Cuando me soltó el miedo

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Ilustración de David Gracía Forés: http://untipoilustrado.tumblr.com

Yo con la oscuridad me equivoqué. Pensé que íbamos a ser enemigos enemiguísimos por el resto de la eternidad, que yo iba a llegar a viejo teniéndole miedo y que jamás (¡jamás!) íbamos a hacer las paces.

Dar un paso en la oscuridad, para mí era exactamente igual que cruzar la avenida sin mirar, que nadar en un estanque lleno de cocodrilos o andar sin manos en la bici sobre una calle de asfalto.  En fin: una de las acciones más riesgosas y temerarias del planeta.  Y me hubiera seguido sintiendo así, si no fuera por mi abuelo, los chinos y la empresa de luz eléctrica.

Lo que ocurrió aquella noche fue más o menos mágico. No mágico en serio, porque nadie me apuntó con una varita ni me tomé ninguna pócima milenaria para volverme súper valiente. Lo que digo es que fue mágico de algún  modo, porque el miedo se terminó. Así de repente y sin que yo me diera cuenta de nada. Como si alguien hubiera dicho ¡Abracadabra! Así de fácil el miedo me dejó.

El abuelo me había invitado a dormir a su casa, y ningún plan me hubiera parecido mejor que ese.  Ir a dormir a la casa del abuelo, significaba una noche de pizza, truco y gaseosa. ¿Qué felicidad mayor puede existir?

Yo acababa de cantar Quiero retruco, cuando se cortó la luz. No era poca cosa que se cortara la luz en lo de mi abuelo, porque mi abuelo vive en un quinto piso. Si me daba miedo la oscuridad en la planta baja, hay que ver lo que sentí en ese momento. Era un miedo quintuplicado, un miedo que iba subiendo uno, dos, tres, cuatro, cinco pisos. Que iba devorando los muebles, las paredes,  el suelo que estaba debajo de nuestros pies.

Escuché cómo el abuelo corrió la silla. Los pocos pasos que dio hasta la cocina, el cajón que se abría. Un ruido a movimiento de bolsa  y el chasquido del fósforo, por fin.

Cuando la luz chiquitita se prendió en la vela el miedo empezó a soltarme un poco. Pero solo un poco.

—Mirá la pared —dijo el abuelo.

La sombra caricaturesca  que formaban sus manos me hizo soltar una carcajada.

–¡Parece un lobo! —grité.

Junté las dos manos para imitarlo. Separé los pulgares, como él, y aparecieron de pronto dos orejas. La boca se formó con los otros dedos: el meñique y el anular por un lado, el mayor y el índice por el otro.

—¡Se llaman sombras chinas! —me explicó el abuelo.

Y entonces fue cuando el miedo me soltó del todo.

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