El suplente

¿No ves que funciona? El secreto es decirlo así, con la voz firme y convencida de que tenés razón. Pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. A ver, vos podés decir “vamos a ganar el Mundial”, pero si tenés una mínima duda te apuesto a que no pasamos ni a cuartos de final.

Cuando yo le dije al suplente lo que le dije, se lo dije así como te digo: con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. ¡Y  por eso funcionó!

Además, yo quería que las cosas salieran bien para él. Y eso porque me daba cuenta de que estaba pero no estaba en la escuela. Vos me entendés: su cuerpo se paseaba por ahí, pero la mente se le iba de viaje y él no podía evitarlo. Yo me di cuenta porque a mi mamá le pasa lo mismo todo el tiempo. Hay veces que se queda como petrificada, mirando pero sin mirar, como si su mente estuviera en cualquier otro lado, ¿me entendés? Y le pasa porque es ilustradora, porque capaz que está dibujando toda una historia en su cabeza y se puede pasar días y hasta semanas así, como ausente.

Bueno, con el suplente pasaba igual. Para mí que es algo de todos los artistas. El tipo te empezaba a preguntar algo, pero a mitad de la pregunta se colgaba mirando alguna cosa. Levantaba las cejas, se reía, ponía cara de sorprendido. No sé, como si estuviera mirando una película en el cine en vez de estar en el aula con nosotros.

Y después estaba su cuaderno violeta (mi mamá tiene una libreta azul), que era lo único en el mundo con lo que no se distraía. Pero el suplente no dibujaba, escribía. Escribía como loco, sin parar. Todo el recreo. O mientras hacíamos alguna actividad en la carpeta. O en las horas especiales, cuando estábamos con el profesor de música o en educación física. El suplente escribía, escribía sin parar. (Como mi mamá dibuja, dibuja sin parar ¿entendés lo que te digo?)

También le gustaba leer. Pero eso no lo vi tanto en la escuela sino en el 156, porque los dos tomábamos el mismo colectivo a la salida. Si el libro le gustaba, podía leer aunque estuviera parado y no se enteraba de nada de lo que pasaba alrededor. Pero cuando se aburría levantaba la cabeza a cada rato y capaz que hasta me daba charla.

—No todas las lecturas son buenas —me dijo una vez.

Y yo le dije que más vale, bastaba con fijarse en el manual. Él se rio con ganas cuando dije eso.

Y tal vez esa fue la razón por la que me animé a responder lo que respondí en la clase. Habíamos leído un cuento malísimo, y  las preguntas eran las típicas del manual:

1) ¿Quién tiene el problema?

2) ¿Cuál es el problema?

3) ¿Cómo se resuelve?

Más vale que yo sabía que había que responder  1) El problema lo tiene el chico, 2) Pierde las medias y 3) Las encuentra en la cucha del perro. Pero qué se yo, a mí me dio por hacerme la graciosa:

—El problema lo tenemos nosotros — leí en voz alta—,  y es que nos estamos aburriendo con un cuento malísimo. Se resuelve si buscamos una lectura mejor.

La verdad que apenas terminé de leer, me arrepentí.  Sobre todo porque Luana me puso cara de no-te-puedo-creer-lo-que-acabás-de-decir,  Benja frunció el ceño como si yo hubiera dicho una pavada atómica  y Vicente ahogó la risa porque (me dijo después) no sabía si el suplente iba a felicitarme o me iba a hacer expulsar.

Además se hizo un silencio. Un silencio largo, digo. Un silencio de esos que dan miedo. Ni una tos, ni un sacapuntas, nadie que arrastrara un banco o diera vuelta la hoja. Un silencio de Saquen una hoja o de acá no se va nadie hasta que digan la verdad. 

Hasta que por fin (¡por fin!) el suplente largó una carcajada. Y entonces fue cuando se animó a  leernos un poco de lo que escribía en ese cuaderno violeta que no soltaba nunca.  Y resultó que era una historia de piratas que tenía unas partes muy divertidas. Había un loro, Andrés, que nos hacía matar de risa. Y el Capitán Ferrán, que era el protagonista, a cada rato se metía en un lío diferente.

No sé; capaz que si llegaba a leernos el final de la historia, yo no le hubiera dicho nada. Pero me dio bronca ¿entendés? La seño titular volvía a la semana siguiente y no había forma de que nos enteráramos qué es lo que iba a pasar con el capitán Ferrán, justo que habíamos llegado al capítulo en que lo condenaban a muerte.

Así que se lo dije como te digo: con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando cada palabra y sin dudarlo ni un poco:

—Hágase escritor.

¡Vos vieras cómo me miró! Se puso serio, y hasta me pareció que tuvo miedo. Como si yo le hubiera dicho no sé qué barbaridad. Pero al final es como te digo, si lo decís bien siempre funciona. Y si no, mirá. Acá tenés el libro, mamá lo vio en la vidriera y me lo compró.

—Mirá quién es el autor —me dijo cuando me lo dio— ¡El suplente que tuviste el año pasado! Lo que no me gusta mucho son las ilustraciones, la verdad…

—No importa, ma —le contesté yo —. La  próxima edición la ilustrás vos.

Y se lo dije así como te digo. Con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando cada palabra y sin dudarlo ni un poco.

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