocos y otra vez su corazón (tic tac tic tac tica tac), hasta que por fin tocó la orilla. Al tacto, la vegetación le resultó rugosa y extrañamente caliente.

—¡Esto es tan raro! —escuchó decir a uno de sus compañeros que, unos metros más allá, miraba el terreno con desconfianza y se tambaleaba como si pisara un puente colgante a punto de caer. Otro intentaba llenar una cubeta, pero el manantial de a ratos se desagotaba y el hombre no paraba de rascarse la cabeza, confundido. Alguien encendió fuego y, en el centro de la isla, intentó una fogata. Fue entonces cuando todo tembló. Los árboles añosos, las palmeras, los cocos, hasta el manantial dieron un giro y la isla, inexplicablemente, se separó del océano y dio un salto descomunal.

Simbad volvió a hundirse en el mar y sin entender todavía, golpeado por la violencia del salto y a ciegas por la espuma y el oleaje, llegó a escuchar los gritos de sus compañeros:

—¡Por Alá! ¿Qué extraña criatura es esta?

—Jamás he visto una ballena más grande: ¡Tiene el tamaño de una isla!

—¿Y esa vegetación en su lomo? ¡Es increíble!

Pero no pudo escuchar más porque la corriente lo arrastraba cada vez más y más lejos de sus compañeros y del barco. ¿Era posible aquel prodigio? ¿Una ballena dormida en medio del mar, por cuántos años? ¿Cómo echaron raíces los árboles y las palmeras, cómo la vegetación creció tan exuberante, cuánto tiempo tuvo que estar dormida para que la naturaleza la confundiera así?

En todo esto pensaba, mientras el barco se alejaba huyendo desesperadamente del animal  y olvidándose también de aquellos que, como Simbad, habían quedado atrás. Y hubiera sido este, tal vez, el final de nuestro marino de no ser porque Alá es siempre más sabio y quiso que la cubeta (aquella que un momento atrás intentó cargarse con el agua del supuesto manantial) se acercara al náufrago. Con ella flotó durante cuatro lunas, y así pudo llegar a una isla que (¡esta vez sí!) era una isla de verdad.

Al principio, Simbad desconfió. Un poco por la experiencia que había tenido con aquella enorme ballena y otro poco porque la isla se elevaba como un terreno rocoso y era imposible llegar a ella sin tener que escalar. ¿Y cómo hacerlo sin una soga?

Simbad rodeó la isla hasta llegar a una pared cubierta por enredaderas con tallos suficientemente gruesos como para soportar su peso. Y así, con mucho esfuerzo porque estaba débil de tantos días sin comer, fue escalando. Un paso a la vez. Arriba y más arriba, con algún retroceso. Y otra vez, a subir. Vamos, dos pasos más. Y otro. Y a no mirar las manos que ya duelen, la sangre en las rodillas y los rasguños. No: a no mirar, que falta poco. ¡Vamos, Simbad, ya casi alcanzas la cima! No vayas a rendirte, porque Alá te cuida.

Y así llegó nuestro héroe, por fin, a pisar tierra firme. Apenas plantó los dos pies en el terreno, se desplomó como un árbol y quedó, boca abajo con los brazos extendidos y muy quieto, durante varias horas.  La noche, incluso, lo abrazó en aquella posición y las estrellas lo iluminaron sin que ningún movimiento de Simbad perturbara su reflejo.

Pero quiso Alá que a la mañana siguiente despertara de aquel larguísimo sueño: una ola gigantesca se extendió por encima del acantilado que había logrado escalar mojándolo completamente.

— ¿Pero, qué…? —exclamó, confundido, sin entender aún dónde se encontraba. Abrazó sus rodillas con los brazos, se masajeó las pies doloridos y giró el cuello a un lado y otro como comprobando su movilidad. Un rugido salió de sus tripas recordándole  que ya hacía demasiado tiempo que estaba sin comer, y entonces se paró muy decidido a buscar alimento.

Lo encontró sin dificultad: unos cuantos árboles frutales saciaron a la vez su hambre y su sed y a los pocos días había recobrado la energía y la salud casi por completo. Estaba ya resignado a vivir para siempre en la soledad de aquel sitio, cuando escuchó unos pasos bordeando el acantilado.

Se refregó los ojos al ver la imagen inconfundible de un hombre que paseaba con una yegua a su lado. “Es imposible, imposible, imposible…”, pensó. Porque había recorrido la isla de punta a punta muchas veces y estaba completamente seguro de que estaba solo, completamente solo en aquel rincón del mundo. Ningún animal, ningún hombre o mujer con quien poder conversar. Nada más que árboles, arbustos y de vez en cuando algún pájaro que dibujaba su camino en el cielo.

Y, sin embargo, allí estaba aquel hombre con su yegua. Aunque jamás hubieran podido trepar por el acantilado, aunque no existiera otra entrada posible y Simbad no entendiera ni cómo ni cuándo habían llegado.  Con cierto temor, se acercó pensando en las mejores palabras de bienvenida pero ni siquiera llegó a pronunciarlas porque el extraño se le adelantó:

—¿Pero, por Alá,  quién eres tú y cómo has llegado a este sitio desolado?

Y entonces Simbad le contó sus desventuras y con aquel primer relato de sus andanzas supo que, a pesar de todo, no se sentía desafortunado por haber vivido tantos peligros. Al contrario, estaba muy contento de tener hazañas que contar. ¿Qué es la vida sin eso, sin una historia que nos rescate de la rutina y nos haga sentir que efectivamente estamos vivos?

Tras escuchar su relato, el hombre lo llevó hasta una gruta. Simbad la había visto muchas veces pero no había intentado entrar. ¡Y cual fue su sorpresa al comprobar que, en realidad era un túnel! Un larguísimo túnel subterráneo que terminaba en el reino de Mihraján.

Era una aldea mucho más pequeña que Bagdad pero con tanta actividad como aquella. Tenía sus muros fronterizos, su mirador, su mezquita y también su mercado. En uno de los puestos, reconoció al capitán del barco que lo había abandonado mucho tiempo atrás, cuando una enorme ballena con aspecto de isla le dio el susto de su vida.

Simbad estaba muchísimo más delgado y una larga barba ocultaba sus facciones, por lo que el capitán no lo reconoció. Gritaba a viva voz, para vender su mercancía:

— ¡Vasijas, telares, lámparas, turbantes traídas desde Bagdad!

Simbad reconoció enseguida los productos que él mismo había comprado en el zoco antes de emprender el viaje y lo increpó:

—¿Todo esto es tuyo?

—¡Oh, no, por Alá!  —contestó el capitán— Es de un pobre mercader que hemos perdido a merced de una ballena. Y yo mismo estoy vendiéndolo todo para poder regresar a Bagdad con las ganancias que darán consuelo a sus parientes.

Simbad le sonrío:

—¿En serio no me reconoces?

El capitán volvió a mirarlo, y habrá notado en el brillo de sus ojos algún gesto familiar porque su rostro se iluminó por completo:

—¡Simbad, querido Simbad! —gritó— ¡Bendiga Alá tus días, si estás vivo!

Y los dos se abrazaron largamente y se contaron sus días. Pero dicen que el relato de Simbad fue más dichoso, regocijado como estaba por haber sobrevivido a tantas aventuras.

Y aunque volvió a Bagdad con suficientes riquezas y se alegró de ver a su amigo Mubarak y ofreció muchas fiestas, no tardó en preparar su segundo viaje, en el que vivió muchas más aventuras para que los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos pudieran después contarlas: “De isla en isla, de puerto en puerto, de mar en mar Simbad vivió viajando…” Y Alá el altísimo fue testigo de todos estos relatos.

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